El creyente

He pensado en brincar. 

En el pasado que no se va y el futuro que nunca llegó. 

He soñado con el vacío que se sentirán los viejos de ochenta al amanecer solos. A lo mejor a esa edad no les importa morir sin nadie alrededor.

Nunca había llegado a la azotea de un edificio. El vacío chupa, como nunca pude hacerlo contigo. 

Sabía los lugares donde te tomabas fotos, el lado de tu cara que te gustaba más, tu pose, el orgullo por la forma de tu quijada. Tus quejas, sueños, miedos, sobre todo tu falta de valor que es igual a la mía, a la de todos, porque todos somos igual de jotos cuando se trata de valentía. Y a los valientes para morir les dicen cobardes por querer brincar. No entiendo una chingada. No sé que significa el éxito, o el valor del dinero, o la depreciación del amor, o un puñetas con boletos para la final del Mundial y guaruras afuera de un restaurante. 

Ese dilema que ataca entre el hambre y las ganas de coger. Entre el poder, o ser invisible para todos. Entre un ataque de pánico y un soplo de viento tibio para aguantar el madrazo diario del calendario consumiéndose frente a los ojos.

Un bombero me dice que me quiere ayudar, que mis problemas tienen solución, me avienta una cuerda y me acuerdo de un listón que usaba mi abuelo para medir lo gordas que estaban las enfermeras que lo cuidaban. 

Están jugando conmigo, soy un pendejo.
Tenía años de no emocionarme, como si trajera hienas riéndose dentro de mi pecho. 

Estoy al borde del precipicio, los rescatistas me gritan palabras que suenan bien, nunca me las habían dicho, suenan como viento del bosque al que de niños nos llevaba el abuelo, o como cascarones de huevos, o como mentiras. Me saca de onda que  un desconocido me quiera detener.

Están jugando conmigo. Están jugando conmigo.

En chingos de noches me llegan montañas de dudas. Pienso en un sembrador que por décadas siguió consejos que nunca nadie le escribió, pero en su mente resonaban: lluvia, luna, sol, aire, humedad, sembrar, esperar, cosechar. Y le funcionaban. Los días de cosecha llegaban, pero ahora no hay ecos, ni voces, ni escritos, ni reglas, ni pinches cosechas. 

Si fuera apostador ya me hubiera matado. Suerte hijadeputa. Se me olvidan las cartas, los patrones, las reglas, mirar a los ojos en el momento preciso. Están jugando conmigo y lo sé y no lo podía detener, hasta que llegaste con esos ojos color marihuana y solo tres décadas encima. Tocaste mi hombro y ahuyentaste mi ceguera, aparecieron atardeceres, y no lo supiste. Nunca sabemos lo que provocamos a los otros, nos importa una chingada. Hasta nos vale madre mentirnos a nosotros mismos, a todos, chingadamadre a todos. 

Obvio nos íbamos a matar entre nosotros y así seguir reproduciendo los pechos vacíos. Y desaparecer las moléculas. Y crear anti materia. Y destruir bosques con nidos de pájaros carpinteros, hurracas y pisar hormigueros y aplastar gusanos y matar arañas en extinción. Y marcar a un teléfono de Ucrania al azar y que tampoco nadie me contestara. Hay semanas en que ese timbre no para de sonar en mi mente, como el latido de un bebé en la panza de su mamá o el sensor de un gringo pendejo buscando metales en una playa de Alabama, o como la sonda de la NASA que aventaron al espacio hace unos cincuenta años y por fin suena un puto bip, bip, bip, bip que despierta a trescientos ingenieros en Houston y les salva el trabajo, les arrima la fama, les asegura el cheque del gobierno, ese pitido pinche les cambió la vida. El mismo sonido que retumba cuando te llamo y que estaría con madre, que aunque fuera por error, contestaras pensando que sea el Ubereats que te llevaría una pizza, pero sería yo, y escuchara tu voz y te pudiera decir unas palabras que tardé seis semanas en escribir, que se me ocurrieron al ver un video de Tik Tok, lo cual asegura que no provocara nada, ni en ti, ni en mi, ni en mi psicosis, ni en mis estudios de sangre, ni en mis planes de trabajo en Canada. Ni en mis recuerdos de partidos de fútbol de campeonatos mundiales donde de verdad jugaban y los resultados no estaban arreglados por los casinos, ni por la FIFA. Y yo de pinche creyente. De la FIFA, de la NASA, de ti.

Kato Gutiérrez, © 2026

Y si…

Y si en verdad estás ahí
Y si el mar no existe
Y si logro caminar sobre fuego
Y si rompo la oscuridad
Y si cuando tengas cien años me recuerdas
Y si no sé besar
Y si no sé caer
Y si me enseñas
Y si tu clavícula no fuera perfecta
Y si el mundo termina al besarte
Y si eres Dios
Y si te quitas los lentes
Y si sé el color real de tu cabello
Y si olvidé tu teléfono
Y si nos vemos sin preguntar
Y si me das la mano
Y si no existes
Y si las cuatro paredes son falsas
Y si nos están viendo
Y si nos deshidratamos
Y si sólo puedo dar un respiro más
Y si soy un pendejo
Y si el sueño es al despertar

Kato Gutiérrez, © 2025

EL LOBBY DE LOS NO BESADOS

La pregunta más cabrona que nos podemos hacer es: “¿cuándo?” Creemos que es “¿por qué?”, pero lo que nos tiene hechizados es el imbatible tiempo. Nos está matando, como las anfetas, como opioides en Ohio, como la soledad.

Hay noches que tienen que pasar sobre la chingada. Somos pasajeros pesados del destino. Hay coitos que nada pueden detener.

¿Cuándo se cansan de volar las moscas? ¿O mientras haya mierda no pararán? Hay parejas que se abrazan para la selfie, pero no se rozan el resto de la noche, ni de la semana.

Hagamos un mercado de trueques. Que la moneda de cambio sea el beso en la boca, lengua con lengua, sería un mundo casi perfecto. Casi, porque entonces, besarse así sería rutinario y no tocarse y realizar declaración de impuestos, sería algo muy sensual. Invitar a tu date a cargar gasolina sería algo rayando en una propuesta erótica, sería una clara proposición de querer terminar la noche en el motel. Pero, entonces, el motel sería rutina con el paso de los meses.

La vida sucediendo con todo en un martes en donde nadie en el mundo puede dormir. El lunes qué chingados, el insomnio de los martes es el que patea como caballo salvaje. Las deudas, qué mierdas, los labios secos por no besar. 
Hay un sensor en los elevadores que mide la sequedad de los labios.
A quien no ha besado en la última semana el elevador los expulsa, entonces, no puedes subir, vivir, pertenecer, fingir, ni mamar/te ya que te quedarás atorado en el lobby de los no besados en donde nadie se puede tocar.

De pronto las personas se mueren cuando no lo tenían planeado. Mueren ese día a pesar de la gravedad, del infinito y lo minúsculo que somos. No planeamos morir este día, no planean morir hoy. Y mueren. Y morimos todos, aunque sea un poco. Otros mucho. Y las sonrisas excepcionales quedan enterradas, guardadas para otro día. Olvidadas en la solapa, en la cartera, en la bolsa de la camisa, junto con un ticket de estacionamiento que no nos deberían de cobrar, y de pendejos seguimos pagando.

Quiero prender un fuego para sentirte cerca, inventar tu cadera con los trazos de la lumbre. Dicen que todo arde. Las estrellas. El sol atorado en tus ojos. Tus manos. ¿Por qué tú y yo no nos quemamos?

El problema cuando recordamos las cosas, es que nunca acertamos. Extrañamos cosas que nunca existieron y así nos inventamos pendejadas, justificaciones y hasta sueños. Añoramos cosas que ni en Amazon existen, como ese recuerdo que tengo de que nos besamos, pero luego acabé siendo un mesero el día de tu boda.

¿Por qué las personas buen pedo se mueren? Y nos dejan quebrados. 
Me tatué el nombre de una morra en uno de mis dedos.
Hay hielos ojetes, creados en charolas de plástico piratas llenas de contaminantes.

Conjuros
Lunes por la mañana
El metro hasta la madre
Promesas quebradas
Pujidos falsos
Sonrisas mentirosas
Hongos de humedad en los pulmones. Y nos acostumbramos a ese hedor, a esa tos, a esa flema que no se va, al sol que siempre regresa. Nos asomamos al pinche teléfono para buscar anestesias.
Reciclan jeringas.
Empeñan Picassos. 

Que la rola suene en autoplay
Que no detecte tu plan macabro
Que no sepa ni que pedo
Que no me sepa el abecedario, ni la preposiciones
Siempre uso los dedos para sumar
Un día solo nos quedarán los cuerpos

Esa gente que va un bar y pide una bebida sin alcohol.
Esos que van a la playa y nos les gusta el sol.
Esos gordos que temen el ataque cardiaco.
Ese sol terco que vuelve a salir.
Un hielo que fue parido por una máquina alemana que crea cubos perfectos, como la cadera de Dua Lipa.Nunca he entendido ni madres. Siempre he sido un pendejo.
Que tus pómulos se pongan rojos cuando me veas. 

Kato Gutiérrez, ® Noviembre 2024

11:11 MY LOVE

11:11 My love
El cielo está negro, atascado, obtuso
El Waze cambia de nada a rojo
Retén. O la mierda
Soplo sobre un artefacto
Yo queriendo soplar tus orejas cuando el foco se pone rojo
Tres por dos, seis
Le camino cuatro pasos, o los que quiera
No open bottle
No open hearts

Y yo que me estaba orinando. Y yo que quería estar en tu boca.
Pero estaba ahí en un callejón oscuro que escupía amenazas. 
Y yo que cambiaría el mundo porque la persona que estaba parada al lado del auto fueras tú, la que llevo años buscando. Pero no sé donde estás. Quizá en un atardecer gris, en una colonia sobre poblada.
Estoy atorado en una noche roja llena de mierda, de Tokens, Face Ids, saldos en ceros, choferes corruptos que se chupan un doce en el Pilos y luego prenden la App.

Hoy en la ciudad pasan muchas cosas, en el número dieciséis de una calle de una colonia privada, donde viejos amigos, de décadas, fingen ser jóvenes, pero se aman, pero les duele la espalda. Pero sonríen. Se callan y mejor cantan.
Dos cuadras adelante, una pareja se miente al sonreír y como quiera unen sus cuerpos. Les vale madre.
A unos kilómetros al oriente, del otro lado de la ciudad, en un lugar con un césped muy feliz, muy verde, veintidós personas engañan a treinta y cinco mil sentados en butacas con cervezas tibias en sus manos mientras gritan cánticos copiados.

No tan lejos, pero en otros rumbos, unos padres golpean a sus hijos, sepa la chingada porque. Todo cambia con un pequeño dulce y Google Maps. Todo cambia con una palabra, frase, hashtag o célula…

Hay una herida en mi muñeca, la del brazo. Me chupo deseando experimentar un sabor nuevo, escupo. Espero que haya sido una araña, intento disparar telarañas de súper héroe, pero ni gramos de esperanza aviento.

Me topé a una morra con canas y una sonrisa perfecta. Me dio un abrazo inmaculado, uno que le urgía a mis hombros.

Siguen pasando cosas raras en la ciudad, en otro cuadrante Google se da por vencido, se cae a la mierda y miente y manda a todos a callejones sin salida.
Hay tres astronautas atorados en la estación espacial. Hay millones de refugiados en llanos.
Hay tres amigos atorados en un carro dependiendo del destino, la ley, o una luz que se apague y solo ríen. Porque creen que sonriendo el sol sale.

Y entonces todo el planeta para cuando tomamos el teléfono. O cuando tienes apnea y tu vida depende de ti, pero no lo sabes porque estás dormida, ocupada, soñando que tienes el mejor sexo del mundo, uno lento y sensible, tierno, pero aguerrido y prologado. Porque cuando duermes no estás viva, y dejas pendiente un posible desenlace con final feliz siempre usando condones.

Uno es un pendejo hasta que ya no lo es.
Uno cree que ya creció cuando ya no necesitabas flotadores en los brazos. O cuando por fin te pudiste bañar solo, o dormir en la oscuridad total. O cuando tienes una chequera, o tus primeras veces de todo lo que nos engañaron: los besos, el trabajo, el saldo arriba de unos miles, las casas con aire acondicionado o un auto sólo para ti. Hasta que tu móvil se queda sin pila y el silencio te coge. Te coge duro y no tienes defensa. Buscas ruidos, cantas, gritas, buscas la pila portátil, pero eres sólo tú y ese pinche silencio que te revienta el apéndice. Y no sabes qué hacer. No sabemos. Porque en ninguna plática motivacional de algún gurú moderno vendedor de mentiras, libro de la secretaría de educación pública, mucho menos en uno de alguien becado por el sistema nacional, te enseñaron qué mierdas hacer cuando creces. Pero sobre todo, nadie te ha enseñado qué hacer con ese silencio que destruye tu paz….

Y yo tengo la cura, pero no me crees, porque cuando te veo no me salen palabras.

Kato Gutiérrez, ©2024

ESA GENTE


Soy real, pero a veces miento. Soy humano, pero sueño. Quiero ver menos el celular y más tus ojos, tus nalgas. 

Una vez vi una madre llorar porque en un parque de diversiones de Florida se le había perdido su hijo de cinco años. Veo esa cara de dolor cada vez que me pongo un condón. No quiero tener hijos.

Es una puta locura lo que hoy llaman días tranquilos a los que trabajan diez horas, tienen un evento familiar y uno social. Vidas sostenidas con palillos que traen labrada la palabra falsedad.

Iba a esperar a que Nicole Kidman se divorciara para bloquearte y ya no contestarte, pero ya casi no mandas mensajes, y está bien. Solo subes fotos sonriendo de cachete a cachete. Pareciera que eres feliz. Pero yo sé que no, que esos dientes mienten, como todos lo hacemos.

Esa gente que todo el tiempo se queja, pero ahí sigue. Todo mierdas sigue. Siguen agarrando el mismo camión, poniéndose los viejos audífonos o manejando sobre las mismas calles anestesiados de soledad y desaliento del culero, de ese que arrulla.

Una vez vi un mimo que hablaba, y le dije que eso no estaba bien, se agachó, de una maleta sacó una botella de Bacardí y me puso un madrazo en la frente que me mandó al hospital por un mes. El hijo de puta gritaba. Los mimos no deben de hablar.

Esa gente que quiere reconocimiento. Que sonríe, sonríe y sonríe. Se carcajea, te mandan saludos y abrazos, pero son unos hijos de puta triplemente mierda. Se drogan con ego. Falsos, mentirosos y culeros.

Pasan semanas sin saber de ti y de pronto llega un mensaje: ¿cómo estás? No sé qué mierdas esperas que conteste. ¿Qué quieres? ¿Que conteste la verdad? ¿Que finja? ¿Qué te diga que con madre? ¿Que te diga que mal? ¿O que ando echándole ganas? ¿Qué esperas que responda? Estoy aquí. En veinticuatro horas he pasado por todas las putas emociones y sentimientos y de pronto: ¡Ting! Suena tu mensaje: “¿Cómo estás?” No mames….estoy.

Me gusta ganar cuando nadie lo esperaba. Coger con la más hermosa del estado. Me gusta que me digan pendejo, puñetas, puñetero, idiota, soñador, iluso, inocente y así, igual si me dijeran cualquier otra cosa me valdría madre. Es raro la cantidad de mierda que aventamos a los demás. Mierda sobre el amor. Mierda sobre la paz. Mierda sobre la esperanza.

Me gusta la nostalgia, porque me inyecta algo chido, como lumbre, ya sé que es traicionera, como todos. A veces la caga, a veces te ayuda, a veces se va, a veces te rompe el hocico de chingazo. Me gusta poder cerrar los ojos, en cualquier lugar y sentirla, como si entrara a un mundo diferente. Refugiarme en una pinche cerrada de ojos.

No me gusta que desperdicies nuestros segundos quejándote o viendo el celular. No debí haber dicho nuestros segundos, porque nunca estás conmigo cuando estás. O vas miradas atrás o latidos adelante.

Esa gente que manda hacer protectores de asadores a la medida. No lo entiendo. Protectores de plástico a la medida para su asador hecho a la medida, para los muebles de jardín traídos desde Houston o Oaxaca, para que el sol o la lluvia no los joda. A mí me gusta que el sol me queme. Que la lluvia me moje. No me gusta tener algo hecho a la medida. Me gusta tener miedos, para tener a quien vencer.

Esa gente que va al mar y le caga el sol. Que van a un bar y piden un trago sin alcohol. Esos que creen que la libertad se conquista en otras fronteras, con plomo. Esos que buscan felicidad en un parque de diversiones. Esos, ellos, todos. Esos que temen amar. Esos que callan. Que mienten.

Yo soy un pendejo, no tengo nada, lo único que puedo ofrecer es esto, este segundo.

Kato Gutiérrez, ©2024

Noventa y tres días para morir (Una pecera mentirosa)


Noventa y tres días para morir.
No me importa el color de tu cabello, ni si usas desodorante, yo huelo tu ovulación.
La onda no es a gritos, es a susurros, a besos, a miradas, a manos heridas dibujando.
La onda es sin prisa.
Cuatro punto cinco millones de pesos. Doce puntos en el Down Jones.
Una estrofa de Fito.
Noventa y tres días para morir. Un taco al estilo Baja, con camarón empanizado.
Fabi, vení.
Los perros ladran. Los pájaros no vuelan sobre el mar.
No sé. 
Un lienzo manchado con tus deseos.
Mis ojos me los perdieron unos hongos.
Que el hubiera fuera el presente.
Que los alemanes hicieran autos baratos.
El aire a veces mata. Los salmones brincan en ríos secos con mierda en las piedras. 
Tragamos mierda. Del baño a tu vaso. Bienvenido a Tulum.
Baños de hielo. Baños de orina dorada. Cuartos saunas. Agua caliente.

¿Cómo se llamaba el primer humano que prendió fuego? Lo hubiera patentado.
Te robaron los condones. Nunca fue el Valet.  Nunca estamos tan pedos. Nunca somos tan felices. 

El estómago vacío. Las bolsas del pantalón roto. Nadie cree en nada. Nadie cree en mí.
Esos ricos que solo tienen dinero y el ego atorado en su traquea.
Esos pendejos que el día primero de enero hacen fila en la madrugada para pagar sus impuestos.
Olvidar el arte de fornicar en el piso sin joderte las rodillas. 
Escribir en el aire un poema. Dibujar un dragón en el antebrazo. 

No saber que eres un pendejo. No saber que la tormenta eres tú.
Cuarenta mujeres por día destinadas al piso catorce. A embarrar sus pechos a la plancha vertical fría que se traga esperanzas.
Siempre quiero comerme tu boca.
¿Qué le iba a decir cuando me preguntó si era feliz mientras se ataba su cabello en un chongo, irreverente, descompuesto y sensual?
¿Dónde acaban los cantantes aburridos? ¿A todos les acaban poniendo su nombre a una calle jodida de su ciudad natal? 
Noventa y tres segundos para morir. Cuéntalos…..

Quiero tener una pecera enorme, ostentosa, que cueste una fortuna, pero que no habite ahí ningún pez, molusco, ni nada y así sentir que salvo algunas especies marinas y de pasada me sirve como un espejo hiperrealista y mamón, y que mientras esté ahí parado, piense en los pendejos que contaminan el mar, en los que van al fondo del océano, en los que cazan ballenas, en los que viajan al espacio, en los puñetas que quieren colonizar la luna. Habría muchos pendejos en quien pensar, me faltaría vida, pero me ayudaría a no pensar en mis cagadas o en las cagadas que me han hecho. Mejor pensar en cagadas colectivas o ajenas. La viga en mi ojo no existe. Nada existe en mí. Estoy hueco, pero lleno de soles.

Pienso en las personas que hacen los supositorios y me pregunto cuántas veces al día se les antoja rascarse el ano o meterse los dedos a la nariz.

Tener una pecera mentirosa, que me genere ilusiones, que imagine prismas, que me engañe, que invente mundos. Noventa y tres días para morir. Implosiones de almas, miles por día. Playa Girón y yo en los ochenta pretendiendo que le entendía a la letra de esa canción. Eso era antes, cuando los veranos no eran tan calientes y los otoños eran otoños. Cuando Fito sufría. Cuando era un ingenuo, cuando yo era un chaval.

Un reseteo  de todo. Búscame lo que quieras aquí lo encontrarás, tengo poderes. Tengo el saldo de indulgencias plenarias a mi favor, traigo el fuego transparente atrás de mí, adentro.
Que loco. Que cagado. Hasta que gane. Ahí me mirarán y dirán que es suerte; ahí me miras bien y lloras, chillas pero con madre.

Que la pecera tenga filtros como lo de la Nasa, que tenga marea, que me provoque nostalgia. ¿Te cuento un cuento? ¿El tiempo en un bar es real?
Se me antoja decirte cosas raras, algo que nadie te haya dicho. 
Recuerdo un amigo que decía que nuestra amistad duraría toda la vida, pero eso no existe. Ni el amor, ni los amigos eternos, mucho menos los mejores amigos. Hay demonios y ángeles, unos buenos, otros locos y viceversa.

Un acercamiento a tu clavícula. 
Aguántame doce segundos la mirada. Pierdes por mil. Nunca cambies, no vales madre.
Que el tiempo me la pelara.
Que ganara con el fuego.
Que sí te coma la boca.
Que nunca olvide el dolor.
Que siempre no recuerde nada.
Pasado pisado, presente de frente… futuro en tu boca.
Un Bitter para los lunes en la mañana, para superar la mierda de tus mentiras.
Siempre sobreviviré hasta que muera; entonces siempre gano. Siempre es hoy.
Nadie nunca cambia.
Ni siquiera aceptaría en la pecera a una sirena que hablara sueco y tuviera piernas.
Shakira en mis sueños, en mi cama, dándome un premio, tú aguanta, tú cree. 
¿Quien te crees que sos?
No vendas espejos. No hables. ¿Por qué? Porque lo digo yo. Porque ya encontré donde nace el arcoíris. Ya sé cuando se va a secar el mar. Yo sé cuando cargaré onzas doradas. Yo sé. Yo creo. Porque sí. Porque soy yo.
¿Pero por que? 
Nada.
Dilo.
No.
Que la mierda.
Sí, mierda desde el fondo del mar hasta los montes  de la luna.
Que vuelen romeros incendiados.
No tengo nada que perder, no es cierto, tengo tres soles metidos en mis células.
Me dan oxígeno. Me dan todo.

93,92,91……..¡Pum!

Kato Gutiérrez, © 2023

Esas cosas simples

Esas cosas simples.
Como una chispa traicionera.
Como una luna tapada por nubes cargadas de lágrimas contaminadas.
El aire era de otro sabor.
Un loco soñador quemándose.
Como una rima incompleta. Como la página 28 en blanco en plena primavera.
Como arder lento. Trepar los decibeles de un grito que parecía imposible.
El cuerpo en fuego. Un latigazo de lumbre a dos centímetros del escroto me hace pensar que para morir también hay que tener suerte.
Como no se sabe una mierda mientras arde tu cara y tu alma.
Como tanto odio metido en un fa sostenido lleno de sombras.
Las rodillas nubladas.
Humo y gas en mis pupilas. Perdido.
No entender nada. 
Una foto que inyecta adrenalina que salva.
La vida en un volado, en un cerrojo.
Sentir que estoy muriendo.
Morir solo. Morir hoy.

Esos detalles. 
Cientos de poemas. Ángeles de alas azules. 
Unos ojos cubiertos por lentes de sol.
Como una clavícula inolvidable.
Como un vendedor de agua de jamaica tibia.
Un abrazo con un desconocido que me regala un consejo con olor a tabaco.
Como no saber una mierda de nada.
Como morir de pronto un martes cualquiera.
Esas cosas simples como unos dedos en el cuello, buscando el pulso, o regalando placer.
Como pintar un corazón con las pestañas.
Como unir dos palabras ante todo pronóstico.
Como cagar en el mar.
Como mear en un jardín.
Como encontrar alegrías en una guitarra que nadie ha tocado. 
Como tatuar mis iniciales en mi aorta con una aguja vieja.

Una respuesta a un grito de auxilio.
Una voz extraña entre la neblina regalando esperanza.
Una güera desconocida embarrándome la humanidad entera en un abrazo.
Porque las manos no son las mismas. Ni las otras ni las mías. El fuego me las arrebató.
Olor a carne quemada, a gas, plásticos retorcidos. Corazones transfigurados. 
Me rodean las sombras, luces rojas y azules. 
Me regalan otro trago y dos ilusiones. Me dan un teléfono en la mano. 
Porque sigo creyendo en mí. Porque sí.
Por miles de oraciones que aparecieron, rodillas talladas.
Una estampa con una oración que aparece abajo de la puerta.
Como Monterrey sin montañas.

Las cenizas huelen a pasado.
No todo se quemó. La esperanza tiene coraza dura.
Morirse es algo solitario.
Cómo creer que estaré mañana, y entonces borro el mensaje. Y entonces me callo. Me contengo. Porque olvidamos el motivo de nuestro afán diario.
Porque el amor, si es que existe, duele, a veces.
Como girar y no encontrar mas que lenguas de fuego.
Como regresar y encontrar la puerta abierta.
Como herida que llora.
Como desear te de manzanilla chuparte. Como las luces de tus nudillos.
Como el aire desaparece y se pinta de rojo, de negro.

Como una mujer que levanta un perro como si fuera un pájaro y te regala una sonrisa llena de calma.
Como un desconocido se convierte en mejor amigo en segundos.
Como un correo al día siguiente te inyecta morfina.
Como un chocolate anónimo.

No quiero cerrar los ojos.
Leo notas en las estrellas.
Escribo poemas en el aire.
Hay ocasiones que lo mejor es callar y sonreír.
Ni un segundo banal.
Sobreviviente.
Vivo.

Kato Gutiérrez, © 2023

ALMAS SOLITARIAS

Almas solitarias por todos lados.

Todo pesa, cada vez cuesta más levantarnos de la cama.
Y nos olvidamos de nosotros, miramos alrededor, tímidos, encorvados por la losa que nos pusimos en nuestros lomos, como una piedra enorme de un cerro de Nuevo León.

Con la edad queremos encontrarle explicaciones a todo. Ignoramos sucesos tan improbables, pero reales, porque ni siquiera levantamos la mirada. Hay energía rondando alrededor de nosotros cagada de risa. Dejamos de creer en lo que sentimos. Muy de vez en cuando, en alguna noche brillante, sentimos una comezón en las venas, y lo achacamos al cansancio, a la edad, o alguna enfermedad, ni siquiera dejamos una probabilidad a que sea una luciérnaga, un rayo de sol, o un pedazo de arcoíris, o un recuerdo de una mirada.

Nos vamos fundiendo, vivimos cansados, vamos perdiendo fuerzas, pretendiendo cuanta mamada sea necesaria para que nadie nos cuestione nada. Para pertenecer al molde preestablecido, a lo que todos esperan de nosotros: Un solo sueño. Una sola profesión. Una sola religión. Una sola pasión. Un solo amor.

Colapsamos los domingos, o los miércoles, o cualquier pinche noche, por temor a todo, hasta a la felicidad. Somos presa fácil. Mañana será lunes, o cualquier día en todos lados. Habrá que levantarse, andar, seguir y sacar fuerzas de cualquier jodido rincón, del recuerdo, de la supuesta y mínima esperanza, de los sueños borrosos, del enorme deseo darle la contra a todos. De demostrar. De estar listo por si conoces al amor de tu vida, si es que esto en realidad existe.

Contamos cuervos. Hay elefantes blancos dentro de nuestros cuartos de cuatro paredes grises en donde no ha sucedido un orgasmo en años. Ignoramos segundos, instantes, inhalaciones, como si tuviéramos años asegurados.

No durmamos porque la noche nos va a matar.
Luchamos contra la gravedad, contra el mar pero no somos valientes para enfrentar nuestro interior. Exageramos recuerdos, los cargamos en el pecho, pinchándonos, jodiéndonos, adrede provocamos ese dolor para tener una excusa para explicar la cara caída que no logramos hacer sonreír. Metemos presión sobre las sienes por no aceptar lo que sentimos. Somos cobardes para dar brincos de fe, pasos ciegos. Porque nos da pavor darle el control al corazón o al destino. 

¿Entonces? Prestémonos nuestras bocas unos segundos aunque nos ahoguemos en pétalos y aliento a café. A ver qué pasa. Quizá se cae el cielo. Quizá desaparecemos todos los miedos. Quizá apareces el sol. Quizá creeremos. Quizá así nos conocemos. A lo mejor en tu lengua encuentro tu nombre y me descubro a mí.

Kato Gutiérrez @2022

HOLLÍN EN MI ROSTRO

Arden sierras alrededor de mi ciudad.

Hay hollín en mi rostro, en el piso de la cochera, pero no me mortifica. Porque así somos. Porque estoy acostumbrado a que no me importe nada. Me cansé de donar botellas de agua que acaban en playas de Quintana Roo chocando con piernas europeas.

Porque somos, son, serán, eran, de la generación en la que no nos va a pasar nada: ni bombas nucleares, ni el sida, ni guerras mundiales, ni el calentamiento global, ni el día cero, ni pandemias.

Retumban helicópteros en el cielo, pero apenas y me llaman la atención. Porque sí. Porque así soy. Porque así somos. Porque me recordó algún viaje ácido. Porque no es posible que vayamos a morir por esto hoy, ni por ningún otro motivo. Huele a quemado, a bosque, a cuerpos. Pero no me importa.

Cada vez es más difícil matar moscas. Muchas abejas llegan en mi casa.
Y se murió un amigo de un amigo. Y se murió un conocido que una vez me sonrió. Y una amiga lucha por su vida. Y yo peleo por encontrar la mía.

Ya no tengo ganas de decir lo siento. Tengo ganas de decir nada.

Las lunas llenas siguen pasando inadvertidas. Los días pasan lentos rápidos. Los atardeceres últimamente me han quedado a deber. Los amaneceres no los alcanzo. Me ha dejado de importar la capa de ozono. Al parecer el mar nos ahogará. Marte es el pasado, nosotros lo destruimos. Mi dealer murió. 

No quiero recordar, ni crecer más. Arránquenme la memoria. Llévense la esperanza. Estoy atorado en doce meses esperando que Christopher Nolan apague las cámaras. Se me confunden las metáforas de la Biblia y las de Disney. Unas hablaban de unas ovejas negras, otras de anillos púrpuras y de matar a los corderos más grandes.

Arden bosques alrededor de mi ciudad. Resuenan los helicópteros por la mañana, me siento en medio de una guerra. No sé si aventarán agua al fuego o mierda para todos.

Los besos dados ya no valen. 

Hay hollín en mi cara y no creo, nadie cree que el fuego está a unos suspiros de nosotros. No creemos que nos vaya a tocar.

No creemos, porque cogemos sin condón y metemos la lengua en la boca de extraños para afanar la rutina a los miércoles.

Los ufanos reclaman la poesía escrita en bardas. Y luego ahí mismo cuelgan mantas de políticos. Suenan aviones y helicópteros. No me importa nada. Mil hectáreas quemadas en una semana. El chat en silencio. 

Mi cuerpo es una sola contractura, ya no hay preocupación de paro cardíaco. Mi futuro es el atardecer de hoy.

No quiero encontrar el tiempo.

Kato Gutiérrez, © 2021

El maldito amor

ID-10066884

 

Dicen que ni cuando más odiamos dejamos de amar. Con razón no te puedo olvidar. Me robaste la paz. Lamento no haberte abrazado más. Y ahora tengo que aguantar sin ti este invierno, cuando la gente es más patética. Fingen más, mienten más, pretenden ser felices. No le confío mucho al invierno.

Dicen que hay gente que se sube a los aviones sólo para no tener conexión a Internet. Otros trabajan para no estar en casa, o duermen para no sentir. Hay quien se baña a oscuras para no verse. Quien corre para llegar, otros para huir. Gritan para ser escuchados, otros para oír. Comen por dolor deseando morir de hambre. Buscan estáticos con los ojos cerrados deseando que el viento les traiga la fortuna, el gozo, el amor. El delgado y sensible amor. Besan para sentir. Dicen tonterías como: Lucharé por el amor. No hay frase más aberrante. Por el amor no se pelea. Pretenden ser merecedores fingiendo sonrisas, actuando poses, recitando versos de memoria.

¿Qué mas paz que el impacto de tus labios? ¿Qué más armonía que el choque de nuestras miradas? ¿Qué más quietud que mi mano en tu cadera? ¿Qué más euforia que mi boca en tu clavícula? ¿Qué más paz que el amor? ¿Qué peor revolución que quererte? ¿Qué peor frenesí que desearte? ¿Qué peor terremoto que tu abrazo? ¿Qué más terco que el amor?

¿Qué más amor que dos cuerpos colapsándose? ¿Qué más bipolar, equivocado y acertado que el amor? Llega tarde, llega a tiempo, no llega. Lo buscan, lo esperan. Le lloran, le gritan, le sonríen, le agradecen, le reclaman. Es sentido, es callado, tímido. Nunca habla, aunque se sienten sus gritos. Pocas veces certero, no es razonable, ni permite hacer juicios. Nunca hay explicaciones ni motivos. La razón lo odia.

El amor es pacífico a pesar de que te golpea. Es educado a pesar de que nunca pregunta cuando puede llegar ni respeta leyes humanas. Aturde y da paz a la vez. En el mismo instante arde y cura. Dulce y agrio. Es como un super héroe, está en todos lados. Creador de poetas. Provoca incompetencia al hablar. A varios ha dejado mudos. Como mal doctor, ha dejado enfermos a muchos, locos a miles. Se desconoce sus fronteras. Es como un mago, como un creador de enigmas, de misterios, de realidades. Nubla. Quita el hambre. Saca el sol. Aturde. No se sabe como ni cuando termina. Se desconoce dónde nace, y dónde está. Todos lo quieren aunque no lo reconozcan. Hay quienes escriben para atraerlo, pero el amor es vanidoso. Va o llega o viene sólo cuando quiere. Nunca nadie lo ha controlado. Es el toro más bravo, el oso más loco, el colibrí más veloz, la cebra más bipolar.

Lo buscan creando música, cantando, bailando, tocándose, recitando, besando, actuando, mintiendo, cogiendo. ¿Qué más poder que el de tus ojos? Causa insomnio. Arde dulcemente. Se diluye. Explota. Se multiplica. Ataca. Espera. Se escurre. Nunca se puede fingir. No sirven las explicaciones. Es como un giro eterno. Tornado de amor. Torbellino eterno e instantáneo. Ladrón de cerebros. No hay escapatoria. Es dar y recibir. Es energético y anestésico. Es el frío y el calor.

Es tan raro como gozar de dolor y sufrir de placer. Es tan raro como una flor en la cumbre o un diamante en el espacio. No es una competencia. No se vende. Se reinventa en cada caricia. No limita ni encierra. El amor libera, provoca. Mueve montañas. Tan loco, tan raro. Tan popular y tan solitario. Tan famoso y tan callado. Causa llantos y sonrisas. Hace llover. Crea soles y lunas. Es un dios. Dice palabras precisas. Acerca el cielo y amplía el sol. Genera millones de estrellas. Revuelve estómagos. Disturba juicios, aturde razones. Como tú. Como tus ojos. Como tu cadera. ¿Eres tú el amor? ¡Anímate! ¡Acércate! O al menos no te muevas. Ahí voy. No me dejes de ver. ¿Eres tú el amor? Déjame tocarte, ahógame. Déjame escribirte, gritarte, tenerte. No puedo sin tus abrazos que traen lava, sin tus soles ni tus lunas. Sin tus guirnaldas de estrellas. El amor no debe mentir, mejor que calle, que no conteste, que no explique nada con tal de que pueda embarrar mi boca en la tuya, todo lo demás no importa. No importa no entender nada. Con tenerte tengo todo. Todo el poder en tu caricia. Todo el tiempo. Toda la eternidad merece si te toco.

Kato Gutiérrez © 2015
FB: Kato Gtz
@mrkato

 

Foto cortesía de: http://www.freedigitalphoto.net

Presentación Cuatro Segundos en Feria del Libro Monterrey

Invitación Cuatro Segundos FIL Mty

 

Me invitaron a presentar mi novela, Cuatro Segundos, en el día inaugural de la Feria Internacional del Libro Monterrey, lo cual me tiene muy emocionado.

Hace años era difícil imaginarme ahí, ahora ahí estaré, en mi Feria, en mi Monterrey. Será una tarde memorable, me presentarán Gabriela Riveros y Felipe Montes.

Cuatro Segundos es una novela pop, contemporánea, trepidante, en donde Luca ansía encontrarle sentido a su extraña y vertiginosa existencia cuando descubre lo que sucede si ve a los ojos a alguien durante cuatro segundos.

Sería genial que me acompañes ese día, para con abrazos seguir tentando al destino.

 

Kato Gutiérrez