ALMAS SOLITARIAS

Almas solitarias por todos lados.

Todo pesa, cada vez cuesta más levantarnos de la cama.
Y nos olvidamos de nosotros, miramos alrededor, tímidos, encorvados por la losa que nos pusimos en nuestros lomos, como una piedra enorme de un cerro de Nuevo León.

Con la edad queremos encontrarle explicaciones a todo. Ignoramos sucesos tan improbables, pero reales, porque ni siquiera levantamos la mirada. Hay energía rondando alrededor de nosotros cagada de risa. Dejamos de creer en lo que sentimos. Muy de vez en cuando, en alguna noche brillante, sentimos una comezón en las venas, y lo achacamos al cansancio, a la edad, o alguna enfermedad, ni siquiera dejamos una probabilidad a que sea una luciérnaga, un rayo de sol, o un pedazo de arcoíris, o un recuerdo de una mirada.

Nos vamos fundiendo, vivimos cansados, vamos perdiendo fuerzas, pretendiendo cuanta mamada sea necesaria para que nadie nos cuestione nada. Para pertenecer al molde preestablecido, a lo que todos esperan de nosotros: Un solo sueño. Una sola profesión. Una sola religión. Una sola pasión. Un solo amor.

Colapsamos los domingos, o los miércoles, o cualquier pinche noche, por temor a todo, hasta a la felicidad. Somos presa fácil. Mañana será lunes, o cualquier día en todos lados. Habrá que levantarse, andar, seguir y sacar fuerzas de cualquier jodido rincón, del recuerdo, de la supuesta y mínima esperanza, de los sueños borrosos, del enorme deseo darle la contra a todos. De demostrar. De estar listo por si conoces al amor de tu vida, si es que esto en realidad existe.

Contamos cuervos. Hay elefantes blancos dentro de nuestros cuartos de cuatro paredes grises en donde no ha sucedido un orgasmo en años. Ignoramos segundos, instantes, inhalaciones, como si tuviéramos años asegurados.

No durmamos porque la noche nos va a matar.
Luchamos contra la gravedad, contra el mar pero no somos valientes para enfrentar nuestro interior. Exageramos recuerdos, los cargamos en el pecho, pinchándonos, jodiéndonos, adrede provocamos ese dolor para tener una excusa para explicar la cara caída que no logramos hacer sonreír. Metemos presión sobre las sienes por no aceptar lo que sentimos. Somos cobardes para dar brincos de fe, pasos ciegos. Porque nos da pavor darle el control al corazón o al destino. 

¿Entonces? Prestémonos nuestras bocas unos segundos aunque nos ahoguemos en pétalos y aliento a café. A ver qué pasa. Quizá se cae el cielo. Quizá desaparecemos todos los miedos. Quizá apareces el sol. Quizá creeremos. Quizá así nos conocemos. A lo mejor en tu lengua encuentro tu nombre y me descubro a mí.

Kato Gutiérrez @2022

¿UN CAFÉ?

No hay nada más ingenuo, ¿no? ¿O es un movimiento astuto?

Los astros y el tiempo alineados a la perfección. Hay señales que de pronto si tenemos el valor de captar, están en mero frente de nosotros, y ese día así fue. Intenté improvisar un verso en momento que los astros dictaban, pero la voz me tembló.

El momento preciso, el ángulo perfecto. Por primera vez los ojos de frente, el sol postrado en su rostro, y entonces empieza la tormenta de arcoíris y yo indefenso ante ese espectáculo de la naturaleza que el destino, los astros, el horario, los signos, las vueltas del planeta, la inocencia, el valor, la terquedad, el vacío, la soledad y/o la suerte provocó. ¿Quien chingados soy yo para cuestionar tanto sentir? Escucho una voz en mi interior que me dice “cállate y mírala” y de manera extraña obedezco. Extasiado. Mudo, para variar. Pendejo, para variar.  Pero me encanta como habla, parece que está declamando, de pronto se le mojan los ojos, y mis manos quieren esas lágrimas. Mantiene la mirada como si fuéramos estatuas. 

No existen los amores de toda la vida, esas son ideas impuestas. Existen las partículas, las moléculas, la química, las chispas, el sol, las retinas sublimes, los ojos que cambian de color dependiendo si en ese instante el sol es digno de invadirlos. 

Y la suerte me sigue acariciando, de pronto surge un momento mágico en que no hay que decir nada. Nada. Solo estar callados ganchados de los ojos, y apenas lograr respirar. Nada es eterno. No hay respuestas para todo. Disfruta la magia repentina. Confía, como un rayo valiente que le gana a una tarde nublada, la perfora y toca algunas almas.

Unos aretes perfectos, un vestido sublime. Un aroma robado de una pradera sueca. Mi mano queriendo arrancarse de mí para acercarse a ella. Millones de voltios en las articulaciones. Ella con sus piernas cruzadas, hombros descubiertos, dueña de todo y yo totalmente vulnerable. Vulnerable. Vulnerable. Valiendo madres. Valiendo madres chingón.

Vuelven los ojos húmedos. Coincidimos acordes. Resumimos décadas. Confesiones. ¿Por qué es tan hermosa? ¿Por qué nos contamos lo que nos contamos? ¿Por qué simplemente se siente tan bien estar cerca de ella?

No sé nada. Siento un chingo. 

Sólo ven, cree, dame la mano, para que lo compruebes, y empieza a quererme un chingo.

Kato Gutiérrez @2022

OJOS QUE GRITAN II

Y llega y todos los focos parpadean.
Vibra muy alto. Doce botellas truenan, apenas mis arterias soportan.
Es un meteorito cayendo con furia. No entiendo el aura que le persigue. 
Su voz tiene un tono que no puedo describir, pero me provoca calambres en mi nuca.
Me mira como si fuera la última vez, siempre quizá lo es. Siempre quizá lo es.
El brillo de sus ojos cegándome. Todo en tan poco tiempo.
No hay misericordia, solo son segundos para reaccionar, pero siempre he sido un pendejo, otra vez me quedo inmóvil.
Tanto por decir y yo abrumado por la sorpresa, por la velocidad del tiempo.

Da y quita y eso enloquece. Va y viene. Se me ocurren doscientas preguntas, pero ante mi falta de valor y cómo su aroma me controla, ya mejor no intento decir nada. Yo solo quiero treparme a sus ojos.

El abrazo corto acaba y me derrumbo. 
Y tiemblo. Y no supo. Y no supe si ella tembló. Eran unos metros para cambiar el rumbo de la noche, pero de nuevo se fue sin decir nada.

Y no tiene idea de lo que provocó, y está bien. Y no tiene idea que me regaló el insomnio, y está bien. Quisiera saberme frases de Benedetti, para lograr que se quede unos segundos más, pero se fue.

¿Qué haces con esos gritos que te rompen los ojos al declararte que aunque solo estuviste unos segundos a su lado y jamás la vas a olvidar el resto de tu vida…jamás.? ¿Qué mierdas haces con esa impotencia? ¿Dónde hay grupos de ayuda para este dolor?

Dylan, Los Rollings, Sabina, Cerati, nadie me contesta, todos me mandan a buzón; de ella ni su teléfono tengo.

¿Y qué hago con la bomba que metió en mi pecho?
¿Y qué hago con las luciérnagas que inyectó en mis venas?
¿Y con sus pómulos prepotentes? ¿Qué hago con esta poesía hecha lodo en mi traquea? ¿Cómo me ato los dedos?

Se fue. Vuelvo al precipicio oscuro, destrozado, pero de nuevo alcanzo a sonreír. Porque aunque voy en caída libre, sé que su aroma jamás se despegará de mi antebrazo izquierdo y el eco de su voz se quedará atorado por siempre en mi tímpano.

Todos tan solos. Todos fingiendo.Todos cerrando los ojos al coger, al besar, al soñar, porque la realidad esta gris, borrosa y confusa…yo no tengo que cerrarlos, porque sigo cayendo en este precipicio oscuro en donde no veo nada, pero al pensarla me emociono; en donde no hay nada, pero a veces siento su presencia, en donde de pronto, se me aparece su silueta….la cual nunca he tocado.

Otra vez se fue sin saber que dejó el lugar lleno de luces multicolores.

Kato Gutiérrez, @2022

OJOS QUE GRITAN

Llegó, dijo su nombre y mis oídos se llenaron de atardeceres. Me gustaría quedarme toda la noche a platicar, dijo con una sonrisa tímida. Ahí se me perdió todo el abecedario. Me sujetaba de sus ojos llenos de estrellas.

De pronto dijo una frase de Cortazar y palpité dos veces al mismo tiempo. Quise recordar algo de Bukowski para pretender que sabía algo de literatura, pero el lienzo que armaban sus cabellos negros me derrumbaron la paz. Cuando me preguntó si tenía nombre yo pensaba que quizá moriríamos esa noche. Un borracho en un auto deportivo, un presidente lanzado un misil. Unas pastillas de más. Un coágulo traicionero. Y pensé de qué había servido todo. De qué mierdas habían servido todos los días de mi vida previos a ese instante en el que de pronto ella murmuró que le gusta cómo la verdad incomoda.

¿Por qué nunca nos habíamos visto? Porque el destino es cruel. ¿Y si nos atrevemos a ser honestos? Me preguntó como si lleváramos años de conocernos. Yo trataba de calcular la probabilidad de que una mujer así de hermosa estuviera conmigo ahí, pero cuando me pongo nervioso también batallo con las estadísticas. Todo era tan improbable, pero ella clavaba sus ojos en los míos y me dejaba cicatrices en las retinas mientras dudaba si todo era un espejismo. Nunca nos rozamos, pero hubo chispas. Le quise decir que su sonrisa estaba llena de fuegos artificiales, pero no pude, nunca he sido bueno diciendo lo que pienso. Me sudaban las cejas. Y el tiempo me clavaba un cuchillo. Dio un trago a su bebida y dijo que se iba. Yo me sumergía en un volcán para buscar valor para decirle que me gustaba mucho estar con ella. Que no se fuera. Que se sentía fuego en los centímetros que nos separaban, pero no pude. Pasaron unos segundos en silencio hasta que me tembló la voz cuando dije algo que ni siquiera yo entendí y ella aventó una sonrisa amplia y el lugar se llenó de veranos.

Por unos segundos agachó la mirada y pude ver sus hombros. Un foco parpadeó.

Encontré un lápiz y en un papel garabateé algo en donde según yo le pedía su número de teléfono. Tomó el papel y se fue sin decir nada.

Y yo me fui a un precipicio oscuro, pero mientras caía sonreí, porque entendí que no se puede negar lo que gritan los ojos, capté que a veces el destino cede un poco, y regala momentos mágicos.

Nunca supo cómo su silueta me salvó. 

Kato Gutiérrez @2022

TE REGALO TODAS MIS PLAYLISTS


Aquí estoy parado para que me partas los sueños, estoy a expensas de tus siguientes palabras. Por lo pronto seguimos perdidos.
Suenan rolas de rock en inglés pero no le entiendo toda la letra, entonces murmuro, como cuando quería improvisarte un verso mientras te chupaba la oreja pero me ganaba la risa. Prendo una vela, me quemo la mano izquierda y me acuerdo cuando cocinaba para ti o cuando hacías café meneando tu cadera sin misericordia por toda tu cocina a la que le entraba el sol por todos lados. Me acuerdo de tus sonrisas cuando extendías los brazos para entregarme la taza de café, también la manera en que clavabas tus codos en mis hombros mientras metías tu lengua a mi boca. Recuerdo muchas cosas que hoy me duelen. Según tú, en diciembre la cama no se debía de usar para tener sexo, eso era algo de las cosas raras que decías, pero me gustaban. Me gustaban tus cosas raras. Tus tics. Tu aroma indescriptible. La manera en que movías los palillos chinos cuando comías arroz.

No lo sabes, pero en la noches mi manos desparecen, quizá ya no te interesa saberlo. Quizá dirías que esta línea no tiene sentido, a lo mejor es cierto. Luego pienso que después de tanto tiempo es imposible que recordemos lo mismo. Me acuerdo cuando un día te dije que te acercaras, que te estabas peleando con mis ojos, diste unos pasos y sonreíste mientras me preguntabas si iba a escribir esa frase. Y ahora aquí estoy solo, escribiéndola mientras recuerdo el olor de tu cabello y le doy un trago a un vaso de agua de jamaica que lleva tres días en mi escritorio.

Hagamos la acrobacia mortal, improbable e imposible que embarre nuestras bocas. Choquemos nuestros dientes, que se quiebren. Tallemos nuestras rodillas. Lo que digas, pero regrésame algo de oxígeno. Ya perdí la cuenta de todo. 
Estoy destruyendo el calendario. Déjame borrar diciembre o marzo. 
Quiero desaparecer esa mañana en que te fuiste, en donde parecía que tenías la razón, pero nunca la hemos tenido cuando pensamos.
Trato de convencerme que esa mañana no sucedió, pero estoy indefenso ante los recuerdos que son cuchillos directos al cuello, luego volteo a todos lados y no estás y me ahogo con mi saliva. No estás en ningún pinche lado. 
Déjame salir de esta mierda. Déjame unos gramos de esperanza.
Te regalo todas mis playlist, sólo regresa.

Kato Gutierrez, © 2022

DIJISTE QUE ERAS DE COSTA RICA II

Aún era Madrid. Aún éramos tú y yo.
Ahora en un parque donde el sol se regodeaba en lo imposible de tu cuerpo.
Tú con unos pantalones negros y una blusa sin mangas. Yo no recuerdo nada de mí. Te sentaste con las piernas abiertas. Te meneabas. Juraba que tu pelvis me gritaba, pero tú hablabas de problemas que yo no quería escuchar. 

Tu cabello era irreal, cada hilo amarillo era una provocación, murmuraban gemidos. Tomábamos café. Era una mañana de algún día. Yo sólo quería hablar sobre tus ojos. Intentar hacer magia. Pero no parabas de hablar. Y yo perdido en tus hombros desnudos. Quizá estabas diciendo todo lo que tenías que hacer. No tengo ni una idea de lo que hablabas. Estaba inmóvil ante tu pose. Tú, reina del lugar. Las piernas abiertas gritándome que era un pendejo por no tirarme sobre ti. Y sí lo era. Tus hombros desnudos haciendo coro a la declaración de las piernas. Y yo que no podía ver tu mirada triste porque traías lentes oscuros.

Creo que preguntaste a qué me dedicaba. Tu voz era un hechizo. No entendía nada. Quizá hablabas ruso. Tal vez dijiste que me recordarías por la forma en que te abracé y yo que no podía dejar de pensar en lo que hicimos en el piso del cuarto del hotel.

Con el rumor cercano de los peatones de Madrid que siempre me han sonado familiares recordé cuando te tuve contra la pared y la mancha de sudor que ahí dejaste. Perdido, recordé como gemías. A lo mejor me hablabas de planes. Dijiste que eras de Costa Rica. Dijiste que eras modelo. Y yo no supe qué decir. Yo había olvidado mi mundo.

Pregunté algo y dijiste que no podías responder eso. No hagas preguntas, contestaste. No seas como los demás. Ahí volví un poco a mi mundo, al Madrid que de pronto me olió diferente. A lo lejos se escuchaban gritos y palabras de personas felices. Me propuse nunca más hablar. Pero esas piernas abiertas escondidas en tela negra ahí seguían, las abrías y cerrabas con un meneo desafiante.

Decías que en Costa Rica había ríos y tirolesas enormes, y yo no podía dejar de recordar el surco de tu espalda baja, y cómo mi mano se había acomodado ahí la noche previa.

Me dijiste que no hablará de futuro, pero yo quería hablar de lo pasado, de cómo te había creado sonrisas con mis manos. De cómo nos habíamos despertado en la madrugada sólo para ver nuestros cuerpos llenos de salitre. Para hablar de lo que hicimos en el piso. De nuestras rodillas talladas. Para ver la luna en silencio.

De pronto dijiste que te irías, que regresarías a Costa Rica y en ese momento me cayó una tormenta de mierda de todos los putos pájaros y cuervos de Madrid. Pensé que nunca iba a poder olvidar tu nombre. Escupí el café. Quería dos mil tragos. Y tú sonreías tranquila. Fluías mientras yo estaba atorado en ti, en esa mierda de aves, en ese Madrid que hedía putrefacto con tus palabras que me habían explotado en mi cara.

Tuve el valor de preguntarte ¿después qué?, suspiraste y meneaste la cabeza, yo recordé como moviste tu lengua la noche previa. Y pensé que todo era una putada. Iba a buscar a cuantos kilómetros estaba Costa Rica, pero sonreíste y dijiste que no hiciera eso mientras pusiste tu boca en mi oreja y tus uñas en mi nuca. ¿Después qué?, repetiste, mientras exhalabas un aliento cargado de millones de gardenias que restregabas en mis ojos tímidos. Te veías indestructible mientras yo me derrumbaba. Me llegó la idea de hablarte de usted, pero por suerte no lo hice. Imponías. Nunca hay después, dijiste. Millones de putos cuervos madrileños se burlaban desde todos los árboles del parque. Y yo que moría por chupar tus hombros.

Prometimos no hacer el momento más trágico, pero obvio mentí. Mencionaste que no era necesario tanto drama, que éramos adultos. Envidié tu simplicidad. Me distraje captando que a partir de ese momento vería tu rostro en el de todas las mujeres. Tu fantasma me seguiría en cada cama. En cada rosa. En cada sonrisa.

Pusiste tu mano en mi pecho mientras decías algo que para variar no entendí. Ya era de noche. Millones de luces parpadeaban. Todo se movía. Palmeaste varias veces mi corazón. Anda, ve, dijiste con aplomo mientras lloraba como un chaval.

Me fui deambulando. Jalando aire y mocos. Caminé como borracho durante toda la noche. Madrid vacío. Parecía otra ciudad a la de aquella noche en que nos conocimos en un bar. El silencio apestaba a promesas fallidas. Dos luciérnagas pasaron cagadas de risa.

Ahora vivo de una forma extraña. Abrumado por sonido del dolor. Recuerdo cómo movías tus piernas escondidas en esos pantalones negros. Sólo pienso en ti.

Kato Gutiérrez, © 2021

DIJISTE QUE ERAS DE COSTA RICA

Fue en un bar de Madrid. Dijiste que eras de Costa Rica. 
Dos cervezas en la barra. Tu cabello me encandilaba. Lo imaginé empapado. 
Me quede callado y pensé una larga historia en la que con los ojos nos entendíamos.
Mojé mi boca con cerveza, fantaseé que era tu sudor.
Sentía conocer esa sonrisa. Me dio miedo que fuera un sueño.
Dijiste que eras modelo mientras sonaba una canción de Andrés Suárez.
Vi como acordes en tus ojos. Quise acercarme, pero sólo pude moverme unos centímetros.
Olías como a una canción. 

Estaba en Madrid, en un bar con una modelo de Costa Rica.
Dijiste algo arrastrando lento y suave las erres y mis rodillas suspiraron, además, no entendí nada. Estaba distraído calculando cuanto tendríamos que caminar para llegar a mi hotel. Contaba las sílabas que tenía que juntar para invitarte. Pero no lograba salir del hechizo de tu boca amplia y de esos dientes tan blancos, tan improbables. Me escaseaba la audacia.

Se me ocurrió pintarme mi cuerpo por ti. Claro que me rayaría tu nombre en mi antebrazo. Era Madrid. Eras tú. En la segunda cerveza dijiste que preferías la música de Ismael Serrano. Yo intenté acordarme del nombre de algún trovador mexicano, sobre todo el que en una canción dice algo de unos brazos de sol, pero tu jeans rojo y tu simple tshirt blanca eran imponentes. Pensé decir que te inventaría una vocal. Consideré ponerme de rodillas y murmurar algo como si fueras una virgen, pero nunca he sido bueno para la poesía.

Supuse que alguien te extrañaba, pero decías tener un clóset grande, blanco, con pisos de madera, lleno de focos y espejos. Cientos de zapatos, eras modelo. Pensé en los miles de hombres que han muerto por ti. 

Preguntaste por mi hotel y lloré. Miré a las esquinas del techo buscando cámaras. Alguien cómo tú y alguien como yo. Aseguraste que ya me habías visto en otra vida. Entonces dudé más. Decías que te gustaba mi olor. La cerveza hacía brillar más tus labios rosas y delgados. Cuando hablabas yo escuchaba canciones. Y movías la cabeza para echar tus largos cabellos atrás de tus hombros. Y yo queriendo ser tu espalda. Y yo con la quijada dura y los cachetes calientes.

Tenía sed. Ha de ser la suerte que deshidrata. Pensé que era más probable que entraran Sabina y Milanés a que tú estuvieras ahí conmigo. Tan alta. Tan bella. Tan flaca. Pensé en decirte perfecta después de la quinta cerveza, pero me dio medio equivocarme, tartamudear y acabar diciéndote pendeja. He perdido tanto por hablar, entonces busqué los silencios. Escuché cantos de delfines mientras imaginé chuparte tu oreja.

Pediste la cuenta cuando ponías tu mano tibia sobre la mía. El barman tampoco lo creía. Me mató con sus ojos españoles. Nadie podía creerlo. Dudé cómo sonaría si te decía nena, mientras te regresaban tu American Express. Dijiste que te encantaba mi plática y yo no sabía lo que estaba sucediendo.

Tus cabellos amarillos sobre las sábanas blancas parecían una obra de arte. En mi mente había música. Vi botellas de Champaña, y unos cigarros light. Trataba de salir de mí para vernos de lejos, mirar esa imagen tan irreal y grabarla en mi memoria. Alguien cómo tú en mi cama. Era tan injusto que tuvieras pecas en tu pecho. Y unas pestañas tan curvas y tan grandes. Y una sonrisa tan ingenua. Y tú tan exacta. Tan precisa. Tan perfecta. Creo que vi un tatuaje minúsculo. Y por algún motivo decías, entre risas, que yo hacía todo bien. Yo no recordaba mis palabras, ni el color de tus ojos. Sólo tenía tanta fe. Trataba de seguir haciendo lo mismo, sin saber lo que era. Esa cuenca arriba de tu boca. Tu pelvis simétrica. Ese tímido lunar en una de tus mejillas.Tus piernas tan largas. Decías que eras modelo. Intentaste contar cuantas fotos te habían tomado mientras reíamos como jóvenes. Levantamos las piernas al techo. Nos embarramos los cuerpos. Jugamos a ser otros. Tiramos las sábanas al piso. Sentí que eras un bosque cuando salió el sol y estabas sobre mí. 

Dijiste que eras de Costa Rica. Dijiste que eras modelo.

Kato Gutiérrez, © 2021

Te quiero cuando estoy borracho

Ey, hablemos, pero pedos. Por si la cagamos que no valga.

Aprovéchate, venga, ya sabes que tu clavícula me jode. Dale. Exponla. Descubre tu hombro mientras avientas excusas, historias y reclamos. Venga, soy todo oídos, pedo.

Toquémonos, pero borrachos. Así no habrá nada que explicar. Ni planes. Ni recuerdos. Sólo este desgraciado escurridizo presente de mierda. Anda, anímate, pon tu mano en mis labios y chúpame las pestañas.

Metámonos placer. Dicen que para eso es la vida. Dicen, digo, dijeron. Es que yo pensé. Es que tú dijiste. Es que si hubieras. Y entonces aquí aparece el silencio de los borrachos…Shhh…Shhh… Ese que puede durar lo que sea, lo que quiera, depende del amorío del alcohol y mis venas. Ahí mero soy feliz. En un mundo color ambar que se mueve despacio. Con el control del volumen en mi mano derecha. Con un botón de mute enorme.

Pensémonos, venga, pero ebrios. Por si decimos algo que mañana queramos olvidar no tengamos que hacer nada. Pronunciemos lo que nos quema los dientes. Dejémonos de pendejadas y saquemos nuestras lenguas. Lo de más que se quede en duda.

Anda, toma tu cerveza favorita, una, dos, tres, cuatro, y piensa en mí en cada trago, despacio mientras sientes el ardor de la malta en tu paladar. Piénsame como quieras y di algo, porque el silencio se te está escapando por los ojos. Además sería justo, sería como nivelar.  Mis paredes se agrietan extrañando tu voz. La regadera recita tu apodo. El agua del fregadero canta tu nombre. El aire sabe a ti. Las sábanas huyen hacia tu lado de la cama. Piénsame mucho, para estar iguales.

Escribámonos, pero pedos. Súper pedos. Para no tener que saludarnos, ni explicar nada. Para decir cualquier vulgaridad. Para ir directo a la poesía, o a la cumbre de tus pómulos. O al silencio que llega después de sexo. Hagamos algo que tanto tiempo mudos es un desperdicio de hormonas y de rimas. Es una estupidez que las caderas tan frías no entienden. Escribamos aunque sea una letra, una que empiece todo.

Kato Gutiérrez, © 2021

Alguien como tú.

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Cuánto daría por ser yo el de esa mesa. Con dos luceros viéndome directo el alma. Con alguien como tú frente a mi, con alguien con ese vestido rojo semi cubriendo sus piernas, y yo añorando que tus piernas me rozaran. Y, yo añorando que esos ojos me vieran como yo los veo a ellos.

Eligieron la esquina para terminar una historia. Siempre las historias de amor de más de siete años tienen que terminar en restaurantes que tengan velas en sus mesas. Él intenta ser una mejor persona, hasta le ofreció dejar de fumar y perder peso. Ella no ofrece sueños, no ofrece explicaciones, simplemente dice que es ella y se acabó; en una mesa de una esquina, con una vela a punto de fundirse.

 

Kato Gutiérrez  © 2014
@mrkato

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