Zapatos amarillos

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Anoche soñé que una persona que traía unos zapatos amarillos se suicidaba. Lo veía colgarse y no alcanzaba a llegar a detenerlo. Al levantarme de la cama sentí acidez en el estómago. Mi corazón latía con furia. Dudé cuantas cucharadas de café poner en la cafetera. Me aturde tomar decisiones tan temprano. A veces me fastidia tomar decisiones todo el tiempo. Me dolía la cabeza. Ya el Advil no me es suficiente. Me asomé por la ventana no había ninguna estrella. Un perro ladró doce veces. ¿Ya me van a hablar en sueños? Ni bañarme con agua caliente me ayudó a despertar. Que el hígado me aguante, ¿o era el riñón? Perdí la cuenta de las noches seguidas tomando alcohol. Perdí la cuenta de todo. De toda la mierda, de fingir. Un martes cualquiera perdí la lucha contra la rutina. Me aturden los diarios.

¿Y, si yo soy la de los zapatos amarillos? Camino en la banqueta llena de gente que se mueve con prisa mentirosa, el sol dispara rayos con entusiasmo. Dos pájaros pujan para elevar el volumen de su canto. Cuatro grillos gimen queriendo llamar la atención. Nadie eleva la vista. A nadie le importa un carajo porque el sol explota, o las formas de las nubes, mucho menos la montaña. Mientras todo se siga moviendo es más fácil distraerse. Ya no quiero pensar. Nadie en la calle con zapatos amarillos. Llegando al trabajo me valdrá madre el sueño. Prenderé la computadora, me pondré los audífonos, fingiré sin mucho esfuerzo una sonrisa a mi jefa y a mis compañeros. He logrado pasar varios días sin emitir una palabra. Debería de ser un reto corporativo: no hablar. Sólo que crujan los teclados, y rechinen los mouses. Al medio día en el descanso un cigarro aunque tenga que salir del edificio y caminar treinta metros. De postre: dos cafés recalentados, tres Tums y la ilusión de huir del edificio en unas horas. Dejarse llevar tampoco es fácil. Más update status. Inbox. Outbox. Incoming email. Órdenes de trabajo. Estado de resultados, flujos. Las seis aparecen y huyo.

En el bar de al lado cuatro tequilas me relajan. No aguanto la inercia, y volteo a la televisión que proyecta noticieros que escupen mierda. Tragedias, muertes, empresarios políticos amenazando construir muros, muerte. Somos pura muerte. Por algún extraño motivo recuerdo el cajón en donde guardo el sobre que me regaló el abuelo: cien acciones de Cemex ¿cuánto valdrán ahora? ¿El momento de dejar todo e irme a alguna playa a poner mi bar frente al mar ya se me pasó? No entiendo que hacer para experimentar el amor. Me da mucha hueva el amor. Quisiera viajar. El sexo me gusta porque no tengo que pensar. Para amar todo es complicado.

Somos tres mujeres y un hombre en la mesa. Mientras tomemos y sonriamos es suficiente por lo pronto. Digo las primeras palabras de la tarde. Hablar me hace sentir un poco mejor. Un naco pone en la rocola una canción country. El sexto tequila me causa náuseas. Me dan ganas de tocarle el muslo al güey que está a mi lado, y con desgano se lo toco. Muevo mi mano a su entrepierna, y él sonríe. Ya todo es tan fácil, tan frágil e instantáneo. Dudo si tomar algo más, decir alguna mentira, o retirar mi mano. Dudo de todo, que pinche hueva.

Pienso en mi cuarto hediondo. No recuerdo si tendí la cama, lo cuál afectará la impresión que tenga al regresar. Pienso en que esa noche de nuevo habrá música de cumbia con algún vecino cercano, habrá unos borrachos cantando en un karaoke acartonado de mierda. Pienso en la triste imagen que veré al abrir mi refrigerador. Pienso en el olor del bote de basura. Si tan sólo pudiera reproducir por más tiempo la excitación que siento un segundo antes de prender un cigarro. Un señor con pantalón de vestir gris y con sombrero estilo español ahora pone música clásica. No mamen. A veces me siento tan fuera de este mundo. Si tuviera dinero pagaría por el silencio de la rocola. Si tan sólo tuviera pinche dinero. Un silencio rotundo y eterno. Pagaría la programación de todos los canales de televisión y transmitiría un cuadro negro, mudo. Que tan sólo con verse a los ojos y un gesto extraño con la mano fuera más que suficiente. Que fuera un mundo mudo. Pagar para que nadie opine. Compraría los lunes. Pagaría por el orden, por la paz. Mí orden, mi paz. Por estar alejada de todos. Por tener una pistola que lance dardos de ansiedad. Por encontrarme a mí, esa que me perdí no supe cuando. Todos han menospreciado lo hermoso que es el silencio. Algún sensato pone una canción de Fito Páez. Quiero gritarle una felicitación pero el alcohol ya no me deja hablar.

Ya estoy sola en la mesa. El mesero pregunta con una voz baja si ahora quiero una cerveza. Me da pereza contestarle. El reloj que me costó todo un mes de mi nómina, me indica que me han llegado cinco correos. Entro a mi mundo de silencios, de cámaras lentas, dificultad para escuchar y moverme. No es el alcohol. No soy yo. Es mi mundo perfecto. El mundo donde todo vale madre. Así me gusta estar.

Varias cervezas pasan, no se si las pido o me las manda alguien. Tendré que firmarlo a mi cuenta y venir cuando sea quincena a pagar mis tragos. Mis gloriosos tragos. Me espera mi cuarto no tan hediondo, al fin es privado y  está en el patio trasero de una casa de clase media. Como puedo doy unos pasos. Tengo miedo voltear a verme los zapatos. Me tropiezo un poco, un mesero me ayuda para no caer mientras el cabrón se ríe. Abren la puerta y el olor a caño de la ciudad causa que por poco vomite. Volteo a ver mis zapatos, hoy no son amarillos.

Kato Gutiérrez © 2016
FB: Kato Gtz
@mrkato

 

 

Foto cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

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Presentación Cuatro Segundos en Feria del Libro Monterrey

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Me invitaron a presentar mi novela, Cuatro Segundos, en el día inaugural de la Feria Internacional del Libro Monterrey, lo cual me tiene muy emocionado.

Hace años era difícil imaginarme ahí, ahora ahí estaré, en mi Feria, en mi Monterrey. Será una tarde memorable, me presentarán Gabriela Riveros y Felipe Montes.

Cuatro Segundos es una novela pop, contemporánea, trepidante, en donde Luca ansía encontrarle sentido a su extraña y vertiginosa existencia cuando descubre lo que sucede si ve a los ojos a alguien durante cuatro segundos.

Sería genial que me acompañes ese día, para con abrazos seguir tentando al destino.

 

Kato Gutiérrez

Fue en una cantina.

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Juan estaba con su torso recostado sobre la vieja y alta mesa de madera de la cantina, una cantina igual a como supuestamente eran en el viejo oeste.  Intentó enderezarse, pero no lo logró. Estaba débil. Veía todo borroso. Ni siquiera podía identificar el tipo de música que sonaba en el lugar. No recordaba haber tomado tanto; los borrachos nunca lo hacen. Batallaba para mantener sus ojos abiertos. Cesó su intento de levantarse, luchaba por no quedar dormido en esa cantina, llamémosle del viejo oeste.

El piso era de madera, lleno de polvo. Junto a la pared derecha había una pequeña escalera, de donde bajaban dos damas con harta pintura carmesí en sus labios y mejillas. Portaban vestidos corset muy cortos y muy rojos para la época. Cintas apretaban y levantaban de forma espectacular sus senos. Acompañaban a un viejo que traía una sonrisa que solo el sexo puede dar. El viejo venía cansado, pero feliz.

Al lado de la escalera había un viejo piano de madera. Lo tocaba con ahínco un señor flaco, de dedos muy veloces, que cubría su calvicie con un pequeño y redondo sombrero de vieja tela gris.

Llenaba el ambiente con activas notas de música de salón del viejo oeste, de esas que hartan después de tres minutos. Pasaron algunos minutos y Juan no podía levantarse a pesar de que él del piano invadía el ambiente con The Entertainer de Scott Joplin. El viejo y polvoso piano aguantaba los fuertes embates de las veloces manos del pianista, de igual forma que las caderas de las damas soportaron los del viejo hace unos minutos. La tonada del trillado ritmo intentaba recordarle algo a Juan, pero ese día su memoria no funcionaba.

Del otro lado del lugar, se encontraba la barra. Atrás de ella un señor alto, muy delgado, de amarillo cabello largo. Traía un sombrero de ala grande pero muy delgado, de piel negra. Vestía un chaleco también de piel negra sobre su camisa vaquera de color amarillo. Como muchos cantineros, no hablaba nada y tenía la mirada pesada, como si te estuviera leyendo la mente. Cuando Juan lo vio pensó en irle a preguntar que veía en su mente.

¿Por qué todas las canciones de música del viejo oeste se parecen? ¡Que alguien pare la música, chingados! Juan seguía viendo todo borroso, y descubrió el dolor de cabeza que le invadía. De pronto, entre su visión nublada en donde la mayoría de lo que veía era polvo y madera vieja, digamos tonos café claro y grises oscuros, surgieron unos tonos muy rojos; eran los labios de una de las damas que recién había bajado las escaleras. Le preguntó si no le iba a invitar una cerveza. Apenas se pudo enderezar para voltear a ver al cantinero. Con las cejas le pidió una cerveza; los cantineros entienden cualquier tipo de señas. Ella apestaba a perfume barato, sudor y sexo. Con su presencia en esa mesa, Juan sintió más calor. Por fin pudo enderezarse un poco sobre la mesa, vio hacia su cintura buscando una pistola para callar al del piano, pero Juan no portaba pistola. El piano seguía aportando su molesto ritmo cuando la dama le preguntó a Juan si quería repetir lo de la semana previa. Juan no recordaba nada, como buen borracho.  Al abrirse la puerta de vaivén entraron varios rayos de sol, como pudo, Juan, volteó al frente de la cantina y buscó los caballos percherones de Budweiser, pero no encontró más que una calle terrosa. Bien pudiera estar en cualquier salón del estado de Nuevo México, dos siglos atrás, o bien, en un bar temático en Epcot. De nada estaba seguro. Bien pudiera ser un pionero en camino al oeste en busca de oro. Bien pudiera ser el sheriff del condado, o el peor villano. De nada estaba seguro. Bien pudiera ser un padre de familia huyendo de la monotonía o un conquistador en busca de cualquier cadera. De nada estaba seguro

Juan no pidió cerveza, pidió un Seven Up enfriado en hielo. El cantinero le mandó un pequeño plato de papas fritas, unas simples Sabritas con sal. Primero las papas, luego el Seven Up. La dama con cerveza en mano y habiendo comprobado el estado de Juan, huyó de la mesa. Sólo Juan y las papas. Si tan sólo él del piano dejara de tocar esa mierda. ¿Cuándo inventaron la música country? A Juan le urgía otro ritmo. La otra dama ya iba subiendo las escaleras con otro caballero. La que visitó a Juan, ya recibía otra cerveza en otra mesa. El cantinero apuntaba y sonreía sin separar sus dientes, con los que detenía un palillo viejo. El viento llevó un olor a estiércol de caballo cuando Juan terminaba las últimas dos papas, no pudo comer solo una. Estaba listo para el Seven Up enfriado en hielo. Era más la sed, que la grasa en sus dedos. Le encantaría tener una pistola y darle en la madre al piano. Pensó en pagarle al pianista para que callara, pero no recordaba cuanto dinero tenía. Por alguna extraña razón la sal de las papas le había regresado la visión y la energía a Juan, quien al menos ya estaba enderezado, pero seguía sin saber que hacía ahí. De nada estaba seguro. Tenía la esperanza de haberse voluntariado para ser parte de alguna atracción de Disney en donde se mostraba el desarrollo de la humanidad ¡que alguien apague el switch!

Al siguiente instante, apareció una hermosa botella verde, de vidrio, con pedazos de hielo deslizándose sobre su figura. Bendito Seven Up. Pequeñas burbujas salían al ambiente. Juan no se atrevía a tocarla, no la quería calentar. Pinches popotes, ahora entiendo. La sed le ganó, dos deliciosos tragos. Al regresar la botella a la mesa, la música paró. La música paró cuando otros rayos del sol entraron junto con quien parecía ser un villano de verdad, al menos, con su sucia apariencia ya espantaba. El villano, con tres pasos largos llegó a la barra sólo para leer el anuncio que decía: Ya no hay Seven Up. La boca le apestaba, sacó su pistola plateada hacia el cantinero, quien con la mirada le indicó que Juan tenía la última. Y se vino un duelo de miradas: el cantinero a Juan, Juan al villano, el villano al cantinero y así sucesivamente. Era tanto el silencio que sólo se escuchaba rechinar un colchón en el segundo piso acompañado de un actuado gemido. Al menos el piano ya no sonaba. El villano, con el índice en el gatillo, lentamente se fue caminando hacia Juan. La reacción de Juan fue tomar lo más rápido posible. La sorpresa de ese acto hizo que él villano se detuviera. Juan no despegaba su boca de la botella, daba los tragos lo más largos posible. Contuvo varios eructos, controló la comezón que el gas le daba en la nariz, y seguía tomando. A este cabrón le valió madres, pensó el villano, quién seguía congelado ante la osadía de quien tomaba de la botella. Al menos moriría sin sed, pensó. El ritmo con el que tragaba, era el mismo que traían en el segundo piso. Si es obra, ya pueden aplaudir, pensó Juan. Dio el último trago, y se dijo: ora si, que me lleve el diablo. Al instante en que puso la botella en la mesa, un nuevo ritmo sonó: Sheryl Crow y Kid Rock cantaban una canción acerca de una fotografía. ¿Rock? ¿Country? El piano estaba sin el pianista, la barra sin el cantinero. Tan rápido como pudo volteó a buscar al villano, tampoco estaba. La hermosa voz de Sheryl hizo que Juan girara su cuello, cuál avestruz, hacia el escenario donde los dos artistas cantaban. Sheryl le sonrió, lástima que ya no quedaba ni un trago de Seven Up, no supo que hacer ante esa sonrisa. Hay sonrisas que desconciertan. De nada estaba seguro.

Kato Gutiérrez © 2013

Imagen cortesía de: FreeDigitalPhotos.net

Una mañana de fin de cursos.

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Y veo abuelos, y veo banderas, y veo ojos con esperanza. Escucho murmullos preocupados, escucho risas auténticas de niños que me recuerdan lo hermosos que eran los veranos de antes, lo hermosos que eran los viernes de antes; de cuando todo era mejor, de cuando todo era felicidad y alegría, de cuando el nivel de diversión era proporcional a la cantidad de sudor que tenías en tu camisa.

Se escucha Forever Young, de Rod Stewart, lo que provoca sonrisas en algunos padres, mientras pierden su mirada en el recuerdo. Huele a alegría, pero también a algo de miedo. Los adultos tememos el futuro. Los niños, si acaso, temen el presente; lo desconocido es abrumador. El pasado es asfixiante y el presente es inexplicable.

Cantan coros de niños, escucho sus tiernas y suaves voces que me recuerdan la inocencia y la ternura que poseía en alguna parte de mi primer década. Cantan su deseo de ser la esperanza del mañana, de ser los adultos del mañana. Pero, los adultos de hoy queremos volver a ser niños, nos enseñaron a olvidar. Ahorita a ellos, los hacen cantar sobre el futuro. A mí me dan ganas de ponerme de pronto de pie, gritar a todos que callen, que paren su hermosa canción. Me dan ganas de decirles que ahorita nos ayudan más así. Su aporte a la humanidad ahorita es más fuerte y más valioso. Se ocupan más sueños, más sonrisas, más esperanzas, más inocencia que adultos en este mundo. ¡No queremos que crezcan! Escucho a los maestros darles consejos acerca de su futuro inmediato. Espero que a mi nunca me pidan un consejo, no tengo el valor de dar ninguno.

Veo a niños con corbatas, con modas prestadas, soñando ser grandes cuando aún mastican sus alimentos con la boca abierta. Las maestras siguen en trances con llantos de tristeza, de emoción, de alegría por el verano que viene; o a lo mejor de arrepentimiento. Algunas madres lloran. Lloran por lo que fueron, o por lo que dejaron de ser. Veo a padres mirando el vidrio de sus celulares intentando ahogar en la pantalla su aburrimiento.

Veo banderas, huele a limpio, toco el aire lleno de excitación, dicen ser un día importante. Hablan de amor. Suena un himno. Suena una promesa. Veo banderas. Siento sueños. Huele a inocencia. Gritos estúpidos interrumpen el protocolo. Valoro el silencio previo.

Amor, orgullo, avisos sobre el dolor que causará la ausencia. Los adultos lloramos cuando la rutina desaparece. Y niños ríen. Y niños cantan. Y a las maestras se les pierde la voz. Familias, sonrisas, ilusiones. En viernes es más fácil vencer las tristezas y los miedos. Lo malo es que en tres días será lunes y me la cobrará; al menos tengo dos días para gozar, para vivir.

Gozos, abrazos, tan fácil y barato que es decir te amo a esa edad. Las maestras con facilidad expresan su amor llenas de llanto. Quizá en esa profesión se ame mucho, benditas ellas.  Veo niños y recuerdo el salón de actos de mi primaria, en donde recibí diplomas, bailé, actué, canté. Recuerdo el niño que fui, y dudo si lo que soy ahora es lo que soñé entonces. Sueños rotos por mucho tiempo, luego ausencia de ellos. Aún no entiendo qué es mejor: el dolor de un sueño no alcanzado, o no soñar nada. Me da miedo que, se me aparezca el niño que fui y me pregunte quien soy, que me reclame por qué le he fallado. Quiero ser fuerte y poderoso como la inocencia.

Suenan aplausos, suenan porras, suenan gritos fuera de lugar, hechos por padres trastornados. Pero los niños callan. Hoy no hay burlas. Hoy todos son más amigos. Hoy todos se ven tiernamente. Es el único día del año que una maestra y la encargada de la limpieza sonríen, aunque sea de manera falsa, hoy logran esbozar dos sonrisas. Hoy todo es más fácil. El silencio es más fácil. Cantar es más emocionante. Hoy todo es más fácil, es una mañana de graduación.

El piano de Bill Withers revienta el lugar con Lean on me , mientras proyectan un video lleno de chantajes en forma de fotografías. Yo prefería que en el estrado estuviera Dave Matthews Band cantando Funny the way it is. Que todos los niños se pusieran de pie, que bailaran como sólo a esa edad lo puedes hacer. Que sonrían como sólo a esa edad se puede hacer. Que yo pudiera correr frente a todos ellos y les viera sus sonrisas, les viera la esperanza. Que esa paz que tienen me llenara de energía, para bailar, para brincar como ellos, sin ver hacia atrás, solo viendo hacia mí. Que me contagiaran de su alegría para ver lo que tengo y no lo que me falta. Pero no, Dave Matthews Band, no está hoy aquí. Y yo sigo sentado y callado. Ahora, el video sigue con la canción de algún asiático, los mismos niños que imaginé que bailábamos juntos, ahora cantan emocionados esa nueva canción. Por algo la nombran inocencia. Extraño que se emocionen tanto con una canción. Intento recordar alguna canción que me hubiera causado ese sentimiento, pero un extraño dolor en mi corazón me distrae. Siento como si el corazón se encogiera, como si se quisiera detener para no sufrir, o como si quisiera gritar para estar en paz. No lo dejo hacer ninguna de las dos. Cierro los ojos y aprieto el abdomen. Ahora los niños cantan You gonna miss me when I’m gone de Anna Kendrick. Yo capto que no se tienen que ir para ser extrañados. Un silencio, y luego un ataque de aplausos inundan el lugar. Dicen que ahora los niños son otros, que iniciarán una etapa nueva en donde todo será diferente. Yo veo como el sol entra por la ventana del gimnasio, como todas las mañanas, es el mismo sol, son los mismos rayos. A fin de cuentas, no pasa nada, todo sigue igual.

Kato Gutiérrez © 2013

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