DIJISTE QUE ERAS DE COSTA RICA II

Aún era Madrid. Aún éramos tú y yo.
Ahora en un parque donde el sol se regodeaba en lo imposible de tu cuerpo.
Tú con unos pantalones negros y una blusa sin mangas. Yo no recuerdo nada de mí. Te sentaste con las piernas abiertas. Te meneabas. Juraba que tu pelvis me gritaba, pero tú hablabas de problemas que yo no quería escuchar. 

Tu cabello era irreal, cada hilo amarillo era una provocación, murmuraban gemidos. Tomábamos café. Era una mañana de algún día. Yo sólo quería hablar sobre tus ojos. Intentar hacer magia. Pero no parabas de hablar. Y yo perdido en tus hombros desnudos. Quizá estabas diciendo todo lo que tenías que hacer. No tengo ni una idea de lo que hablabas. Estaba inmóvil ante tu pose. Tú, reina del lugar. Las piernas abiertas gritándome que era un pendejo por no tirarme sobre ti. Y sí lo era. Tus hombros desnudos haciendo coro a la declaración de las piernas. Y yo que no podía ver tu mirada triste porque traías lentes oscuros.

Creo que preguntaste a qué me dedicaba. Tu voz era un hechizo. No entendía nada. Quizá hablabas ruso. Tal vez dijiste que me recordarías por la forma en que te abracé y yo que no podía dejar de pensar en lo que hicimos en el piso del cuarto del hotel.

Con el rumor cercano de los peatones de Madrid que siempre me han sonado familiares recordé cuando te tuve contra la pared y la mancha de sudor que ahí dejaste. Perdido, recordé como gemías. A lo mejor me hablabas de planes. Dijiste que eras de Costa Rica. Dijiste que eras modelo. Y yo no supe qué decir. Yo había olvidado mi mundo.

Pregunté algo y dijiste que no podías responder eso. No hagas preguntas, contestaste. No seas como los demás. Ahí volví un poco a mi mundo, al Madrid que de pronto me olió diferente. A lo lejos se escuchaban gritos y palabras de personas felices. Me propuse nunca más hablar. Pero esas piernas abiertas escondidas en tela negra ahí seguían, las abrías y cerrabas con un meneo desafiante.

Decías que en Costa Rica había ríos y tirolesas enormes, y yo no podía dejar de recordar el surco de tu espalda baja, y cómo mi mano se había acomodado ahí la noche previa.

Me dijiste que no hablará de futuro, pero yo quería hablar de lo pasado, de cómo te había creado sonrisas con mis manos. De cómo nos habíamos despertado en la madrugada sólo para ver nuestros cuerpos llenos de salitre. Para hablar de lo que hicimos en el piso. De nuestras rodillas talladas. Para ver la luna en silencio.

De pronto dijiste que te irías, que regresarías a Costa Rica y en ese momento me cayó una tormenta de mierda de todos los putos pájaros y cuervos de Madrid. Pensé que nunca iba a poder olvidar tu nombre. Escupí el café. Quería dos mil tragos. Y tú sonreías tranquila. Fluías mientras yo estaba atorado en ti, en esa mierda de aves, en ese Madrid que hedía putrefacto con tus palabras que me habían explotado en mi cara.

Tuve el valor de preguntarte ¿después qué?, suspiraste y meneaste la cabeza, yo recordé como moviste tu lengua la noche previa. Y pensé que todo era una putada. Iba a buscar a cuantos kilómetros estaba Costa Rica, pero sonreíste y dijiste que no hiciera eso mientras pusiste tu boca en mi oreja y tus uñas en mi nuca. ¿Después qué?, repetiste, mientras exhalabas un aliento cargado de millones de gardenias que restregabas en mis ojos tímidos. Te veías indestructible mientras yo me derrumbaba. Me llegó la idea de hablarte de usted, pero por suerte no lo hice. Imponías. Nunca hay después, dijiste. Millones de putos cuervos madrileños se burlaban desde todos los árboles del parque. Y yo que moría por chupar tus hombros.

Prometimos no hacer el momento más trágico, pero obvio mentí. Mencionaste que no era necesario tanto drama, que éramos adultos. Envidié tu simplicidad. Me distraje captando que a partir de ese momento vería tu rostro en el de todas las mujeres. Tu fantasma me seguiría en cada cama. En cada rosa. En cada sonrisa.

Pusiste tu mano en mi pecho mientras decías algo que para variar no entendí. Ya era de noche. Millones de luces parpadeaban. Todo se movía. Palmeaste varias veces mi corazón. Anda, ve, dijiste con aplomo mientras lloraba como un chaval.

Me fui deambulando. Jalando aire y mocos. Caminé como borracho durante toda la noche. Madrid vacío. Parecía otra ciudad a la de aquella noche en que nos conocimos en un bar. El silencio apestaba a promesas fallidas. Dos luciérnagas pasaron cagadas de risa.

Ahora vivo de una forma extraña. Abrumado por sonido del dolor. Recuerdo cómo movías tus piernas escondidas en esos pantalones negros. Sólo pienso en ti.

Kato Gutiérrez, © 2021

DIJISTE QUE ERAS DE COSTA RICA

Fue en un bar de Madrid. Dijiste que eras de Costa Rica. 
Dos cervezas en la barra. Tu cabello me encandilaba. Lo imaginé empapado. 
Me quede callado y pensé una larga historia en la que con los ojos nos entendíamos.
Mojé mi boca con cerveza, fantaseé que era tu sudor.
Sentía conocer esa sonrisa. Me dio miedo que fuera un sueño.
Dijiste que eras modelo mientras sonaba una canción de Andrés Suárez.
Vi como acordes en tus ojos. Quise acercarme, pero sólo pude moverme unos centímetros.
Olías como a una canción. 

Estaba en Madrid, en un bar con una modelo de Costa Rica.
Dijiste algo arrastrando lento y suave las erres y mis rodillas suspiraron, además, no entendí nada. Estaba distraído calculando cuanto tendríamos que caminar para llegar a mi hotel. Contaba las sílabas que tenía que juntar para invitarte. Pero no lograba salir del hechizo de tu boca amplia y de esos dientes tan blancos, tan improbables. Me escaseaba la audacia.

Se me ocurrió pintarme mi cuerpo por ti. Claro que me rayaría tu nombre en mi antebrazo. Era Madrid. Eras tú. En la segunda cerveza dijiste que preferías la música de Ismael Serrano. Yo intenté acordarme del nombre de algún trovador mexicano, sobre todo el que en una canción dice algo de unos brazos de sol, pero tu jeans rojo y tu simple tshirt blanca eran imponentes. Pensé decir que te inventaría una vocal. Consideré ponerme de rodillas y murmurar algo como si fueras una virgen, pero nunca he sido bueno para la poesía.

Supuse que alguien te extrañaba, pero decías tener un clóset grande, blanco, con pisos de madera, lleno de focos y espejos. Cientos de zapatos, eras modelo. Pensé en los miles de hombres que han muerto por ti. 

Preguntaste por mi hotel y lloré. Miré a las esquinas del techo buscando cámaras. Alguien cómo tú y alguien como yo. Aseguraste que ya me habías visto en otra vida. Entonces dudé más. Decías que te gustaba mi olor. La cerveza hacía brillar más tus labios rosas y delgados. Cuando hablabas yo escuchaba canciones. Y movías la cabeza para echar tus largos cabellos atrás de tus hombros. Y yo queriendo ser tu espalda. Y yo con la quijada dura y los cachetes calientes.

Tenía sed. Ha de ser la suerte que deshidrata. Pensé que era más probable que entraran Sabina y Milanés a que tú estuvieras ahí conmigo. Tan alta. Tan bella. Tan flaca. Pensé en decirte perfecta después de la quinta cerveza, pero me dio medio equivocarme, tartamudear y acabar diciéndote pendeja. He perdido tanto por hablar, entonces busqué los silencios. Escuché cantos de delfines mientras imaginé chuparte tu oreja.

Pediste la cuenta cuando ponías tu mano tibia sobre la mía. El barman tampoco lo creía. Me mató con sus ojos españoles. Nadie podía creerlo. Dudé cómo sonaría si te decía nena, mientras te regresaban tu American Express. Dijiste que te encantaba mi plática y yo no sabía lo que estaba sucediendo.

Tus cabellos amarillos sobre las sábanas blancas parecían una obra de arte. En mi mente había música. Vi botellas de Champaña, y unos cigarros light. Trataba de salir de mí para vernos de lejos, mirar esa imagen tan irreal y grabarla en mi memoria. Alguien cómo tú en mi cama. Era tan injusto que tuvieras pecas en tu pecho. Y unas pestañas tan curvas y tan grandes. Y una sonrisa tan ingenua. Y tú tan exacta. Tan precisa. Tan perfecta. Creo que vi un tatuaje minúsculo. Y por algún motivo decías, entre risas, que yo hacía todo bien. Yo no recordaba mis palabras, ni el color de tus ojos. Sólo tenía tanta fe. Trataba de seguir haciendo lo mismo, sin saber lo que era. Esa cuenca arriba de tu boca. Tu pelvis simétrica. Ese tímido lunar en una de tus mejillas.Tus piernas tan largas. Decías que eras modelo. Intentaste contar cuantas fotos te habían tomado mientras reíamos como jóvenes. Levantamos las piernas al techo. Nos embarramos los cuerpos. Jugamos a ser otros. Tiramos las sábanas al piso. Sentí que eras un bosque cuando salió el sol y estabas sobre mí. 

Dijiste que eras de Costa Rica. Dijiste que eras modelo.

Kato Gutiérrez, © 2021

FUCK FRIENDS

Siempre se improvisa. Siempre se acaba el tiempo y el silencio regresa antes de lo planeado.

Quedan recuerdos de miradas gritonas. No se pide nada. Ni se elige el menú, ni la música que uno de los dos se anime a bailar durante el primer trago. Todo es random. Todo es shuffle. Aceptas lo que hay, te dejas llevar. 

Improvisas. Le cambias los ritmos y nombres a los días. Hay muertes instantáneas en las despedidas. El único salvavidas es el recuerdo de esa mirada lasciva que sólo existe antes del primer beso de cada sesión. La casa se convierte en un museo de porcelana coreana. Ella busca sombras que se hayan quedado pegadas en las paredes. Olfatea las sábanas para recrear momentos. Él huele sus manos, se talla la cara mientras cuenta los pasos entre cada arbotante de luz. Exhala desesperado al ver que el cielo volvió a mentir esa noche. No hay estrellas, sólo bruma. Lo único que les queda es la esperanza escondida en el calendario.

Esperan, esperan y esperan. Los días parecen océanos sin olas. El alcohol ya no arrima el alma a la piel. Están desalmados. Se encuentran más vacíos que horas antes. Más locos.

Alejados sólo se escuchan algunas chicharras. Todo es sábanas blancas, secas y planchadas. Todo huele a limpio y a silencio. Todo pasa lento. Hasta la sopa en el microondas tarda horas en calentarse.

Cuando no están juntos viven de recuerdos. Del eco de ese pujido nuevo que se provocaron. Preparan diálogos, planes, posiciones, pero al verse, las manos se descontrolan. El brillo de sus ojos quema. No hay nada que decir, no les queda nada más que abalanzarse sobre el otro y chuparse la piel, lamberse los músculos del cuello, acariciarse las cejas. Respiran con prisa porque saben que hay un final, porque hay peligro. Y entonces siempre hay soles. Eructan luces de bengala. Salen plantas del techo. Hay valor para poner los cuerpos en posiciones que jamás habían imaginado. Se tragan vocales al pujar. Sólo les queda embarrarse de sudor, de libertad. No les queda más que darse esos cuerpos hasta quedar ciegos.

No es cuestión de libertad, es cosa de adicción. Es cosa de no preguntar ni reclamar, ellos no están para eso.

Kato Gutiérrez, © 2021

HOLLÍN EN MI ROSTRO

Arden sierras alrededor de mi ciudad.

Hay hollín en mi rostro, en el piso de la cochera, pero no me mortifica. Porque así somos. Porque estoy acostumbrado a que no me importe nada. Me cansé de donar botellas de agua que acaban en playas de Quintana Roo chocando con piernas europeas.

Porque somos, son, serán, eran, de la generación en la que no nos va a pasar nada: ni bombas nucleares, ni el sida, ni guerras mundiales, ni el calentamiento global, ni el día cero, ni pandemias.

Retumban helicópteros en el cielo, pero apenas y me llaman la atención. Porque sí. Porque así soy. Porque así somos. Porque me recordó algún viaje ácido. Porque no es posible que vayamos a morir por esto hoy, ni por ningún otro motivo. Huele a quemado, a bosque, a cuerpos. Pero no me importa.

Cada vez es más difícil matar moscas. Muchas abejas llegan en mi casa.
Y se murió un amigo de un amigo. Y se murió un conocido que una vez me sonrió. Y una amiga lucha por su vida. Y yo peleo por encontrar la mía.

Ya no tengo ganas de decir lo siento. Tengo ganas de decir nada.

Las lunas llenas siguen pasando inadvertidas. Los días pasan lentos rápidos. Los atardeceres últimamente me han quedado a deber. Los amaneceres no los alcanzo. Me ha dejado de importar la capa de ozono. Al parecer el mar nos ahogará. Marte es el pasado, nosotros lo destruimos. Mi dealer murió. 

No quiero recordar, ni crecer más. Arránquenme la memoria. Llévense la esperanza. Estoy atorado en doce meses esperando que Christopher Nolan apague las cámaras. Se me confunden las metáforas de la Biblia y las de Disney. Unas hablaban de unas ovejas negras, otras de anillos púrpuras y de matar a los corderos más grandes.

Arden bosques alrededor de mi ciudad. Resuenan los helicópteros por la mañana, me siento en medio de una guerra. No sé si aventarán agua al fuego o mierda para todos.

Los besos dados ya no valen. 

Hay hollín en mi cara y no creo, nadie cree que el fuego está a unos suspiros de nosotros. No creemos que nos vaya a tocar.

No creemos, porque cogemos sin condón y metemos la lengua en la boca de extraños para afanar la rutina a los miércoles.

Los ufanos reclaman la poesía escrita en bardas. Y luego ahí mismo cuelgan mantas de políticos. Suenan aviones y helicópteros. No me importa nada. Mil hectáreas quemadas en una semana. El chat en silencio. 

Mi cuerpo es una sola contractura, ya no hay preocupación de paro cardíaco. Mi futuro es el atardecer de hoy.

No quiero encontrar el tiempo.

Kato Gutiérrez, © 2021

UN FAJE CON FANTASMAS

Mientras el viento se calienta veo las primeras chispas pelear entre los leños de mezquite. No tengo escapatoria soy víctima de los recuerdos, me controlan. Sólo miro al pasado. No encuentro futuro posterior a esta inhalación y a esta parte de la canción de Sabina que suena y habla de promesas de verano a dioses paganos. 

Dicen que hay dioses en el fuego. Hipnotizado me confieso ante las enromes llamas, estoy a dos tequilas de hincarme. Tres estrellas chillan en el cielo. Ahora soy más víctima de las llamas que antes. Estoy a su merced. Me controla. Ahora que tengo sed solo hay fuego. No tengo fuerzas. Se me olvidan los modales. Recuerdo faldas rojas cayendo lentamente. Recuerdo conflictos breves. La lumbre es libre y sigue su danza. Descubro colores nuevos en sus flamas, fugaces, pero nuevos. Me rodean grandes encinos, robles, olmos y eucaliptos arcoíris. En los tronidos de la leña hay rumores ajenos. No los entiendo, serán otros idiomas. Serán otros seres. Yo con versos me entiendo. Pienso los versos que debo y me deben y me quedo en silencio con un temblor leve en mi labio inferior. No requiero espejos, en el fuego me veo, ahí se aparecen fantasmas que me extienden sus manos. Menean sus caderas. Son cuerpos perfectos. No hay lluvia que apaga esa lumbre.

En el fuego aparecen mujeres. Me dejo llevar. Aparecen retratos. Historias. Poemas que declaran verdades. Amantes perdidos. Veo precipicios entre las llamas. Me murmuran instrucciones para fajar con ellas. Todo tan incierto. Todo tan nuevo. Los fantasmas no saben de vacunas, siento una mano en mi cabeza vacía y otra rozando mi cuello. Quiero la oscuridad. Escucho tonterías que gritan los vecinos. Tomo más para que ella aparezca. Para que nos agitemos. Pienso. Pienso en Cortazar. En el silencio. En las millas. En los que mueren. En los que estamos muriendo. En lo que se nos pierde en estos segundos. El fantasma aparece y me chupa la oreja, no tan bien como otras.

Quiero fajar con fantasmas que crean en mí. Las que me miren a los ojos. Las que nieguen el pasado y no teman el futuro. Las que sientan sin buscar motivos. Las que regalen indulgencias plenarias. Las que ofrezcan su lengua, y repartan pociones para olvidar. Quiero fajar con fantasmas que sonrían mientras rozo su espalda.

Quiero un faje legendario. Que el humo de la leña me altere. Que su lengua enrolle cientos de tallos de cerezas. Que ante la manera en que mueve su lengua y su pelvis quede claro que soy un pendejo para esto del sexo. Que no haya tapabocas. Que todo pase. Que olvide los sueños de mi infancia. Que desparezcan los planes sobre mi vejez. Que el fantasma, esta mujer pelirroja o güera, o castaña, me meta entre sus brazos como nadie lo ha hecho. Que chupe mis lágrimas. Que guarde silencio.Que al final se escuche una ovación como aquellas que retumban en los estadios argentinos. Que la primavera le gane el invierno unas semanas. Que mi espalda no me duela y tenga confianza en mis dientes, y en mi boca, pendejo, en mi boca que calla o que grita pendejadas que congelan jardines.

Quiero unas caricias sin planes, que no traigan el pasado. Unas que no acaben. Quiero veranos y calor. Silencios ineptos. Parálisis húmeda. Lenguas que no teman nada. Fantasmas callados. Que no preguntan nada mientras sudamos. Fajes que me ayuden a sobrevivir este invierno. Que borren la neblina. Fantasmas que fajen como dioses. Sin pudor ni sueño. Fajes que no acaben. Fajes sin miedo ni planes. Sin heridas en espera de vacunas.

Quiero fajes húmedos. Que me roben la memoria. Pelvis que me dejen pendejo e inmóvil. Fantasmas que tiren lengüetazos, manoseos, y miradas sin pudor, como si la vida dependiera de ellos. Como si dioses evaluaran nuestro desempeño. Que no existan canciones merecedoras de sonar. Que solo el fuego truene a su placer. Que el viento me arrime un poco el aroma de su perfume caro que compró en Nueva York, pero también me traiga ráfagas de olor a rancho de Nuevo León. 

Que el faje sea tan perfecto que no lo recuerde.
Que no se hable de amor ni de eternidad.
Un fantasma que calle mientras me chupa el cuello.
Que acepte mis llantos. Que comprenda mis silencios cuando arremete su cintura hacia la mi. Un fantasma que entienda que las memorias son frágiles, que el futuro no existe y que el presente no lo entendemos. Una que acepte que no entendemos nada, pero fajando el tiempo pasa más fácil. Una que me lea mis ojos, por si se me va el habla cuando meta su mano en mi boca. Un fantasma que no deje esquirlas en su besos. Que sepa tocar mis manos.

Que baje los pantalones sin preguntar.
Que no cuente los segundos, ni los versos.
Que con sus manos me esparza estrellas con olor a mar.
Que las manos hablen tanto que los labios no tengan que decir nada.
Que sea un fantasma constante. Que me lo encuentre todos los viernes frente el fuego.
Una que tenga algo en su mirar.
Una que no haga falta ver para creer.
Un faje que haga bien.
Que me impregne esperanza con su lengua, que me la desparrame con sus pestañas. Que tenga unas cejas inolvidables.
Un fantasma que aparezca flores y drogas.
Que me mire con la boca.
Que no aparezca pretextos.
Uno que mueva el tiempo.
Que su boca sea su pluma.
Que no tenga nombre y nos inventemos apodos.
Que se aparezca cuando la invoque. Que me ponga sus pechos en mi boca. Que sonría mientras me ve titubear cuando trato de crear un verso.
Que tenga los ojos de color marrón. 
Que no provoque insomnios.
Que borre las agendas.
Que me robe la memoria. 
Que sus labios sean como los que nunca he tenido.

Que no me pida parar.
Que no escuche mis suplicas.
Que me aparezca la muerte del otro lado del orgasmo.
Que forme un poema con su respiración agitada.
Que crea. Que no me acuse de nada. Que me chupe la sien.
Que tenga los ojos tristes.

Kato Gutiérrez, ©2020

Cervezas tibias

Hace unos años estaba en San Francisco, en un viaje de trabajo. En la noche me vi con un viejo amigo que llevaba años viviendo allá, lo conocí cuando estábamos en la primaria, son de esos ves poco, pero como quiera les dices amigos de toda la vida, de los que sabes que si te defenderían en alguna pelea campal.

Caminábamos por el centro de  la ciudad, ya casi vacía, eran como las nueve de la noche, al parecer en ese país las ciudades se duermen temprano, aunque nunca apagan las luces de los edificios. Nos paramos en un crucero y a pesar de que no pasaba ningún auto, él me recomendó esperar la señal de avanzar del semáforo para peatones. Luego señaló hacía una fachada que dijo ser una fábrica de chocolates de una marca famosa, en la parte superior salían tres chimeneas que aventaban mucho humo. Un pordiosero pasó caminando a mi lado, gritando me pidió unas monedas, me asustó y guardé silencio. Lo escuché escupir algunas maldiciones mientras se sentaba en la banqueta, a un lado había un monumento de unos soldados celebrado la libertad de ese país. El pordiosero encendió un porro. Ahora yo quería pedirle a él. Sonó una sirena, yo por reflejo me estremecí, crecer en el norte de México deja memorias en los músculos, pasó una patrulla con las torretas encendidas, el pordiosero no se asustó, incluso sonrió mientras elevaba sus brazos, exhalaba humo por su boca y sonreía como Bob Marley. Mi amigo tampoco mostró alguna sorpresa, solo siguió caminando.

Llegamos a un restaurante en donde había Jazz en vivo y vendían hamburguesas. Tres mujeres reían en una mesa cercana, una de ellas, güera, tenía el vestido más horrible del lugar. Servían piedad en cervezas tibias. A lo lejos se veía algunos focos del Golden Bridge. La música era mediocre, el trompetista era republicano. Después de unos tragos las tres mujeres se acercaron a nuestra mesa, traían sus tarros vacíos, vestidos abiertos, y escotes caídos.  Supuse que eran de Checoslovaquia. Como si estuviera en el Indio Azteca levanté mi mano derecha pidiendo cervezas para todos, pero el mesero, uno que tenía toda la finta de ser ruso, me ignoró. Mi amigo, conocedor de la costumbres californianas, se levantó de la mesa y en la barra, con amabilidad pidió tres jarras de cervezas. Mientras tanto, yo intentaba recordar alguna frase en algún idioma de Europa del Este, aunque era claro que no iba a servir de nada. 

Cuando mi amigo regresó a la mesa ya había varias manos en entrepiernas. El jazz era lo de menos, la boca en los tarros de cerveza era lo de más. Besos entre casi todos, mi amigo solo observaba. Yo veía de reojo hacia todos lados. Chequé que trajera en mi pantalón el celular y la cartera. Mi amigo no sabía qué hacer con sus manos, ni con sus ojos. Se levantó de la mesa y regresó, según yo, sólo unos minutos después. A su regreso ya habíamos intercambiado lugares, la güera del vestido horrible, estaba sentada con sus piernas abiertas en mi regazo, sus piernas ahí se sentían bien. Las otras dos bailaban como universitarias borrachas y chifladas en un pasillo. Mi amigo me dijo al oído que ya había pagado la cuenta y que se tenía que ir. Me deseó suerte, yo de pinche mala copa no lo bajé.

Lo siguiente que supe fue que yo estaba tirado en los escalones exteriores de la entrada del restaurante, el sol aparecía entre los edificios, sólo tenía el pantalón, todo lo demás me faltaba.

En el empeine de mi pie derecho estaba escrito con plumón un número de teléfono. Los rayos de sol me violaban los ojos. Mi craneo tronaba, una voz interior no paraba de decirme que era un pendejo. Apenas me enderecé y apareció sobre la calle mi amigo en un Tesla rojo. Me sonrió, la puerta del copiloto se abrió de manera automática, hizo un movimiento con su cabeza invitándome a que subiera. Me incorporé con dificultad, di dos pasos cuando detecté una sonrisa falsa en mi amigo, me detuve, el seguía con esa cara llena de incertidumbres. Tomé aire para lograr decirle ve y chingas a tu madre, y me fui caminando muy despacio sobre la calle que tenía una pendiente muy fuerte hacia abajo. Me dolían los pies, no había dado diez pasos y vi al pordiosero que fumaba un porro y tarareaba Cry Baby de Janis Joplin.

Kato Gutiérrez, ©2020

Una peda de unos cien días

Quiero hacer una peda que dure de hoy a marzo. Unos ciento y tantos días en una isla.
En la peda no hay conciencia, no hay efectos ni cruda.
Desaparece la incertidumbre. 
No hay reglas. Los atardeceres son perfectos.
El mar está inundado de todas las flores del mundo.
Huele a leña en  fuego. No duelen los dientes. No hay sexo por costumbre. No hay tumultos. Hay soledad, luz y silencio.
Hay orden. Voy a vender sólo un boleto de acceso a una mujer.
No hay etiquetas ni definiciones. 
Sentir es tan fácil como respirar.
No hay rencor.
La marea recita poemas.
El fuego espanta demonios. 
Las caricias invocan a dioses diversos. Se sacrifican odios.
Es una peda de unos cien días. 
Supongo que ante tal ambiente el tiempo pasará rápido. Me caga el tiempo.
Sólo venderé un acceso. Seremos dos locos.
Quizá no nos hablemos, a lo mejor no será necesario.
En la peda se siente mucho. No se requieren explicaciones ni argumentos. Mucho menos etiquetas o nombres. Se valen los apodos de acuerdo a lo que la cosa o persona provoque. Hay ángeles volando ocasionalmente, sus alas son de colores vivos.
Existe la magia negra y la fe. Aunque ante el sexo ambas sean innecesarias. 
Existen pausas en donde hasta el viento y la marea se detienen.
Hay bagels de matcha. Vino tinto mexicano. Tequila 8. Brownies especiales. Chilaquiles picantes. Rib eyes y salmón.
Hay Ginebra con todo. Gin en las caderas. Gin en la clavícula. Gin en los huesos del cuello. Gin en su espalda. En la peda se chupa Gin con todo…Gin en las entrepiernas.
Ahí no tienes que tomar tantas decisiones. Se trata de dejarte llevar. Fluir.
Decir lo que sientes. Sentir lo que dices.
Los ojos hablan. Cambian de color, se camuflajean ante las emociones.
Hay abrazos mudos. Y orgasmos que gritan poemas.
En la peda el tiempo pasa.
No hay economía, ni gobiernos, ni medios. Sólo yo y una hermosa mujer.
En la peda Benedetti murmura algunas líneas desde la oscuridad.
Miles de luciérnagas realizan un performance todas las noches.
En la peda ser cuerdo es tartamudear.
En la peda quedas mudo al ver la belleza.
Sólo venderé un acceso.
Ahí se olvida de todo lo que sucede afuera. Se pierde el apetito.
El miedo ya no puede mentir, se convierte in inofensivo.
Hay libertad. No hay maquillajes ni poses.
No hay señal de internet, ni ninguna de sus maldades.
No se preguntan pendejadas.
El silencio contesta las preguntas más rudas. Y luego reímos.
Reímos mucho.
Es un mundo solitario. Una peda para dos. Una peda de unos cien días.
No hay disfraces. No se requieren máscaras para coger. Ni para desear.
El piso a veces se mueve.
Cae lluvia de lavanda. Las mañanas huelen a vainilla.
Robalos cacaraquean por las mañanas. 
En cada beso se tapa un hueco de la capa de ozono. Cuarenta y cuatro osos pandas nacen en oriente por cada faje. Veintiséis Koalas nacen como efecto de una caricia en la espalda. Treinta y cuatro jaguares nacen en Chiapas después de cada chupada.
Los participantes de la peda son imbatibles. 
Solo venderé un acceso.
No hay ilusiones. Sólo hechos. Sólo el momento. Sólo poros abiertos. Cabellos electrificados. 
No hay drama. 
En las noches te puedes sacar el corazón frente a la fogata. Ahí se inventan palabras y posiciones. 
No hay enigmas, todo lo gritas al coger.
Los constelaciones se distorsionan enviando poesía en clave Morse. 
Se te meten cientos de luciérnagas a las venas.
Si tienes suerte un colibrí se te meterá al corazón.
No se requiere dormir.
No hay penas, ni dolor.
Faltan palabras, adjetivos y preposiciones. Valen madre los adverbios y gerundios. Las lenguas compensan.
No hay dudas ni arrepentimientos. Las caderas se arremeten.
Las formas son perfectas. Las miradas perpetuas.
La vacuna es contra la desesperanza.
Para bailar se necesitan dos. Sólo venderé un boleto.
La locura es no creer.
No hay teléfonos, ni música. Sobran sonidos de grillos y pájaros de seguro apareándose.
Hay habanos cubanos, cigarros americanos y cerveza mexicana.
Quiero que sus ojos estén llenos de leyendas. 
Que al reírse lo haga con fuerza, que mueva su cabeza hacia atrás.
Hay una playa en donde los delfines nadan conmigo.
Le regalo por adelantado todos los suspiros que está por robarme.
Solo venderé un acceso.
No importa si hay tormentas porque el sol estará en sus ojos.
Si el mar crece, su aliento me hará flotar.
La memoria no juega chueco. 
Los recuerdos previos se borrarán a besos. Dos locos en blanco.
Una peda de unos cien días. 
Dos locos.
De aquí a marzo.

Kato Gutiérrez, © 2020

SHERRIE

Soy el stage manager que se está cogiendo a una de las groupies de la banda.
A la groupie el vocalista no se la puede coger. No puede porque no se le para. También porque siempre anda hasta la madre, o porque prefiere jugar baraja y meterse botellas de whisky con sus amigos. No sabemos cuando el verdadero Stacy está con nosotros, creemos que lleva unos cuatro años pedo, ha grabado dos discos, ganado tres Grammys, fumado kilos de hierba, metido cientos de pastillas y el güey no se ha dado cuenta.

Es raro coger con Sherrie porque no sé cuando está pasada, borracha o sobria. Ella siempre ríe y lo hace con un ruido nasal que molesta. Es raro que ría tanto mientras cogemos, no sé si está gozando o se está burlando, me altera, pero justo cuando estoy a punto de parar, o de gritar un reclamo, ella empieza a menear su cadera con fuerza. Por todos los dioses del rock, ahí es cuando escucho acordes perfectos, solos de guitarras eléctricas poderosas, irreverentes, multitudes me ovacionan con cánticos. Me muevo duro contra ella al ritmo perfecto de la batería, mucho mejor que el ritmo con el que toca Bryan. En esos segundos siento que todo este pinche mundo de mierda tiene sentido, ahí estoy parado atrás de ella, viéndole su espalda blanca desnuda, un poco húmeda, levanto la mirada y está su cabellera güera meneándose como resultado de mis embestidas, sonrío un poco, lo bueno es que ella no sabe que esa es mi única sonrisa del día. Siento chingos de voltios zumbando por mis huesos, creo que se me van a romper, el brazo derecho se me acalambra, tiemblo, en esos instantes previos al final me siento justo como en el paraíso, el problema empieza cuando ella gira su cabeza, pelos güeros vuelan por el aire, y sobre su hombro derecho me ve con esos ojos de donde le nacen flores verdes. Y es cuando a mi lado aparecen dragones echándome fuego en el mero corazón, escucho balazos, en las paredes del viejo camión crecen flores rojas con espinas gruesas, me juro hacerme un tatuaje en el pecho con su nombre, sus risas suenan como coro de Meat Loaf y cuando me pide que le de mas, su voz es tan perfecta como la de Bonnie Tyler y justo ahí me odio por amarla. Me vacío y creo que ella también la pasó bien. No me animo a verla a esos ojos. Nos aventamos al angosto sillón. Volteo distraído por  la ventana y veo pasar rápido las siluetas negras de muchos árboles. Me pongo mis audífonos, mis dedos tiemblan cuando aplano el botón de shuffle, quiero algún rock pesado, un metal rudo, algo que calle esas voces que me retumban, algo que me evite aceptar que no puedo pelear contra este sentimiento.

Kato Gutiérrez, © 2020
Todos los derechos reservados

OJALÁ SIEMPRE FUERA DOMINGO

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Malditos recuerdos. Los míos, los de todos. Los que no he pensado.
Me urge la inocencia de un niño viendo el partido al lado de su padre.
Me sobran tristezas en los recuerdos.

Entre la algarabía del estadio lleno zumban carcajadas burlonas que vienen del pasado.
Escondemos los miedos entre las porras y los cantos.
Hasta que México recupera el balón en su terreno. Surge un trazo largo, fino, como flecha a ras del pasto. A media cancha tocan de primera. Cruzan sin miedo la frontera del medio campo. Es uno contra uno. Sorprender a los alemanes en contragolpe es tan imposible, tan improbable como un desembarco en Normandía. El mexicano llega al área grande y los recuerdos me ahogan. Sorprende al mundo con un trazo a la izquierda en donde no hay nadie, hasta que dentro del área aparece Lozano. Cargo losas de penas en mi lomo, como el Pípila.

En lugar de desear que la meta, pido por que no la falle. Es la maldita costumbre. Mientras el corazón se me rompe en la garganta, Lozano quiebra a un defensa hacia adentro. No puedo ver más. Arránquenme los ojos. Me falta aire. El defensa queda atrás, Chucky Lozano está a metros de cambiar la historia, se acomoda, de seguro aparecerá un alemán, así son ellos. Así somos nosotros. Tira, Chucky. Tira por mí, por todos. Regrésanos la esperanza. El segundo defensa aparece tarde. Sale el tiro profano, duro, abajo y pegado al poste. El gigante portero alemán cae como el muro. ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! El balón inicia un trance con la red. Chucky corre y se besa la mano, es como si nos besara a todos. Grita por mí, como yo, por todos, como un grito de guerra.

Que el grito sea perpetuo. Que el tiempo pare aquí. Supongo que esto es la felicidad.
Ojalá siempre fuera domingo en Rusia.

Kato Gutiérrez, ® 2018

 

 

Foto: FIFA.com

QUE NADA FUERA COMO ANTES

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Siempre nos falta algo.
Ojalá el virus se quitara si sembráramos árboles.
Que dependiera de nosotros, no de una vacuna.
Que la bondad fuera el juez.
Que hubiera un rating de compasión.
Que la vacuna sea el amor.
Que no existan patentes, fronteras, ni pinches límites para gritar lo que quiera, lo que arde, lo que mueve. Lo que conecta.
Que pueda sentir lo que sea cuando sea.
Una fogata de pasaportes.
No hay miedos.
No hay máscaras.
Que se agoten los llantos.
Que se regale compasión con entrega a domicilio.
Si tose no importa.
Si se talla los mocos con la mano que te saluda, no importa.
Nada importa, ni el encierro, ni el desacato.
Que lo único que se transmitiera fueran miradas provocadoras.
Que nada fuera como antes.
Que dependiera del amor.

Kato Gutiérrez @2020

VALOR

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No creo que hayamos aprendido.
Cuando pase la tormenta, y la nueva realidad se nos aparezca,
volveremos a amar con desdén.
A respirar como dueños del destino.

No creo que la humanidad se vaya transformar.
Seguiremos luchando sólo por sobrevivir.
Nos rigen sentimientos primitivos.

Volverán las nubes grises. Las culpas y los reclamos.
Los cuellos rojos inflamados de tanto calumniar.
Los pechos cargados de odio.
Las miradas filosas.
Los rencores antiguos.
Volverá la lluvia ácida.
Vampiros reirán, y defecarán mientras vuelan.
Regresarán los polvos flotando en el cielo, los cerros violados.
Los pulmones adoloridos. Los corazones tristes.
Las almas ocupadas.

Las ratas caminarán por las banquetas con portafolios en sus hombros vendiendo esperanza empaquetada en pastillas.
Los miedos se quedarán como caries.
Abrazar será un acto heróico.
Amar será menospreciado.
Besar será una locura.
Pantallas gigantes mostrarán montañas infestadas de pinos de pixeles.

Locos venderán atardeceres, y yo aún estaré buscando todos lo que no te he regalado. Aún estaré juntando valor para mirarte a los ojos.

Kato Gutiérrez, ©2020

NO ME VAS A CREER

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No me vas a creer que a veces grito en silencio.
Que ya me cansé de escupir a las paredes, de mirar con temor.
Dicen que estamos en sincronía, pero es sólo el miedo a morir que nos engaña,
o nos seduce. Leí que lo que arde es el luto colectivo.
Mis manos raspan y se adelgazan.
Los moteles vacíos. Los dílers con tapabocas y guantes.
Toca y vete. Toma y lleva.
El precio de la gasolina baja, y el de la cerveza sube.
Mercado negro de toallas con cloro.
No me lo vas a creer que veces, sólo a veces, nos ponemos de acuerdo. Bien decía mi abuelo que el miedo es carancho.
Las leyes se resquebrajan. Los gobiernos dan ruedas de prensa que parecen sketches mediocres de los setentas. Payasos dan noticias en la tele. Nos regalan el miedo envueltos en dulces de chocolate. Chupaletas con cocaína.
Ponemos doble llave, candados y cadenas. Recuerdo al Caballo de Troya y a Saramago.
No me lo vas a creer que un virus nos controló. Nos alejó. Nos unió.
Corrieron por papel del baño, por agua, por alcohol para tomar y para las manos.
Nos dicen que pensemos en los demás, pero no sabemos hacerlo.
Te juro que escucho carcajadas. Las playas vacías, como antes, como nunca, como el inicio. Te juro que odio los domingos. Que nos dejó de importar la contaminación y el tráfico. Que estaríamos dementes sin internet. El miedo es lo único que nos une. No, no era el fútbol, ni la Coca Cola, ni las fronteras. No era el amor, ni el sexo. Changos sonríen en las selvas. Elefantes fornican despreocupados.
Las cerveceras hacen gel. Las fábricas hacen gel. Los fabricantes de condones, pastillas, refrescos y alimentos hacen gel. Las plantas de autos hacen ventiladores. Tutoriales de fabricación de bombas molotov, bombas nucleares y de ventiladores en YouTube. También hay cartas de amor.
Extraño las noches con velas. Maldito Sabina vidente, ya nos robaron al mes de abril a todos. No ha sucedido pero ya nos lo quitaron. Como tus besos. Como tú aroma. Ahora puedo ver las estrellas y no me importa. Extraño como olían los sábados. Ahora todos los días huelen igual.
Te lo juro que ahora todo se parece.
Kato Gutiérrez, ®2020

Ya no hay conchas en la playa

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Ya no hay conchas en la playa.
El agua de la alberca quema.
Al sol se le perdió la misericordia.
Las cremas bloqueadoras se evaporan, mienten.
El alcohol no falla. El sol tampoco.
Las estrellas se me perdieron, no las puedo ver.
Compra. Compra. Compra.
Dos por uno. Promoción. Hora feliz.
No te duermas. Un masaje que te anestesie.
Consumo mínimo.
Souvenirs. Si no lo subes a redes sociales no vale.
WiFi gratis en todos lados. Hiper conectados. Hiper hackeados.
Pendejos que no hacen fila.
Corrupción en la separación de camastros.
El cordón de un paracaídas se rompió, el gordo gritaba mientras se perdía en el horizonte.
El pendejo de siempre con el buscador de metales paseándolo sobre la arena.
Orina tibia en la alberca de niños y fría en la de los adultos.
Oigo pasos. Retumban en el techo, en las habitaciones de al lado, en mi cabeza.
Me arde el pecho.
Una elegante señora de setenta años en el bar de la alberca, con aretes, maquillaje y peinado de salón en busca de su amante latino. Apesta a dólares.
Una familia de chicanos con una grabadora escuchando rap.
Retas. Juegas. Vas. Y yo que solo quiero estar conmigo. ¡Conmigo! Quiero una isla desierta.
Corre a la hora de la cena. Corre que se vence el desayuno. Corre.
Llego a tiempo a la cita que tengo con el atardecer.
Quiero desaparecer a todos. Un imbécil se para frente a mí. Otros a un lado con una grabadora a todo volumen con una canción de Mana. Ajá, no mames. El agua del mar que no huele a sal, me moja los pies. Cómo extraño mis veranos, esos de antes, los que corrían lento, los que me iba de este mundo. Los que no me preocupaba casi nada. Los que no necesitaba Omeprazol para cenar, ni Rivotril para dormir. En los que perdonaba rápido. Cuando me vestía formal los domingos. Cuando una canción me hacía llorar y roces de manos me excitaban. La maldita inocencia que me llegaba en cada ola. Cuando le entendía al mar, a su rugido, a su olor. Ahora no nos entendemos.
Me duele el pecho.
Ya no hay conchas en la playa. Ya no huele a mar.

© Kato Gutiérrez 2019
Foto: Kato Gutiérrez.

Labios de menta

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Hoy caminé por la Calzada. En el sentido contrario pasó corriendo un hombre con la camisa de la selección española. Usaba unos audífonos tan grandes como su calvicie. Luego pasó un joven sin camisa, corría mientras en su rostro pintaba gestos de maldad. Quizá era agonía. Miré mi abdomen, luego levanté la mirada y una rubia me sonrió. Pasaron muchas personas. Puedo ponerme loco, o profético y decirte sus vidas, pero no puedo ni con la mía.
Sonó la sirena de una ambulancia, y nadie volteamos.
Miré peatones que ignoraban los semáforos rojos.
Unas mujeres me dejaron una estela con olor de jazmines.
Pasaron perros con personas y personas con perros.
Humanos con accesorios de los cuales colgaban infantes mudos y mareados.
Perros en carreolas. Ancianos en sillas con ruedas.
Hombres con dolores en el alma.
Mujeres calladas.
Ardillas voyeristas.
Jardineros en cuclillas que escondiendo la mirada en el sobaco veían los traseros blancos de mujeres veloces.
Ruido. Humo. Cláxones.
Templos. Fe escondida en troncos.
Camisas que presumían logros.
Un idiota dejó el excremento de su perro en el camino. Quiero ir a cagar a tu casa.
Pasó un camión de bomberos. La ciudad en llamas.
Mi alma morada. Punzadas en mi frente.
Mis rodillas crujiendo.
Quiero valor. Quiero bondad.
Quiero unos labios que sepan a menta.

Kato Gutiérrez
Derechos Reservados ©2019.