Te quiero cuando estoy borracho

Ey, hablemos, pero pedos. Por si la cagamos que no valga.

Aprovéchate, venga, ya sabes que tu clavícula me jode. Dale. Exponla. Descubre tu hombro mientras avientas excusas, historias y reclamos. Venga, soy todo oídos, pedo.

Toquémonos, pero borrachos. Así no habrá nada que explicar. Ni planes. Ni recuerdos. Sólo este desgraciado escurridizo presente de mierda. Anda, anímate, pon tu mano en mis labios y chúpame las pestañas.

Metámonos placer. Dicen que para eso es la vida. Dicen, digo, dijeron. Es que yo pensé. Es que tú dijiste. Es que si hubieras. Y entonces aquí aparece el silencio de los borrachos…Shhh…Shhh… Ese que puede durar lo que sea, lo que quiera, depende del amorío del alcohol y mis venas. Ahí mero soy feliz. En un mundo color ambar que se mueve despacio. Con el control del volumen en mi mano derecha. Con un botón de mute enorme.

Pensémonos, venga, pero ebrios. Por si decimos algo que mañana queramos olvidar no tengamos que hacer nada. Pronunciemos lo que nos quema los dientes. Dejémonos de pendejadas y saquemos nuestras lenguas. Lo de más que se quede en duda.

Anda, toma tu cerveza favorita, una, dos, tres, cuatro, y piensa en mí en cada trago, despacio mientras sientes el ardor de la malta en tu paladar. Piénsame como quieras y di algo, porque el silencio se te está escapando por los ojos. Además sería justo, sería como nivelar.  Mis paredes se agrietan extrañando tu voz. La regadera recita tu apodo. El agua del fregadero canta tu nombre. El aire sabe a ti. Las sábanas huyen hacia tu lado de la cama. Piénsame mucho, para estar iguales.

Escribámonos, pero pedos. Súper pedos. Para no tener que saludarnos, ni explicar nada. Para decir cualquier vulgaridad. Para ir directo a la poesía, o a la cumbre de tus pómulos. O al silencio que llega después de sexo. Hagamos algo que tanto tiempo mudos es un desperdicio de hormonas y de rimas. Es una estupidez que las caderas tan frías no entienden. Escribamos aunque sea una letra, una que empiece todo.

Kato Gutiérrez, © 2021

FUCK FRIENDS

Siempre se improvisa. Siempre se acaba el tiempo y el silencio regresa antes de lo planeado.

Quedan recuerdos de miradas gritonas. No se pide nada. Ni se elige el menú, ni la música que uno de los dos se anime a bailar durante el primer trago. Todo es random. Todo es shuffle. Aceptas lo que hay, te dejas llevar. 

Improvisas. Le cambias los ritmos y nombres a los días. Hay muertes instantáneas en las despedidas. El único salvavidas es el recuerdo de esa mirada lasciva que sólo existe antes del primer beso de cada sesión. La casa se convierte en un museo de porcelana coreana. Ella busca sombras que se hayan quedado pegadas en las paredes. Olfatea las sábanas para recrear momentos. Él huele sus manos, se talla la cara mientras cuenta los pasos entre cada arbotante de luz. Exhala desesperado al ver que el cielo volvió a mentir esa noche. No hay estrellas, sólo bruma. Lo único que les queda es la esperanza escondida en el calendario.

Esperan, esperan y esperan. Los días parecen océanos sin olas. El alcohol ya no arrima el alma a la piel. Están desalmados. Se encuentran más vacíos que horas antes. Más locos.

Alejados sólo se escuchan algunas chicharras. Todo es sábanas blancas, secas y planchadas. Todo huele a limpio y a silencio. Todo pasa lento. Hasta la sopa en el microondas tarda horas en calentarse.

Cuando no están juntos viven de recuerdos. Del eco de ese pujido nuevo que se provocaron. Preparan diálogos, planes, posiciones, pero al verse, las manos se descontrolan. El brillo de sus ojos quema. No hay nada que decir, no les queda nada más que abalanzarse sobre el otro y chuparse la piel, lamberse los músculos del cuello, acariciarse las cejas. Respiran con prisa porque saben que hay un final, porque hay peligro. Y entonces siempre hay soles. Eructan luces de bengala. Salen plantas del techo. Hay valor para poner los cuerpos en posiciones que jamás habían imaginado. Se tragan vocales al pujar. Sólo les queda embarrarse de sudor, de libertad. No les queda más que darse esos cuerpos hasta quedar ciegos.

No es cuestión de libertad, es cosa de adicción. Es cosa de no preguntar ni reclamar, ellos no están para eso.

Kato Gutiérrez, © 2021

HOLLÍN EN MI ROSTRO

Arden sierras alrededor de mi ciudad.

Hay hollín en mi rostro, en el piso de la cochera, pero no me mortifica. Porque así somos. Porque estoy acostumbrado a que no me importe nada. Me cansé de donar botellas de agua que acaban en playas de Quintana Roo chocando con piernas europeas.

Porque somos, son, serán, eran, de la generación en la que no nos va a pasar nada: ni bombas nucleares, ni el sida, ni guerras mundiales, ni el calentamiento global, ni el día cero, ni pandemias.

Retumban helicópteros en el cielo, pero apenas y me llaman la atención. Porque sí. Porque así soy. Porque así somos. Porque me recordó algún viaje ácido. Porque no es posible que vayamos a morir por esto hoy, ni por ningún otro motivo. Huele a quemado, a bosque, a cuerpos. Pero no me importa.

Cada vez es más difícil matar moscas. Muchas abejas llegan en mi casa.
Y se murió un amigo de un amigo. Y se murió un conocido que una vez me sonrió. Y una amiga lucha por su vida. Y yo peleo por encontrar la mía.

Ya no tengo ganas de decir lo siento. Tengo ganas de decir nada.

Las lunas llenas siguen pasando inadvertidas. Los días pasan lentos rápidos. Los atardeceres últimamente me han quedado a deber. Los amaneceres no los alcanzo. Me ha dejado de importar la capa de ozono. Al parecer el mar nos ahogará. Marte es el pasado, nosotros lo destruimos. Mi dealer murió. 

No quiero recordar, ni crecer más. Arránquenme la memoria. Llévense la esperanza. Estoy atorado en doce meses esperando que Christopher Nolan apague las cámaras. Se me confunden las metáforas de la Biblia y las de Disney. Unas hablaban de unas ovejas negras, otras de anillos púrpuras y de matar a los corderos más grandes.

Arden bosques alrededor de mi ciudad. Resuenan los helicópteros por la mañana, me siento en medio de una guerra. No sé si aventarán agua al fuego o mierda para todos.

Los besos dados ya no valen. 

Hay hollín en mi cara y no creo, nadie cree que el fuego está a unos suspiros de nosotros. No creemos que nos vaya a tocar.

No creemos, porque cogemos sin condón y metemos la lengua en la boca de extraños para afanar la rutina a los miércoles.

Los ufanos reclaman la poesía escrita en bardas. Y luego ahí mismo cuelgan mantas de políticos. Suenan aviones y helicópteros. No me importa nada. Mil hectáreas quemadas en una semana. El chat en silencio. 

Mi cuerpo es una sola contractura, ya no hay preocupación de paro cardíaco. Mi futuro es el atardecer de hoy.

No quiero encontrar el tiempo.

Kato Gutiérrez, © 2021

El amor no existe

El amor no existe. Hemos sido engañados. 
No puede haber un elemento tan poderoso.
Sería imposible aceptar que una mirada lance avalanchas de luz.
Irreal que se te meta a los pulmones y te robe alientos.
Absurdo que pueda causar placer y dolor a la vez.
No es real volar. No es real sentirse omnipotente.
No es real pensar tanto en un roce, ni recordar un aroma por años.
Utópico tener incrustado en el tímpano los timbres de una voz por décadas.
Impensable escuchar poesía en los cantos de cientos de cuervos viejos.

Ni que existieran labios que te inyecten anfetaminas. Ni cejas que hipnoticen.
No, te digo que el amor no existe.
Hemos sido embrujados.
Ni que causara amnesia selectiva.
Ni que achicara los kilómetros.
Ni que apareciera rostros en las nubes.

Sería inexplicable que provocara calambres en el coxis y que te metiera delfines a las venas.
Tan irreal como pensar que hay caderas que al moverse componen música con chelos y violines y pianos desenfrenados.
No es que provoque súplicas a dioses para no olvidar una pelvis arremetiendo duro.
No, no es posible que cosas tan simples como una palabra desaparezca la oscuridad y derrumbe un poco el cielo. 
Ni que hubiera gemidos que recuerde todas las noches.
Ni que me hiciera ver soles en medio de las tormentas.
Ni que pudiera causar adicción.
Ni que estuviera loco. 
No, el amor no existe.

Kato Gutiérrez, 2021 ®

No le voy a decir nada

No le quiero decir la lista de celebridades que se parecen a ella, se me hace injusto y riesgoso, además, cientos de imbéciles ya han de haber usado esa línea para intentar iniciar una conversación.

Tampoco he pensado comentarle que su tono de voz es igual al de una actriz famosa. No, jamás le diré eso. Menos le diría que en las noches en que más la extraño, en las que me provoca insomnios bravos como olas australianas, busco películas en las que sale esa actriz que se parece a ella y las veo con la atención y determinación de un huerco de quince años buscando porno.

Impensable decirle exactamente a quien me recuerda o quien fantaseo que es, ni que fuera un idiota. Sería una enorme pendejada decirle que he recreado una escena en la que sale ella, digo, la actriz a la que se parece y que he practicado tanto como bailan que ya me sé todos los pasos, como la tocan y como la besan.

No quiero comentarle que cuando la beso pienso que es esa actriz que está idéntica a ella. No quiero. Ni siquiera me animaría a preguntarle si acaso tiene una gemela. Se me hace deshonesto no pensar en ella cuando estoy tocándole las caderas, o chupándole los músculos del cuello, pero no lo puedo evitar. No puedo compartirle que pienso muy seguido que estoy dentro de una escena de esa película donde bailan en un restaurante en el que al centro hay una pista de baile, y las mesas simulan ser autos de los setenta, y que yo soy el actor y la actriz es la actriz, no ella. Y que yo me sé todos los pasos del actor y de la actriz.

No, no le puedo hablar de amor en estos tiempos. De hecho, últimamente, son muy pocos los temas de los que podemos charlar sin que se harte, o de los que acaben en alguna discusión donde se le levanta una vena en la sien. Muchas veces he querido quedarme callado, pero la maldita costumbre de desayunar por años viendo los noticieros me ha insertado mañas imposibles de quitar: o empiezo hablando del clima o de alguna tragedia que acaba o está por suceder en algún rincón del mundo.

No le puedo escribir poesía, nunca supe hacerlo. En preparatoria copiaba diálogos de películas mexicanas. También memorizaba los cumplidos que mi abuelo le decía a mi abuela al terminar las comidas de los sábados en aquella mesa larga al lado de la noria y el tanque de agua. Empezaba el atardecer y dos o tres luciérnagas aparecían extasiadas por el canto de unas chicharras acostumbradas al calor norteño, ahí era cuando mi abuelo, bajo el efecto de cuatro tequilas, con las manos un poco temblorosas, y el olor a leña quemada llenando el lugar, cada sábado le decía un piropo nuevo a mi abuela. Hasta que murió, y murieron casi todos, y yo olvidé los piropos. Las cosas que uno olvida por no apuntar.

Tampoco quiero crearle una imagen falsa de mí. No, no pienso fingir que soy feliz, ni mentir sobre el porcentaje de esperanza que me queda de lograr mis sueños. Soy un pendejo, pero aún no lo sabe.

Ni de pedo le voy a decir que no me gusta lo que publica en sus redes sociales, ni que me molesta ese hábito de leer los periódicos. Ni que me aturde que sea seguidora de Coelho. Menos me animaría a decirle que sus playlist son de muy mala calidad.

No puede saber que sus cejas pobladas me recuerdan a una chava que conocí en prepa y a quien nunca tuve el valor de decirle que me gustaba, solo una vez le lleve unas rosas y me quedé mudo al entregárselas en la cochera de su casa. Era imposible no enamorarse en los ochentas, las hormonas y la maldita música tan buena. Y ahora la palabra amor nos espanta, nos cae como montaña en la espalda. El sexo es más fácil y barato.

Tengo miedo emborracharme con ella, porque de seguro la  nombraré como se llama la actriz y ahí sí entonces, estaría en un gran pedo. Por más bella que sea la referencia, sé que habrá problemas. Ya he tenido situaciones así con otras mujeres, la verdad no entiendo porque se molestan tanto cuando las comparo. Cuando a mí me han dicho que me parezco a Johnny Deep no me molesto, tampoco es que lo tome como un cumplido, porque acepto que no nos parecemos, y además sé que nos separan muchos ceros en los saldos de nuestras chequeras, y que hay diferencias enormes en los metros cuadrados de nuestras propiedades, pero no me importa, sólo sonrío un poco por algunos segundos y luego se me olvida.

A lo mejor, el peor error sería decirle que me recuerda a mi primera novia. Todavía la idea de la actriz la pudiera salvar, pero compararla con un ser humano real de mi vida pasada sería una locura,  sería como meterme a la boca del lobo. La verdad es que estar con ella me lleva al pasado, a aquella novia de los ochentas, pero también me lleva al futuro a aquella actriz que voy a conocer algún día, no sé cómo, sólo sé que nuestros caminos ya están cruzados, algo de eso leí en un libro hace años. Pero ahorita sólo tengo a ella que se parece a la del pasado y a la del futuro, es casi perfecta pero no es aquella, ni la otra. Y eso la hace irreal y complicado porque al aferrarme a sus caderas huesudas siento calambres en el cuello. Quizá todo está en mi mente. Quizá me sucede como aquella película en que la protagonista era gorda, pero el enamorado la veía flaca. Quizá soy el único que la ve así. Quizá todos vemos cosas de manera diferente. Quizá ella no es ella. Quizá yo no soy yo. Por seguro no soy quien ella cree, porque siempre nos creamos a las personas como queremos que sean, las piezas que les faltan nosotros se las ponemos, como si fueran humanos construidos con legos, quizá yo le puse las cejas pobladas y los ojos cafés, porque desde pinche huerco se me hace algo muy caliente.

No, no le voy a decir nada, mientras me la siga cogiendo todo está bien. Lego o no lego. Me voy a quedar callado, y que pase lo que tenga que pasar.

Kato Gutiérrez, © 2021

UN FAJE CON FANTASMAS

Mientras el viento se calienta veo las primeras chispas pelear entre los leños de mezquite. No tengo escapatoria soy víctima de los recuerdos, me controlan. Sólo miro al pasado. No encuentro futuro posterior a esta inhalación y a esta parte de la canción de Sabina que suena y habla de promesas de verano a dioses paganos. 

Dicen que hay dioses en el fuego. Hipnotizado me confieso ante las enromes llamas, estoy a dos tequilas de hincarme. Tres estrellas chillan en el cielo. Ahora soy más víctima de las llamas que antes. Estoy a su merced. Me controla. Ahora que tengo sed solo hay fuego. No tengo fuerzas. Se me olvidan los modales. Recuerdo faldas rojas cayendo lentamente. Recuerdo conflictos breves. La lumbre es libre y sigue su danza. Descubro colores nuevos en sus flamas, fugaces, pero nuevos. Me rodean grandes encinos, robles, olmos y eucaliptos arcoíris. En los tronidos de la leña hay rumores ajenos. No los entiendo, serán otros idiomas. Serán otros seres. Yo con versos me entiendo. Pienso los versos que debo y me deben y me quedo en silencio con un temblor leve en mi labio inferior. No requiero espejos, en el fuego me veo, ahí se aparecen fantasmas que me extienden sus manos. Menean sus caderas. Son cuerpos perfectos. No hay lluvia que apaga esa lumbre.

En el fuego aparecen mujeres. Me dejo llevar. Aparecen retratos. Historias. Poemas que declaran verdades. Amantes perdidos. Veo precipicios entre las llamas. Me murmuran instrucciones para fajar con ellas. Todo tan incierto. Todo tan nuevo. Los fantasmas no saben de vacunas, siento una mano en mi cabeza vacía y otra rozando mi cuello. Quiero la oscuridad. Escucho tonterías que gritan los vecinos. Tomo más para que ella aparezca. Para que nos agitemos. Pienso. Pienso en Cortazar. En el silencio. En las millas. En los que mueren. En los que estamos muriendo. En lo que se nos pierde en estos segundos. El fantasma aparece y me chupa la oreja, no tan bien como otras.

Quiero fajar con fantasmas que crean en mí. Las que me miren a los ojos. Las que nieguen el pasado y no teman el futuro. Las que sientan sin buscar motivos. Las que regalen indulgencias plenarias. Las que ofrezcan su lengua, y repartan pociones para olvidar. Quiero fajar con fantasmas que sonrían mientras rozo su espalda.

Quiero un faje legendario. Que el humo de la leña me altere. Que su lengua enrolle cientos de tallos de cerezas. Que ante la manera en que mueve su lengua y su pelvis quede claro que soy un pendejo para esto del sexo. Que no haya tapabocas. Que todo pase. Que olvide los sueños de mi infancia. Que desparezcan los planes sobre mi vejez. Que el fantasma, esta mujer pelirroja o güera, o castaña, me meta entre sus brazos como nadie lo ha hecho. Que chupe mis lágrimas. Que guarde silencio.Que al final se escuche una ovación como aquellas que retumban en los estadios argentinos. Que la primavera le gane el invierno unas semanas. Que mi espalda no me duela y tenga confianza en mis dientes, y en mi boca, pendejo, en mi boca que calla o que grita pendejadas que congelan jardines.

Quiero unas caricias sin planes, que no traigan el pasado. Unas que no acaben. Quiero veranos y calor. Silencios ineptos. Parálisis húmeda. Lenguas que no teman nada. Fantasmas callados. Que no preguntan nada mientras sudamos. Fajes que me ayuden a sobrevivir este invierno. Que borren la neblina. Fantasmas que fajen como dioses. Sin pudor ni sueño. Fajes que no acaben. Fajes sin miedo ni planes. Sin heridas en espera de vacunas.

Quiero fajes húmedos. Que me roben la memoria. Pelvis que me dejen pendejo e inmóvil. Fantasmas que tiren lengüetazos, manoseos, y miradas sin pudor, como si la vida dependiera de ellos. Como si dioses evaluaran nuestro desempeño. Que no existan canciones merecedoras de sonar. Que solo el fuego truene a su placer. Que el viento me arrime un poco el aroma de su perfume caro que compró en Nueva York, pero también me traiga ráfagas de olor a rancho de Nuevo León. 

Que el faje sea tan perfecto que no lo recuerde.
Que no se hable de amor ni de eternidad.
Un fantasma que calle mientras me chupa el cuello.
Que acepte mis llantos. Que comprenda mis silencios cuando arremete su cintura hacia la mi. Un fantasma que entienda que las memorias son frágiles, que el futuro no existe y que el presente no lo entendemos. Una que acepte que no entendemos nada, pero fajando el tiempo pasa más fácil. Una que me lea mis ojos, por si se me va el habla cuando meta su mano en mi boca. Un fantasma que no deje esquirlas en su besos. Que sepa tocar mis manos.

Que baje los pantalones sin preguntar.
Que no cuente los segundos, ni los versos.
Que con sus manos me esparza estrellas con olor a mar.
Que las manos hablen tanto que los labios no tengan que decir nada.
Que sea un fantasma constante. Que me lo encuentre todos los viernes frente el fuego.
Una que tenga algo en su mirar.
Una que no haga falta ver para creer.
Un faje que haga bien.
Que me impregne esperanza con su lengua, que me la desparrame con sus pestañas. Que tenga unas cejas inolvidables.
Un fantasma que aparezca flores y drogas.
Que me mire con la boca.
Que no aparezca pretextos.
Uno que mueva el tiempo.
Que su boca sea su pluma.
Que no tenga nombre y nos inventemos apodos.
Que se aparezca cuando la invoque. Que me ponga sus pechos en mi boca. Que sonría mientras me ve titubear cuando trato de crear un verso.
Que tenga los ojos de color marrón. 
Que no provoque insomnios.
Que borre las agendas.
Que me robe la memoria. 
Que sus labios sean como los que nunca he tenido.

Que no me pida parar.
Que no escuche mis suplicas.
Que me aparezca la muerte del otro lado del orgasmo.
Que forme un poema con su respiración agitada.
Que crea. Que no me acuse de nada. Que me chupe la sien.
Que tenga los ojos tristes.

Kato Gutiérrez, ©2020