Noche de copas.

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Si los pecados se rompieran como las copas. Si romper un hábito fuera tan simple como dejar caer una copa de cristal al piso de madera.
Madera como la cruz que te inventas, como la que crees, como la que te rige.
Si pudieras correr y evitar que se rompa una, un pecado más, uno menos, sigue la vida  llena de vidrios rotos, pecados, y noches de copas de vino, ya que no todas se rompen.

 

Kato Gutiérrez  © 2014
@mrkato

Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.ne

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La Pelirroja del Violín.

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¡Alto! ¡Alto! ¡Altochingadamadre! Llegó el insomnio. Jaime no le hizo caso a lo que su madre todo el tiempo le decía, y, por fin la diversión empezó. Se enamoró de la del violín. Hablar con extraños le hizo conocer a extraños, que luego se convertían en conocidos, o en compañeros casuales, de esos de solo horas, todas ellas compartidas en el colchón.

Tendido viendo el techo blanco de su pequeño cuarto, blanco del yeso que no alcanzaron a cubrir con pintura. El pequeño departamento hundido en el silencio, pero, en su mente no dejaban de sonar las alegres notas del violín Country. Se enamoró de la del violín. Jamás había escuchado ese tipo de música, de hecho, le decían que era de americanos. Pero, cuando ella tocaba el violín, no se necesitaban palabras.

Nunca debió entrar a ese lugar, su instinto se lo advirtió por dos segundos, luego, su instinto se aburrió de ser tan pinche precavido. Que hueva toda la vida estar previendo accidentes, pensó el instinto, y esa noche, ya no le dijo nada al pinche Jaime. Hay pinche Jaimito, nunca te debes de enamorar de una artista y mucho menos de una de Country, esas tienen un vaquero en cada ciudad, y hay veces, que hasta dos.

Quería pensar en nada, en el techo blanco que tenía sobre él, pero no, la mente es muy terca y cabrona. La mente siempre intentará matar tu felicidad, buscará el lado malo de todo, pinche mente.  A pesar de que tenía el techo blanco a menos de doscientos cincuenta centímetros, pensaba en lo que no tenía. No podía sacar de su mente a la violinista pelirroja. Aay pinches pelirrojas, ay pinches violinistas, ay pinches vaqueras.

La veía, como lo vieron. La pensaba como siempre la soñó. La tocaba como nunca se había animado antes. Bailaba Country como jamás había imaginado que lo pudiera hacer. El insomnio debería de traer una bocina pequeña para ambientar su aparición, para ese momento de soledad llenarlo de música. Una bocina sólo para los que han pagado el recibo de la luz a tiempo en los últimos ochenta y cuatro meses. Él no tenía bocina, él decía que no quería oír música, no la necesitaba, no la podía sacar de él.

Y cantó y lo callaron sus hermanos. Y cantó y lo calló su mamá, quien ya se olía que algo malo le había pasado. ¿Siempre lo malo para las madres, es lo bueno para los hijos? ¿De plano uno ya no puede tararear una pinche canción de un ritmo nuevo? Cuando se puso de moda el Reguetón el nefasto de su hermanó, en semanas, no dejó de bailarlo. ¿Qué no podía Jaimito llevar un ritmo nuevo, fresco, de los del norte? Uno que se baila en líneas, aunque no entendía porque lo nombraban Square Dancing, muy a huevo entendía esas dos palabras, no le pidas más.

Corre Jaime, arrastra la mañana. Huye de noche. Vé, búscala. Tócala. Háblale. Báilale. No todas las noches uno cruza miradas con bellezas como esa. No todas las noches uno baila con una artista. No todas las noches una pelirroja te corresponde. Corre, pendejo, encuéntrala ya, antes de que monte otro caballo, la noche para los vaqueros es corta, porque todos amanecen muy temprano.

Kato Gutiérrez © 2013

Imagen cortesía de: FreeDigitalPhotos.net