Maldito enero

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Maldito enero.
Maldito invierno asoleado.Consternación falsa. Especialistas surgen por todos lados.
Lo peor es que pronto olvidaremos todo. La rutina anestesia.
Gracias al viento, que parecía de marzo o de Texas, por llevarse algo de la basura. Al menos volvieron las montañas.

Kato Gutiérrez © 2017
FB: Kato Gtz.
Instagram/Spotify: katogtz
@mrkato

Foto cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

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Zapatos amarillos

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Anoche soñé que una persona que traía unos zapatos amarillos se suicidaba. Lo veía colgarse y no alcanzaba a llegar a detenerlo. Al levantarme de la cama sentí acidez en el estómago. Mi corazón latía con furia. Dudé cuantas cucharadas de café poner en la cafetera. Me aturde tomar decisiones tan temprano. A veces me fastidia tomar decisiones todo el tiempo. Me dolía la cabeza. Ya el Advil no me es suficiente. Me asomé por la ventana no había ninguna estrella. Un perro ladró doce veces. ¿Ya me van a hablar en sueños? Ni bañarme con agua caliente me ayudó a despertar. Que el hígado me aguante, ¿o era el riñón? Perdí la cuenta de las noches seguidas tomando alcohol. Perdí la cuenta de todo. De toda la mierda, de fingir. Un martes cualquiera perdí la lucha contra la rutina. Me aturden los diarios.

¿Y, si yo soy la de los zapatos amarillos? Camino en la banqueta llena de gente que se mueve con prisa mentirosa, el sol dispara rayos con entusiasmo. Dos pájaros pujan para elevar el volumen de su canto. Cuatro grillos gimen queriendo llamar la atención. Nadie eleva la vista. A nadie le importa un carajo porque el sol explota, o las formas de las nubes, mucho menos la montaña. Mientras todo se siga moviendo es más fácil distraerse. Ya no quiero pensar. Nadie en la calle con zapatos amarillos. Llegando al trabajo me valdrá madre el sueño. Prenderé la computadora, me pondré los audífonos, fingiré sin mucho esfuerzo una sonrisa a mi jefa y a mis compañeros. He logrado pasar varios días sin emitir una palabra. Debería de ser un reto corporativo: no hablar. Sólo que crujan los teclados, y rechinen los mouses. Al medio día en el descanso un cigarro aunque tenga que salir del edificio y caminar treinta metros. De postre: dos cafés recalentados, tres Tums y la ilusión de huir del edificio en unas horas. Dejarse llevar tampoco es fácil. Más update status. Inbox. Outbox. Incoming email. Órdenes de trabajo. Estado de resultados, flujos. Las seis aparecen y huyo.

En el bar de al lado cuatro tequilas me relajan. No aguanto la inercia, y volteo a la televisión que proyecta noticieros que escupen mierda. Tragedias, muertes, empresarios políticos amenazando construir muros, muerte. Somos pura muerte. Por algún extraño motivo recuerdo el cajón en donde guardo el sobre que me regaló el abuelo: cien acciones de Cemex ¿cuánto valdrán ahora? ¿El momento de dejar todo e irme a alguna playa a poner mi bar frente al mar ya se me pasó? No entiendo que hacer para experimentar el amor. Me da mucha hueva el amor. Quisiera viajar. El sexo me gusta porque no tengo que pensar. Para amar todo es complicado.

Somos tres mujeres y un hombre en la mesa. Mientras tomemos y sonriamos es suficiente por lo pronto. Digo las primeras palabras de la tarde. Hablar me hace sentir un poco mejor. Un naco pone en la rocola una canción country. El sexto tequila me causa náuseas. Me dan ganas de tocarle el muslo al güey que está a mi lado, y con desgano se lo toco. Muevo mi mano a su entrepierna, y él sonríe. Ya todo es tan fácil, tan frágil e instantáneo. Dudo si tomar algo más, decir alguna mentira, o retirar mi mano. Dudo de todo, que pinche hueva.

Pienso en mi cuarto hediondo. No recuerdo si tendí la cama, lo cuál afectará la impresión que tenga al regresar. Pienso en que esa noche de nuevo habrá música de cumbia con algún vecino cercano, habrá unos borrachos cantando en un karaoke acartonado de mierda. Pienso en la triste imagen que veré al abrir mi refrigerador. Pienso en el olor del bote de basura. Si tan sólo pudiera reproducir por más tiempo la excitación que siento un segundo antes de prender un cigarro. Un señor con pantalón de vestir gris y con sombrero estilo español ahora pone música clásica. No mamen. A veces me siento tan fuera de este mundo. Si tuviera dinero pagaría por el silencio de la rocola. Si tan sólo tuviera pinche dinero. Un silencio rotundo y eterno. Pagaría la programación de todos los canales de televisión y transmitiría un cuadro negro, mudo. Que tan sólo con verse a los ojos y un gesto extraño con la mano fuera más que suficiente. Que fuera un mundo mudo. Pagar para que nadie opine. Compraría los lunes. Pagaría por el orden, por la paz. Mí orden, mi paz. Por estar alejada de todos. Por tener una pistola que lance dardos de ansiedad. Por encontrarme a mí, esa que me perdí no supe cuando. Todos han menospreciado lo hermoso que es el silencio. Algún sensato pone una canción de Fito Páez. Quiero gritarle una felicitación pero el alcohol ya no me deja hablar.

Ya estoy sola en la mesa. El mesero pregunta con una voz baja si ahora quiero una cerveza. Me da pereza contestarle. El reloj que me costó todo un mes de mi nómina, me indica que me han llegado cinco correos. Entro a mi mundo de silencios, de cámaras lentas, dificultad para escuchar y moverme. No es el alcohol. No soy yo. Es mi mundo perfecto. El mundo donde todo vale madre. Así me gusta estar.

Varias cervezas pasan, no se si las pido o me las manda alguien. Tendré que firmarlo a mi cuenta y venir cuando sea quincena a pagar mis tragos. Mis gloriosos tragos. Me espera mi cuarto no tan hediondo, al fin es privado y  está en el patio trasero de una casa de clase media. Como puedo doy unos pasos. Tengo miedo voltear a verme los zapatos. Me tropiezo un poco, un mesero me ayuda para no caer mientras el cabrón se ríe. Abren la puerta y el olor a caño de la ciudad causa que por poco vomite. Volteo a ver mis zapatos, hoy no son amarillos.

Kato Gutiérrez © 2016
FB: Kato Gtz
@mrkato

 

 

Foto cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

El controlador del tiempo.

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A veces cuando viajo, deseo que el tiempo avanzara más rápido. Pero solamente cuando el viaje es por carretera. Como que los paisajes desérticos, tupidos de nopales me aturden. Me gustaría que el tiempo avanzará, no en sí en tiempo del viaje, sino el tiempo del tiempo, el tiempo de la vida, me gustaría llegar al destino y que ya hubiera pasado algo mas de vida que lo que realmente pasó en esas dos horas. Que todos se me adelantaran, que todos supieran cosas que yo no, que yo fuera el ingenuo, el iluso, el atrasado, el nuevo, el del pasado.

Pero si el viaje es en avión, ahí me ataca otro sentimiento: ahí deseo que el tiempo se pare, que nada suceda afuera de ese avión, que toda la humanidad me espere a que yo toque suelo de nuevo, que nada sucediera sin mi, siento que me pierdo de cosas, como si muriera a minutos, lentamente, dolorosamente. Como si morir fuera volar. Como si volar fuera morir. Desperdiciar la vida en una cabina, compartir oxígeno reciclado por los pulmones de todos a los que veo. Veo las nubes y no puedo evitar recordar mi niñez, cuando realmente creía que algún día iba a poder volar y flotar sobre las densas nubes. A lo mejor ese día está por llegar, y me abordará con la esperanza extraviada y no me daré cuenta cuando suceda. A lo mejor ya sucedió en un martes cualquiera, y ni cuenta me di. A lo mejor ese miércoles que llovió todo el día pude volar, pero no lo intenté. ¿Cuántos milagros se me habrán escapado por no intentar? Maldito el día en que crecí, ahí se me murieron casi todos los sueños. En aras de la búsqueda del amor, se sacrificaron sueños, se taló la inocencia, el bosque de las creencias se quemó de tajo en un instante cualquiera ¿Cómo estamos seguros de que no somos capaces de resucitar?  A lo mejor eso es lo que sucede cuando nos besamos, ¿no?

Al aterrizar, cuando abren la puerta del avión, millones de partículas miniatura entran volando a conectarse con cada uno de nosotros. A recordarnos quienes somos. A inyectarnos la memoria, a ubicarnos, a gritarnos que el tiempo no paró, a burlarse de que el tiempo incluso pasa mas rápido de lo esperado, que ese es el guiño del mal, entre más le entiendes más rápido morirás, la vida es un juego en el que seguro pierdes, como una competencia en donde quien se acerque a la meta será liquidado. Los juegos del hambre son una mierda comparado con esta vida.

Por otro lado a veces me asalta la idea de quedarme atorado en el tiempo. Me encantaría quedarme atorado en un tiro libre. Ser el tirador en un partido de una Copa del Mundo, con la emoción previa, con el morbo, con la indecisión de tirar por arriba de la barrera o al poste del portero, de centrar o tirar, con los ojos del estadio sobre mi, con el mundo dividido viéndome, unos deseando mi acierto, otros mi fallo. Que en mi pie se definiera la infelicidad de muchos, el éxtasis de otros tantos. No sé por que me es atractivo quedarme detenido en algún momento celebre de la historia. Quizá es el placer de darle la contra al tiempo y no avanzar.

Y si cada beso es un reinvento, ¿si al besar cambio de ser? Algo me mueve y soy alguien más. Y nos andamos moviendo en base a besos. Los besos nos mueven. Vivimos en un tornado de besos.Y si jamás hubiera fallado un penal. ¿Y, si jamás la hubiera conocido?  ¿Y, si mejor nunca la hubiera visto? ¿Y, si portara el diez en mi camisa, en lugar de el tatuaje de mi brazo? ¿Y si no hubiera fallado cuando estuve solo frente al portero? ¿Por qué cruzado? ¿Y si Jesús se hubiera defendido? ¿Y si me hubieran explicado como exactamente nos benefició su muerte?

Me vale madre el lunes, lo que no puedo controlar es el dolor de garganta.  No la extraño. Me gustaría controlarte a ti, maldito tiempo. Estúpido y sensual tiempo. Brincarme las tardes de enfermedad, las noches brillantes, las mañanas con cruda moral. Moverte a mi placer, como la cremallera de mi viejo jeans. Que estuvieras a mi merced. Que la vida no fuera como una gripa. Que las sonrisas no fueran efímeras. Que pudiera decidir a quien besar, en quien convertirme, que el tiro libre fuera gol, y que cada vez que la vea, siempre me sonriera.

Kato Gutiérrez  © 2014
@mrkato

Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

El ruido de los jazmines

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Quería huir del invierno, pero no podía, lo perseguía todo el tiempo. Bruma terca le distorsionaba las sonrisas. Quería perderse en un acelerador de partículas, pero no sabía dónde buscarlo. Deseaba un fetiche que lo distrajera, pero no lo encontraba. Ya no quería participar en el juego de lástimas, quería salir de ese infierno, pero no encontraba la puerta. No quería ser habitante del limbo de las vidas no vividas, pero no recordaba como llegó ahí. Olvidaba que pasara lo que pasara al siguiente día, había tenido el presente. No sabía si vivir el momento o soñar. Sentía que a las calles le faltaba amor, a él también. No quería que le ganara el odio, pero no encontraba más opciones. A donde iba rasgaba el aire con su hedor amargo. Quería que su vida fuera tan bella y simple como un comercial de Apple, pero no podía, no sabía que hacer. Sentía que su cuerpo era de aire. Tenía solo dos ilusiones perezosas. Pasaba recogiendo los restos de su silencio. Siseaba a cuanta idea le llegara. Ya ni punzadas de odio sentía. Años atrás buscó que en parques arbolados el cliché se materializara y encontrara ahí la felicidad, aunque fuera sólo durante cuatro segundos. La indiferencia le ahogaba las pupilas. Alaridos de desencanto le chillaban en sus oídos. Y sonó el despertador.

Un certero manotazo rogando por diez minutos más. Casi siempre las máquinas obedecen. Modorro se cuestionaba cuanto le iban a durar sus males. Quería inventar viajes extraordinarios para encontrar respuestas imposibles. Le daba miedo ver la ventana y sentir los agresivos rayos del sol penetrar su habitación. Todas las mañanas se preguntaba porque las cosas cambiaron. Alguna vez el ansia le invadió, ahora ya ni le inquietaban las causas de su nuevo mundo. Si tan solo hubiera una alma que lo entendiera, una alma que lo sacará de la ruina de su rutina gris. Una alma nueva, brillante, joven. El olor a tocino se le metió hasta los pulmones. Algunos murmullos infantiles que ya se le confundían con ladridos de perros, o maullidos, o lo que fuera. Esa mañana había olor a jazmines, era ese día, ese día del año en que su mujer festejaba su unión, y para él era el día en que más se cuestionaba sus razones, se punzaba el cerebro intentando contestar qué es lo que pensó para que dieciséis años antes le regalara esa palabra de dos letras, le regalara su unión, le regalara todo a su mujer.

Había perdido la cuenta de cuántos de esos años había pasado hundido en el desgano y la indiferencia. No le interesaba saber cuando la apatía le surcó la cara. Tenía una mirada ajena, se la tomó prestada a algún recuerdo gris. Tomó aire para doblar las piernas y con el impulso levantarse de la cama. Hojas pegadas en las paredes con palabras en crayola le recordaban el día que era, mentiras multicolores. Clichés rojos, frases estereotipadas, nada nuevo. Su mujer cantaba en el piso de abajo un rock en español de los ochenta, desearía que mejor cantara el viento. Tenía la tímida esperanza de que el agua helada y las burbujas de champú le revelarán el paraíso perdido. Una mentira que el aroma de la crema para afeitar le regalara. Algo, lo que fuera, que la loción lo confundiera, y lo confusión le ahogara de olvido su realidad.

Bajando la escalera, ya no había murmullos, solo quedaban los jazmines. Sólo se sentía mejor. Nada para él en la estufa. Cuatro platos sucios. Un pan tostado con dos mordidas pequeñas y algo de mermelada de durazno. Buscaba algo que amar, algo que amara tanto que pudiera dejarse matar por eso. Pero nunca había tenido un sentimiento tan poderoso.

Una nota en la barra, esa no era multicolor. Esa tenía tinta negra y caligrafía. Rogelio solo quería un refugio. La nota, a dos pasos. Dudaba si avanzar a leerla. Locomotoras a lo lejos. Contaminación y drenaje colándose por la ventana. Un paso menos. Una nota negro con blanco. Sólo palabras. Dos cajas en la esquina. Por fin, la curiosidad le dio un pinchazo en la nuca y Rogelio caminó el paso que le faltaba. Lentamente tomó la hoja y leyó. No supo que sentir, siempre había sido malo para eso. En el mismo segundo sonrió y se le salió una lagrima:

Feliz dieciséis aniversario, Rogelio. Te dejo. Me fui.

Y el ruido de los jazmines tomó fuerza, era lo único que quedó ahí.

Kato Gutiérrez © Mayo del 2014
@mrkato
Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net