Maldito enero

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Maldito enero.
Maldito invierno asoleado.Consternación falsa. Especialistas surgen por todos lados.
Lo peor es que pronto olvidaremos todo. La rutina anestesia.
Gracias al viento, que parecía de marzo o de Texas, por llevarse algo de la basura. Al menos volvieron las montañas.

Kato Gutiérrez © 2017
FB: Kato Gtz.
Instagram/Spotify: katogtz
@mrkato

Foto cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

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El controlador del tiempo.

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A veces cuando viajo, deseo que el tiempo avanzara más rápido. Pero solamente cuando el viaje es por carretera. Como que los paisajes desérticos, tupidos de nopales me aturden. Me gustaría que el tiempo avanzará, no en sí en tiempo del viaje, sino el tiempo del tiempo, el tiempo de la vida, me gustaría llegar al destino y que ya hubiera pasado algo mas de vida que lo que realmente pasó en esas dos horas. Que todos se me adelantaran, que todos supieran cosas que yo no, que yo fuera el ingenuo, el iluso, el atrasado, el nuevo, el del pasado.

Pero si el viaje es en avión, ahí me ataca otro sentimiento: ahí deseo que el tiempo se pare, que nada suceda afuera de ese avión, que toda la humanidad me espere a que yo toque suelo de nuevo, que nada sucediera sin mi, siento que me pierdo de cosas, como si muriera a minutos, lentamente, dolorosamente. Como si morir fuera volar. Como si volar fuera morir. Desperdiciar la vida en una cabina, compartir oxígeno reciclado por los pulmones de todos a los que veo. Veo las nubes y no puedo evitar recordar mi niñez, cuando realmente creía que algún día iba a poder volar y flotar sobre las densas nubes. A lo mejor ese día está por llegar, y me abordará con la esperanza extraviada y no me daré cuenta cuando suceda. A lo mejor ya sucedió en un martes cualquiera, y ni cuenta me di. A lo mejor ese miércoles que llovió todo el día pude volar, pero no lo intenté. ¿Cuántos milagros se me habrán escapado por no intentar? Maldito el día en que crecí, ahí se me murieron casi todos los sueños. En aras de la búsqueda del amor, se sacrificaron sueños, se taló la inocencia, el bosque de las creencias se quemó de tajo en un instante cualquiera ¿Cómo estamos seguros de que no somos capaces de resucitar?  A lo mejor eso es lo que sucede cuando nos besamos, ¿no?

Al aterrizar, cuando abren la puerta del avión, millones de partículas miniatura entran volando a conectarse con cada uno de nosotros. A recordarnos quienes somos. A inyectarnos la memoria, a ubicarnos, a gritarnos que el tiempo no paró, a burlarse de que el tiempo incluso pasa mas rápido de lo esperado, que ese es el guiño del mal, entre más le entiendes más rápido morirás, la vida es un juego en el que seguro pierdes, como una competencia en donde quien se acerque a la meta será liquidado. Los juegos del hambre son una mierda comparado con esta vida.

Por otro lado a veces me asalta la idea de quedarme atorado en el tiempo. Me encantaría quedarme atorado en un tiro libre. Ser el tirador en un partido de una Copa del Mundo, con la emoción previa, con el morbo, con la indecisión de tirar por arriba de la barrera o al poste del portero, de centrar o tirar, con los ojos del estadio sobre mi, con el mundo dividido viéndome, unos deseando mi acierto, otros mi fallo. Que en mi pie se definiera la infelicidad de muchos, el éxtasis de otros tantos. No sé por que me es atractivo quedarme detenido en algún momento celebre de la historia. Quizá es el placer de darle la contra al tiempo y no avanzar.

Y si cada beso es un reinvento, ¿si al besar cambio de ser? Algo me mueve y soy alguien más. Y nos andamos moviendo en base a besos. Los besos nos mueven. Vivimos en un tornado de besos.Y si jamás hubiera fallado un penal. ¿Y, si jamás la hubiera conocido?  ¿Y, si mejor nunca la hubiera visto? ¿Y, si portara el diez en mi camisa, en lugar de el tatuaje de mi brazo? ¿Y si no hubiera fallado cuando estuve solo frente al portero? ¿Por qué cruzado? ¿Y si Jesús se hubiera defendido? ¿Y si me hubieran explicado como exactamente nos benefició su muerte?

Me vale madre el lunes, lo que no puedo controlar es el dolor de garganta.  No la extraño. Me gustaría controlarte a ti, maldito tiempo. Estúpido y sensual tiempo. Brincarme las tardes de enfermedad, las noches brillantes, las mañanas con cruda moral. Moverte a mi placer, como la cremallera de mi viejo jeans. Que estuvieras a mi merced. Que la vida no fuera como una gripa. Que las sonrisas no fueran efímeras. Que pudiera decidir a quien besar, en quien convertirme, que el tiro libre fuera gol, y que cada vez que la vea, siempre me sonriera.

Kato Gutiérrez  © 2014
@mrkato

Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

El ruido de los jazmines

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Quería huir del invierno, pero no podía, lo perseguía todo el tiempo. Bruma terca le distorsionaba las sonrisas. Quería perderse en un acelerador de partículas, pero no sabía dónde buscarlo. Deseaba un fetiche que lo distrajera, pero no lo encontraba. Ya no quería participar en el juego de lástimas, quería salir de ese infierno, pero no encontraba la puerta. No quería ser habitante del limbo de las vidas no vividas, pero no recordaba como llegó ahí. Olvidaba que pasara lo que pasara al siguiente día, había tenido el presente. No sabía si vivir el momento o soñar. Sentía que a las calles le faltaba amor, a él también. No quería que le ganara el odio, pero no encontraba más opciones. A donde iba rasgaba el aire con su hedor amargo. Quería que su vida fuera tan bella y simple como un comercial de Apple, pero no podía, no sabía que hacer. Sentía que su cuerpo era de aire. Tenía solo dos ilusiones perezosas. Pasaba recogiendo los restos de su silencio. Siseaba a cuanta idea le llegara. Ya ni punzadas de odio sentía. Años atrás buscó que en parques arbolados el cliché se materializara y encontrara ahí la felicidad, aunque fuera sólo durante cuatro segundos. La indiferencia le ahogaba las pupilas. Alaridos de desencanto le chillaban en sus oídos. Y sonó el despertador.

Un certero manotazo rogando por diez minutos más. Casi siempre las máquinas obedecen. Modorro se cuestionaba cuanto le iban a durar sus males. Quería inventar viajes extraordinarios para encontrar respuestas imposibles. Le daba miedo ver la ventana y sentir los agresivos rayos del sol penetrar su habitación. Todas las mañanas se preguntaba porque las cosas cambiaron. Alguna vez el ansia le invadió, ahora ya ni le inquietaban las causas de su nuevo mundo. Si tan solo hubiera una alma que lo entendiera, una alma que lo sacará de la ruina de su rutina gris. Una alma nueva, brillante, joven. El olor a tocino se le metió hasta los pulmones. Algunos murmullos infantiles que ya se le confundían con ladridos de perros, o maullidos, o lo que fuera. Esa mañana había olor a jazmines, era ese día, ese día del año en que su mujer festejaba su unión, y para él era el día en que más se cuestionaba sus razones, se punzaba el cerebro intentando contestar qué es lo que pensó para que dieciséis años antes le regalara esa palabra de dos letras, le regalara su unión, le regalara todo a su mujer.

Había perdido la cuenta de cuántos de esos años había pasado hundido en el desgano y la indiferencia. No le interesaba saber cuando la apatía le surcó la cara. Tenía una mirada ajena, se la tomó prestada a algún recuerdo gris. Tomó aire para doblar las piernas y con el impulso levantarse de la cama. Hojas pegadas en las paredes con palabras en crayola le recordaban el día que era, mentiras multicolores. Clichés rojos, frases estereotipadas, nada nuevo. Su mujer cantaba en el piso de abajo un rock en español de los ochenta, desearía que mejor cantara el viento. Tenía la tímida esperanza de que el agua helada y las burbujas de champú le revelarán el paraíso perdido. Una mentira que el aroma de la crema para afeitar le regalara. Algo, lo que fuera, que la loción lo confundiera, y lo confusión le ahogara de olvido su realidad.

Bajando la escalera, ya no había murmullos, solo quedaban los jazmines. Sólo se sentía mejor. Nada para él en la estufa. Cuatro platos sucios. Un pan tostado con dos mordidas pequeñas y algo de mermelada de durazno. Buscaba algo que amar, algo que amara tanto que pudiera dejarse matar por eso. Pero nunca había tenido un sentimiento tan poderoso.

Una nota en la barra, esa no era multicolor. Esa tenía tinta negra y caligrafía. Rogelio solo quería un refugio. La nota, a dos pasos. Dudaba si avanzar a leerla. Locomotoras a lo lejos. Contaminación y drenaje colándose por la ventana. Un paso menos. Una nota negro con blanco. Sólo palabras. Dos cajas en la esquina. Por fin, la curiosidad le dio un pinchazo en la nuca y Rogelio caminó el paso que le faltaba. Lentamente tomó la hoja y leyó. No supo que sentir, siempre había sido malo para eso. En el mismo segundo sonrió y se le salió una lagrima:

Feliz dieciséis aniversario, Rogelio. Te dejo. Me fui.

Y el ruido de los jazmines tomó fuerza, era lo único que quedó ahí.

Kato Gutiérrez © Mayo del 2014
@mrkato
Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net