DIJISTE QUE ERAS DE COSTA RICA II

Aún era Madrid. Aún éramos tú y yo.
Ahora en un parque donde el sol se regodeaba en lo imposible de tu cuerpo.
Tú con unos pantalones negros y una blusa sin mangas. Yo no recuerdo nada de mí. Te sentaste con las piernas abiertas. Te meneabas. Juraba que tu pelvis me gritaba, pero tú hablabas de problemas que yo no quería escuchar. 

Tu cabello era irreal, cada hilo amarillo era una provocación, murmuraban gemidos. Tomábamos café. Era una mañana de algún día. Yo sólo quería hablar sobre tus ojos. Intentar hacer magia. Pero no parabas de hablar. Y yo perdido en tus hombros desnudos. Quizá estabas diciendo todo lo que tenías que hacer. No tengo ni una idea de lo que hablabas. Estaba inmóvil ante tu pose. Tú, reina del lugar. Las piernas abiertas gritándome que era un pendejo por no tirarme sobre ti. Y sí lo era. Tus hombros desnudos haciendo coro a la declaración de las piernas. Y yo que no podía ver tu mirada triste porque traías lentes oscuros.

Creo que preguntaste a qué me dedicaba. Tu voz era un hechizo. No entendía nada. Quizá hablabas ruso. Tal vez dijiste que me recordarías por la forma en que te abracé y yo que no podía dejar de pensar en lo que hicimos en el piso del cuarto del hotel.

Con el rumor cercano de los peatones de Madrid que siempre me han sonado familiares recordé cuando te tuve contra la pared y la mancha de sudor que ahí dejaste. Perdido, recordé como gemías. A lo mejor me hablabas de planes. Dijiste que eras de Costa Rica. Dijiste que eras modelo. Y yo no supe qué decir. Yo había olvidado mi mundo.

Pregunté algo y dijiste que no podías responder eso. No hagas preguntas, contestaste. No seas como los demás. Ahí volví un poco a mi mundo, al Madrid que de pronto me olió diferente. A lo lejos se escuchaban gritos y palabras de personas felices. Me propuse nunca más hablar. Pero esas piernas abiertas escondidas en tela negra ahí seguían, las abrías y cerrabas con un meneo desafiante.

Decías que en Costa Rica había ríos y tirolesas enormes, y yo no podía dejar de recordar el surco de tu espalda baja, y cómo mi mano se había acomodado ahí la noche previa.

Me dijiste que no hablará de futuro, pero yo quería hablar de lo pasado, de cómo te había creado sonrisas con mis manos. De cómo nos habíamos despertado en la madrugada sólo para ver nuestros cuerpos llenos de salitre. Para hablar de lo que hicimos en el piso. De nuestras rodillas talladas. Para ver la luna en silencio.

De pronto dijiste que te irías, que regresarías a Costa Rica y en ese momento me cayó una tormenta de mierda de todos los putos pájaros y cuervos de Madrid. Pensé que nunca iba a poder olvidar tu nombre. Escupí el café. Quería dos mil tragos. Y tú sonreías tranquila. Fluías mientras yo estaba atorado en ti, en esa mierda de aves, en ese Madrid que hedía putrefacto con tus palabras que me habían explotado en mi cara.

Tuve el valor de preguntarte ¿después qué?, suspiraste y meneaste la cabeza, yo recordé como moviste tu lengua la noche previa. Y pensé que todo era una putada. Iba a buscar a cuantos kilómetros estaba Costa Rica, pero sonreíste y dijiste que no hiciera eso mientras pusiste tu boca en mi oreja y tus uñas en mi nuca. ¿Después qué?, repetiste, mientras exhalabas un aliento cargado de millones de gardenias que restregabas en mis ojos tímidos. Te veías indestructible mientras yo me derrumbaba. Me llegó la idea de hablarte de usted, pero por suerte no lo hice. Imponías. Nunca hay después, dijiste. Millones de putos cuervos madrileños se burlaban desde todos los árboles del parque. Y yo que moría por chupar tus hombros.

Prometimos no hacer el momento más trágico, pero obvio mentí. Mencionaste que no era necesario tanto drama, que éramos adultos. Envidié tu simplicidad. Me distraje captando que a partir de ese momento vería tu rostro en el de todas las mujeres. Tu fantasma me seguiría en cada cama. En cada rosa. En cada sonrisa.

Pusiste tu mano en mi pecho mientras decías algo que para variar no entendí. Ya era de noche. Millones de luces parpadeaban. Todo se movía. Palmeaste varias veces mi corazón. Anda, ve, dijiste con aplomo mientras lloraba como un chaval.

Me fui deambulando. Jalando aire y mocos. Caminé como borracho durante toda la noche. Madrid vacío. Parecía otra ciudad a la de aquella noche en que nos conocimos en un bar. El silencio apestaba a promesas fallidas. Dos luciérnagas pasaron cagadas de risa.

Ahora vivo de una forma extraña. Abrumado por sonido del dolor. Recuerdo cómo movías tus piernas escondidas en esos pantalones negros. Sólo pienso en ti.

Kato Gutiérrez, © 2021

DIJISTE QUE ERAS DE COSTA RICA

Fue en un bar de Madrid. Dijiste que eras de Costa Rica. 
Dos cervezas en la barra. Tu cabello me encandilaba. Lo imaginé empapado. 
Me quede callado y pensé una larga historia en la que con los ojos nos entendíamos.
Mojé mi boca con cerveza, fantaseé que era tu sudor.
Sentía conocer esa sonrisa. Me dio miedo que fuera un sueño.
Dijiste que eras modelo mientras sonaba una canción de Andrés Suárez.
Vi como acordes en tus ojos. Quise acercarme, pero sólo pude moverme unos centímetros.
Olías como a una canción. 

Estaba en Madrid, en un bar con una modelo de Costa Rica.
Dijiste algo arrastrando lento y suave las erres y mis rodillas suspiraron, además, no entendí nada. Estaba distraído calculando cuanto tendríamos que caminar para llegar a mi hotel. Contaba las sílabas que tenía que juntar para invitarte. Pero no lograba salir del hechizo de tu boca amplia y de esos dientes tan blancos, tan improbables. Me escaseaba la audacia.

Se me ocurrió pintarme mi cuerpo por ti. Claro que me rayaría tu nombre en mi antebrazo. Era Madrid. Eras tú. En la segunda cerveza dijiste que preferías la música de Ismael Serrano. Yo intenté acordarme del nombre de algún trovador mexicano, sobre todo el que en una canción dice algo de unos brazos de sol, pero tu jeans rojo y tu simple tshirt blanca eran imponentes. Pensé decir que te inventaría una vocal. Consideré ponerme de rodillas y murmurar algo como si fueras una virgen, pero nunca he sido bueno para la poesía.

Supuse que alguien te extrañaba, pero decías tener un clóset grande, blanco, con pisos de madera, lleno de focos y espejos. Cientos de zapatos, eras modelo. Pensé en los miles de hombres que han muerto por ti. 

Preguntaste por mi hotel y lloré. Miré a las esquinas del techo buscando cámaras. Alguien cómo tú y alguien como yo. Aseguraste que ya me habías visto en otra vida. Entonces dudé más. Decías que te gustaba mi olor. La cerveza hacía brillar más tus labios rosas y delgados. Cuando hablabas yo escuchaba canciones. Y movías la cabeza para echar tus largos cabellos atrás de tus hombros. Y yo queriendo ser tu espalda. Y yo con la quijada dura y los cachetes calientes.

Tenía sed. Ha de ser la suerte que deshidrata. Pensé que era más probable que entraran Sabina y Milanés a que tú estuvieras ahí conmigo. Tan alta. Tan bella. Tan flaca. Pensé en decirte perfecta después de la quinta cerveza, pero me dio medio equivocarme, tartamudear y acabar diciéndote pendeja. He perdido tanto por hablar, entonces busqué los silencios. Escuché cantos de delfines mientras imaginé chuparte tu oreja.

Pediste la cuenta cuando ponías tu mano tibia sobre la mía. El barman tampoco lo creía. Me mató con sus ojos españoles. Nadie podía creerlo. Dudé cómo sonaría si te decía nena, mientras te regresaban tu American Express. Dijiste que te encantaba mi plática y yo no sabía lo que estaba sucediendo.

Tus cabellos amarillos sobre las sábanas blancas parecían una obra de arte. En mi mente había música. Vi botellas de Champaña, y unos cigarros light. Trataba de salir de mí para vernos de lejos, mirar esa imagen tan irreal y grabarla en mi memoria. Alguien cómo tú en mi cama. Era tan injusto que tuvieras pecas en tu pecho. Y unas pestañas tan curvas y tan grandes. Y una sonrisa tan ingenua. Y tú tan exacta. Tan precisa. Tan perfecta. Creo que vi un tatuaje minúsculo. Y por algún motivo decías, entre risas, que yo hacía todo bien. Yo no recordaba mis palabras, ni el color de tus ojos. Sólo tenía tanta fe. Trataba de seguir haciendo lo mismo, sin saber lo que era. Esa cuenca arriba de tu boca. Tu pelvis simétrica. Ese tímido lunar en una de tus mejillas.Tus piernas tan largas. Decías que eras modelo. Intentaste contar cuantas fotos te habían tomado mientras reíamos como jóvenes. Levantamos las piernas al techo. Nos embarramos los cuerpos. Jugamos a ser otros. Tiramos las sábanas al piso. Sentí que eras un bosque cuando salió el sol y estabas sobre mí. 

Dijiste que eras de Costa Rica. Dijiste que eras modelo.

Kato Gutiérrez, © 2021

Te quiero cuando estoy borracho

Ey, hablemos, pero pedos. Por si la cagamos que no valga.

Aprovéchate, venga, ya sabes que tu clavícula me jode. Dale. Exponla. Descubre tu hombro mientras avientas excusas, historias y reclamos. Venga, soy todo oídos, pedo.

Toquémonos, pero borrachos. Así no habrá nada que explicar. Ni planes. Ni recuerdos. Sólo este desgraciado escurridizo presente de mierda. Anda, anímate, pon tu mano en mis labios y chúpame las pestañas.

Metámonos placer. Dicen que para eso es la vida. Dicen, digo, dijeron. Es que yo pensé. Es que tú dijiste. Es que si hubieras. Y entonces aquí aparece el silencio de los borrachos…Shhh…Shhh… Ese que puede durar lo que sea, lo que quiera, depende del amorío del alcohol y mis venas. Ahí mero soy feliz. En un mundo color ambar que se mueve despacio. Con el control del volumen en mi mano derecha. Con un botón de mute enorme.

Pensémonos, venga, pero ebrios. Por si decimos algo que mañana queramos olvidar no tengamos que hacer nada. Pronunciemos lo que nos quema los dientes. Dejémonos de pendejadas y saquemos nuestras lenguas. Lo de más que se quede en duda.

Anda, toma tu cerveza favorita, una, dos, tres, cuatro, y piensa en mí en cada trago, despacio mientras sientes el ardor de la malta en tu paladar. Piénsame como quieras y di algo, porque el silencio se te está escapando por los ojos. Además sería justo, sería como nivelar.  Mis paredes se agrietan extrañando tu voz. La regadera recita tu apodo. El agua del fregadero canta tu nombre. El aire sabe a ti. Las sábanas huyen hacia tu lado de la cama. Piénsame mucho, para estar iguales.

Escribámonos, pero pedos. Súper pedos. Para no tener que saludarnos, ni explicar nada. Para decir cualquier vulgaridad. Para ir directo a la poesía, o a la cumbre de tus pómulos. O al silencio que llega después de sexo. Hagamos algo que tanto tiempo mudos es un desperdicio de hormonas y de rimas. Es una estupidez que las caderas tan frías no entienden. Escribamos aunque sea una letra, una que empiece todo.

Kato Gutiérrez, © 2021

FUCK FRIENDS

Siempre se improvisa. Siempre se acaba el tiempo y el silencio regresa antes de lo planeado.

Quedan recuerdos de miradas gritonas. No se pide nada. Ni se elige el menú, ni la música que uno de los dos se anime a bailar durante el primer trago. Todo es random. Todo es shuffle. Aceptas lo que hay, te dejas llevar. 

Improvisas. Le cambias los ritmos y nombres a los días. Hay muertes instantáneas en las despedidas. El único salvavidas es el recuerdo de esa mirada lasciva que sólo existe antes del primer beso de cada sesión. La casa se convierte en un museo de porcelana coreana. Ella busca sombras que se hayan quedado pegadas en las paredes. Olfatea las sábanas para recrear momentos. Él huele sus manos, se talla la cara mientras cuenta los pasos entre cada arbotante de luz. Exhala desesperado al ver que el cielo volvió a mentir esa noche. No hay estrellas, sólo bruma. Lo único que les queda es la esperanza escondida en el calendario.

Esperan, esperan y esperan. Los días parecen océanos sin olas. El alcohol ya no arrima el alma a la piel. Están desalmados. Se encuentran más vacíos que horas antes. Más locos.

Alejados sólo se escuchan algunas chicharras. Todo es sábanas blancas, secas y planchadas. Todo huele a limpio y a silencio. Todo pasa lento. Hasta la sopa en el microondas tarda horas en calentarse.

Cuando no están juntos viven de recuerdos. Del eco de ese pujido nuevo que se provocaron. Preparan diálogos, planes, posiciones, pero al verse, las manos se descontrolan. El brillo de sus ojos quema. No hay nada que decir, no les queda nada más que abalanzarse sobre el otro y chuparse la piel, lamberse los músculos del cuello, acariciarse las cejas. Respiran con prisa porque saben que hay un final, porque hay peligro. Y entonces siempre hay soles. Eructan luces de bengala. Salen plantas del techo. Hay valor para poner los cuerpos en posiciones que jamás habían imaginado. Se tragan vocales al pujar. Sólo les queda embarrarse de sudor, de libertad. No les queda más que darse esos cuerpos hasta quedar ciegos.

No es cuestión de libertad, es cosa de adicción. Es cosa de no preguntar ni reclamar, ellos no están para eso.

Kato Gutiérrez, © 2021

El amor no existe

El amor no existe. Hemos sido engañados. 
No puede haber un elemento tan poderoso.
Sería imposible aceptar que una mirada lance avalanchas de luz.
Irreal que se te meta a los pulmones y te robe alientos.
Absurdo que pueda causar placer y dolor a la vez.
No es real volar. No es real sentirse omnipotente.
No es real pensar tanto en un roce, ni recordar un aroma por años.
Utópico tener incrustado en el tímpano los timbres de una voz por décadas.
Impensable escuchar poesía en los cantos de cientos de cuervos viejos.

Ni que existieran labios que te inyecten anfetaminas. Ni cejas que hipnoticen.
No, te digo que el amor no existe.
Hemos sido embrujados.
Ni que causara amnesia selectiva.
Ni que achicara los kilómetros.
Ni que apareciera rostros en las nubes.

Sería inexplicable que provocara calambres en el coxis y que te metiera delfines a las venas.
Tan irreal como pensar que hay caderas que al moverse componen música con chelos y violines y pianos desenfrenados.
No es que provoque súplicas a dioses para no olvidar una pelvis arremetiendo duro.
No, no es posible que cosas tan simples como una palabra desaparezca la oscuridad y derrumbe un poco el cielo. 
Ni que hubiera gemidos que recuerde todas las noches.
Ni que me hiciera ver soles en medio de las tormentas.
Ni que pudiera causar adicción.
Ni que estuviera loco. 
No, el amor no existe.

Kato Gutiérrez, 2021 ®

El maldito amor

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Dicen que ni cuando más odiamos dejamos de amar. Con razón no te puedo olvidar. Me robaste la paz. Lamento no haberte abrazado más. Y ahora tengo que aguantar sin ti este invierno, cuando la gente es más patética. Fingen más, mienten más, pretenden ser felices. No le confío mucho al invierno.

Dicen que hay gente que se sube a los aviones sólo para no tener conexión a Internet. Otros trabajan para no estar en casa, o duermen para no sentir. Hay quien se baña a oscuras para no verse. Quien corre para llegar, otros para huir. Gritan para ser escuchados, otros para oír. Comen por dolor deseando morir de hambre. Buscan estáticos con los ojos cerrados deseando que el viento les traiga la fortuna, el gozo, el amor. El delgado y sensible amor. Besan para sentir. Dicen tonterías como: Lucharé por el amor. No hay frase más aberrante. Por el amor no se pelea. Pretenden ser merecedores fingiendo sonrisas, actuando poses, recitando versos de memoria.

¿Qué mas paz que el impacto de tus labios? ¿Qué más armonía que el choque de nuestras miradas? ¿Qué más quietud que mi mano en tu cadera? ¿Qué más euforia que mi boca en tu clavícula? ¿Qué más paz que el amor? ¿Qué peor revolución que quererte? ¿Qué peor frenesí que desearte? ¿Qué peor terremoto que tu abrazo? ¿Qué más terco que el amor?

¿Qué más amor que dos cuerpos colapsándose? ¿Qué más bipolar, equivocado y acertado que el amor? Llega tarde, llega a tiempo, no llega. Lo buscan, lo esperan. Le lloran, le gritan, le sonríen, le agradecen, le reclaman. Es sentido, es callado, tímido. Nunca habla, aunque se sienten sus gritos. Pocas veces certero, no es razonable, ni permite hacer juicios. Nunca hay explicaciones ni motivos. La razón lo odia.

El amor es pacífico a pesar de que te golpea. Es educado a pesar de que nunca pregunta cuando puede llegar ni respeta leyes humanas. Aturde y da paz a la vez. En el mismo instante arde y cura. Dulce y agrio. Es como un super héroe, está en todos lados. Creador de poetas. Provoca incompetencia al hablar. A varios ha dejado mudos. Como mal doctor, ha dejado enfermos a muchos, locos a miles. Se desconoce sus fronteras. Es como un mago, como un creador de enigmas, de misterios, de realidades. Nubla. Quita el hambre. Saca el sol. Aturde. No se sabe como ni cuando termina. Se desconoce dónde nace, y dónde está. Todos lo quieren aunque no lo reconozcan. Hay quienes escriben para atraerlo, pero el amor es vanidoso. Va o llega o viene sólo cuando quiere. Nunca nadie lo ha controlado. Es el toro más bravo, el oso más loco, el colibrí más veloz, la cebra más bipolar.

Lo buscan creando música, cantando, bailando, tocándose, recitando, besando, actuando, mintiendo, cogiendo. ¿Qué más poder que el de tus ojos? Causa insomnio. Arde dulcemente. Se diluye. Explota. Se multiplica. Ataca. Espera. Se escurre. Nunca se puede fingir. No sirven las explicaciones. Es como un giro eterno. Tornado de amor. Torbellino eterno e instantáneo. Ladrón de cerebros. No hay escapatoria. Es dar y recibir. Es energético y anestésico. Es el frío y el calor.

Es tan raro como gozar de dolor y sufrir de placer. Es tan raro como una flor en la cumbre o un diamante en el espacio. No es una competencia. No se vende. Se reinventa en cada caricia. No limita ni encierra. El amor libera, provoca. Mueve montañas. Tan loco, tan raro. Tan popular y tan solitario. Tan famoso y tan callado. Causa llantos y sonrisas. Hace llover. Crea soles y lunas. Es un dios. Dice palabras precisas. Acerca el cielo y amplía el sol. Genera millones de estrellas. Revuelve estómagos. Disturba juicios, aturde razones. Como tú. Como tus ojos. Como tu cadera. ¿Eres tú el amor? ¡Anímate! ¡Acércate! O al menos no te muevas. Ahí voy. No me dejes de ver. ¿Eres tú el amor? Déjame tocarte, ahógame. Déjame escribirte, gritarte, tenerte. No puedo sin tus abrazos que traen lava, sin tus soles ni tus lunas. Sin tus guirnaldas de estrellas. El amor no debe mentir, mejor que calle, que no conteste, que no explique nada con tal de que pueda embarrar mi boca en la tuya, todo lo demás no importa. No importa no entender nada. Con tenerte tengo todo. Todo el poder en tu caricia. Todo el tiempo. Toda la eternidad merece si te toco.

Kato Gutiérrez © 2015
FB: Kato Gtz
@mrkato

 

Foto cortesía de: http://www.freedigitalphoto.net

Parque temático

 

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Estás en un McDonald´s de Florida sobreviviendo al olor a grasa y las mesas pegosteosas. Papeles de popotes tirados en el piso. Recipientes de cartón con salsa Catsup, la cual tiene más de cuarenta y ocho ingredientes ni uno de ellos natural. Una televisión cuelga de una esquina, para estar acorde a lo decadente del lugar tiene que estar un noticiero local escupiendo nota roja mucho más rápido de lo que cualquier cerebro promedio puede procesar. Te dan ganas de salir corriendo y perderte en el primer bosque que encuentres, o hundirte en el primer pantano con la esperanza de sentir una mordida pronto en alguna extremidad. Al menos eso sería real. Al menos te haría sentir algo diferente. En la televisión un gordo enorme al menos  talla 5XL, protesta por el maltrato a los animales, se le inflama más el cuello cuando grita con coraje a pesar de tener un micrófono frente a su boca. Grita y grita, pide respeto a sus gatos, las mejillas rojas. Grita, y reclama. ¿Que habrá cenado? ¿Habrá desayunado en este McDonald´s? ¿Será vegano? Bloquean la avenida, la reportera esta excitada mencionando que es el primer bloqueo en la historia de Florida. Ha de haber un chilango en el grupo dándoles todo el insight. Te arrepientes de haber pedido café.

Un hombre se mete en la fila del baño para orinar. Se le adelantó a tres niños. Sale sin lavarse las manos, se encuentra afuera con su maravillosa familia a quien abraza afectuosamente.

En los estacionamientos de los parques temáticos abuelos son los que acomodan los autos con un orden y precisión absoluta. Usan un chaleco amarillo fosforescente, traen colgado en su cintura una botella con agua, la cual les dura fresca solamente treinta minutos. Pobres abuelos, ellos habían soñado terminar en Florida jugando golf, y acabaron de viene viene del primer mundo. Benditos abuelos, todos los días en el sol, haciendo algo por lo que les pagan. Uno que otro loco hasta lo disfruta, hasta se preocupa por los consumidores, hasta es amable, hasta da información interesante del parque, hasta sonríe, hasta habla español.

Filas, filas cagantes. ¿Cómo no te caga hacer lo mismo que la mayoría? Gente brotando de cualquier pozo de cualquier esquina. Decadencia colectiva. El mundo a los cuarenta años es tan real y frío. Es tan mamón que destroza toda la fantasía de los recuerdos de los años maravillosos.

Tumultos, filas, masas, calor. ¿Cuánto por un VIP? Te vale madre. Ni humor para desear. Ni humor para buscar piernas o bustos. Un souvenir que te recuerde ¿qué? Fastpass al alma.

No mames, no sueltan el celular. Dedos duros y amaestrados, les controlan todo su ser. Donde están siempre es menos importante que lo que hay en la puta pantalla de cristal.

Aguanta, no tomes, toma. Convence, convéncete que el desfile de la noche los hará mejor personas. Unos foquitos que evocarán otra década, que rascará en tu memoria, que jalara una o dos sonrisitas. Una música chantajista, que está en algún rincón de ti, de esos pocos rincones reales y felices. Unos fuegos artificiales que te levanten el ánimo y la cara. Que las explosiones multicolores te recuerden a ti cuando no negociabas las sonrisas. Un castillo de tablaroca. Un castillo vacío. Un castillo mágico, como tú.

Una, dos, tres botargas. Un mitad perro, mitad vaca, o mitad humano. Una foto con él, para que le encuentres similitudes o diferencias contigo, mitad tu, mitad nada.

Dicen que ese es Kevin Costner y aquel Harrison Ford. Si yo fuera ellos, no estaría aquí.

Toca, toca, corre, tómate un litro de azúcar negra. Compra lo que sea, las orejas, los bloqueadores, los diarios, lo que sea, compra, come, corre. Gasta, no pienses. Que la fantasía del potente aire acondicionado  y la música de fondo te cambie tu gris realidad llena de rutinas y de mierda. Que una botarga te toque, que un cohete te ilumine. Que una cerveza te haga olvidar, soñar o sentir. Apocalipsis total. Que vuelen las palomas, que defequen en tus hombros, sobre tus ojos, que la mierda te ciegue, y que en la oscuridad encuentres todo lo que has olvidado, o perdido.

Que un orgasmo mañanero te anestesie para soportar el día. Que la lluvia diaria, cada vez más ácida queme tu poncho de veinte dólares, hecho en China por veinte centavos. Que te queme la piel, que te ahogue el ansia por no sentir, por no recordar lo que te hacía feliz o lo que te engañó hace años.

Ahora ves precios, riesgos, tiempos de espera, los avisos de posibles riesgos, las redes de seguridad, las veces en que el cantante no canta. Que te tropieces con una botella, que caigas de boca sobre algún barandal de acero pintado de rojo, que se te rompan los dientes, que no haya super héroe que pueda salvarte. Que Trump siga diciendo estupideces, que por fin algo nos una en realidad.

Que lo colectivo te arda. Que soportes cualquier tipo de café con tal de que te permita aguantar el día. Que el Starbucks te deje en paz. Que lo que necesites sea sólo agua. Que cada instante nazcas poco a poco. Que tus exhalaciones sean marginales. Que el vuelo salga a tiempo. Que el vuelo no se retrase más de noventa minutos. Que el piloto no se haya desvelado. Que la aeromoza haya sido infiel, que los moretones que trae ojalá fueran de maquillaje. Que tus poderes nunca mueran. Que nunca entiendas lo difícil que es sonreír solo. Que sonrías sin alcohol, sin sed, que sonrías en un lunes lluvioso.

Que nunca dejes de extrañarla. Que te duela cada exhalación. Que su aroma te ahogue. Que su recuerdo sea tu fantasma particular. Que un super héroe te ignore y quedes atorado en telarañas. Que sin ella solo puedas sobrevivir el día con cuatro Rivotriles encima.

Que un desconocido te detenga y te quiera abrazar, besar y tocar. Que todo sea diferente. Que los hubieras te maten, mejor que solo te acosen y no te abandonen jamás. Que una carta te atormente. Que una llamada en la madrugada te despierte y que nunca jamás puedas volver a dormir. Que un piano retumbe en plena madrugada, y siga así todas tus madrugadas.

Que el piloto no haya tomado.

Que el de la botarga esté sonriendo abajo de la máscara.

Que puedas desearla, que sea lo único que puedas hacer.

Que los popotes fueran de cartón y los palillos de oro.

Que siempre hubiera música de fondo.

Que encuentres unos ojos que no mientan, unos que lo único que busquen sean los tuyos.

Que una vieja carta te atormente. Que una foto que hubiera cambiado tu vida aparezca treinta años después. Que puedas volver al futuro. Que allá la puedas volver a tocar y hacerla gemir. Que se vuelvan a encontrar. Que grites a plena luz del día. Que un juego de mesa te haga parecer que tu vida es interesante. Que detestes los bufetes. Que no te falten vinos. Que un carbón te ahume. Que sientas el dolor de un beso interrumpido. Que te pierdas en una línea blanca. Que aparezcas sentado en el centro de una oscura pista de hielo. Que el silencio de un estadio vacío te aturda. Que agaches la mirada. Que el sol te queme. Que no te duela nada.

Kato Gutiérrez © 2015
@mrkato

 

Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

Todo incluido


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Una pareja de mujeres se acercó a mi camastro. Estaban a unos diez metros de mi, pero ellas no me vieron. Se abrazaron. Se peinaron. Sacaron un celular. De seguro son extranjeras, apostaría a que inglesas. En estas playas del Caribe la minoría somos mexicanos. Ni un gramo de maquillaje. Una con pants holgados, la otra con un shorts de mezclilla muy usada y una camisa vaquera pegada a su torso, ésta con cabello corto, la otra con cabello largo suelto.

Posan con el mar a sus espaldas. Una extiende el brazo, y con el celular se toman una foto. Por fin sonríen mientras ven el resultado. Se toman de la cadera y mandan la foto a su mundo o a todo el mundo, su recuerdo, su prueba, su foto. Los últimos gramos de timidez desaparecen con la primera fotografía. Ahora con las palmeras de fondo. Ahora con el hotel de fondo. Estoy seguro de que en una de esas fotos voy a salir yo acostado en mi camastro. Sonreían más cuando veían la fotografía que cuando se la tomaban.

Extrañaban orgasmos y deseaban tocarse en público. No por cumplir la fantasía, sino más por rebeldía. ¿Qué sería de ellas en este preciso instante sin redes sociales? ¿Cómo quiera se tomarían de la mano? ¿Cómo quiera se tomarían la fotografía?

Una de ellas usa lentes para ver de cerca. Quizá es una madre con su hija. Es difícil determinarles una edad.

El mar canta al fondo. El sol huye vencido una vez más. Un pelícano vuela bajo y lento buscando un pez despistado. A lo lejos una voz eléctrica anuncia un matrimonio, les dice que ya se pueden besar. Algunos aplausos insípidos. No sabía que en México un juez te podía casar hablando inglés. Suena Marry Me de Train.

La pareja de mujeres sigue tomando fotos, buscan el mejor ángulo. Después del click relajan la mandíbula. Atrás de ellas, pasa un grupo de empleados del Resort. Son locales, su físico es característico. Uno de ellos trae el ojo morado por las patadas que esa mañana su padre borracho le dio. Las mujeres siguen viendo el celular. En el mar un crucero les llama la atención. Ah, no. Ni siquiera lo ven. Se toman otra foto, no es que estén viendo el mar. Solo ven a su celular. No es acerca de lo que pasa frente a ellas; es solo acerca de ellas y su aparato. Como muchos ahora.

Se fue el crucero antes que ellas. El empleado del ojo morado vuelve a pasar. Les dice hola de una forma lenta y cantada para que cualquier nacionalidad le entienda. El empleado recogía toallas hace una hora. Hace dos horas era el organizador de un juego de fútbol en la arena. Hace tres era el instructor de aqua aerobics en la alberca principal. Hace doce su padre le hundía la cara a patadas llenas de odio.

Una urraca picotea un plato con sobras de totopos y guacamole. Dos gaviotas le reclaman.

Otro crucero a lo lejos hace fila en el horizonte. La pareja de mujeres hace fila en la barra del bar, construido sobre una plataforma de concreto a la que después le agregaron toneladas de arena. Ni el bar, ni la playa, ni la arena son reales. Es un engaño más. Como todos. Lo más real aquí es el arrecife que está a unos quinientos metros mar adentro.

Del este, me llega olor a petróleo. Otros empleados inician una fogata. Se reúne un grupo de personas. Velos, flores y bendiciones. Hablan lenguas extranjeras. Les cobraron en dólares por esos metros de arena frente al mar. Por esos minutos de ilusión.

Dicen que todo está incluido, lo cuál me quita el hambre y la sed. Siento como si gritara cuando lo que quiero es estar callado. Siento que tengo que comer, cuando lo que quiero es tomar. Las cervezas las toman calientes. Quizá el hielo no está incluido.

No quiero tocar mi celular, pero en la alberca que está atrás de mi, se escuchan chacualeos sospechosos. Gritan. Música, Hip Hop con alto volumen. Se escuchan otros idiomas.

La pareja de mujeres pidió unas margaritas y apoyan sus codos en un barandal, ven hacia el mar.

No me muevo de aquí hasta que uno de los cruceros que está pasando encienda sus luces.

Ellas en su hogar hubieran cenado hace dos horas, y vestirían ropa aún más vieja y más fachosa. Una sudadera azul. Ni siquiera una liga en su cabello. Simulan buscar respuestas en el cielo, pero no dejan de tocar su celular.

Del otro lado otra boda. Sesión de fotos. A mi nadie me ve. Que se callen todos. Que grite el mar. Unos empiezan hoy. A otros los años se les amontonan. Otros festejan divorcios. A todos les rentan los metros de arena con que traigan dólares. Algún juez les dirá en su lengua lo que ellos quieran pagar. Lo que se unió en esta playa falsa, ¿valdrá en todos lados? Como si un europeo contratara una prostituta en este continente y no le afectará ni la mirada cuando vea de nuevo a su esposa en Praga.

¿Qué más arriesgado que amar? ¿Será de humanos firmar papeles para poder amar? Se ensañan con las mismas canciones. You are the Best Thing de Ray Lamontagne, igual que las dos bodas de ayer. El alcohol se ensaña con la cordura. La oscuridad no ha podido con algunas velas sobre estacas enterradas en la arena. A lo lejos una rubia me roba una mirada, pero se dirige al bar. Por fin alguien me ve. Un crucero acaba de prender sus luces. Yo no me quiero mover.

La parafernalia del amor. Jueces que reparten papeles. Fotógrafos que toman fotos instantáneas. Floristas que acomodan flores artificiales. Novios que juran amor eterno. Bebidas alcohólicas en vasos de plástico. Fogatas con tubería de gas.

A mi izquierda una empleada del Resort acomoda camastros. Tiene que estar todo idéntico a como estuvo hoy por la mañana. Que la película y la ilusión se repita idéntica. Ella canta en otro idioma, alguna lengua local. Se ve feliz. Canta Feliz. ¿Y la luna? ¿Y las estrellas? ¿Cómo se llamará? Canta como el mar. Prenden unas velas eléctricas del lado del muelle. Nada tan real como ella y su canto. Nada tan triste como perderse en una cámara.

La pareja de mujeres viene caminando de regreso por la arena. Ni siquiera se percatan del término de la segunda boda. Sólo ven el brillo de su pantalla, el cuál espanta a los pocos cangrejos que decidieron intentar vivir en esta playa con fondo de concreto. Se encandilan su vida.

Se oye el canto hermoso de una sirena. Por fin huele a algas, a mar. Aunque sea por segundos, hasta que llega una corriente de olor a aceite quemado.

En la alberca de atrás seguían con sus ruidos. Les grito para que callen, y en ese instante me parecí a ellos. La pareja de mujeres me vio y se besaron. La güera que regresaba del bar, me vio y se fue. Voltee al cielo y no pude ver las estrellas.

Kato Gutiérrez   © 2015