Maldito enero

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Maldito enero.
Maldito invierno asoleado.Consternación falsa. Especialistas surgen por todos lados.
Lo peor es que pronto olvidaremos todo. La rutina anestesia.
Gracias al viento, que parecía de marzo o de Texas, por llevarse algo de la basura. Al menos volvieron las montañas.

Kato Gutiérrez © 2017
FB: Kato Gtz.
Instagram/Spotify: katogtz
@mrkato

Foto cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

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Lorena y el aeropuerto.

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Solo los separaba la puerta de cristal de la zona de seguridad del aeropuerto. Ella se alejaba de ellos, ellos estáticos la veían partir. Lorena no tendría más de trece años, tenía el rededor de sus ojos rasposo de tanto llanto, arrastraba los pies al caminar, como no queriéndose ir. Los padres estaban estáticos con la esperanza de verla girar y que regresara corriendo hacia ellos. La angustia y la tristeza habían jorobado a la joven madre. No era la primera vez que se separaban, pero eso no facilitaba el proceso. El dolor traspasaba el vidrio de las puertas de seguridad. Solo le quedaban unos pasos antes de tomar la escalera eléctrica que la desaparecería de la vista de sus angustiados padres. La madre tenía años de no maquillarse, muy apenas se amarraba un chongo, los pendientes del diario vivir la carcomían, le habían mellado el espíritu. Quedarse de nuevo sin su Lorena era entrar una vez más al paraíso de las tinieblas. Ahí se perdía la madre, no sabía de ella ni de nadie. Como si fuera su única hija, pasaba todo el día al lado del teléfono, frente a la computadora, algo que le diera noticias de su hija que se había ido al norte. El padre, respiraba con dificultad, con su labio inferior se chupaba su bigote, crecía su pecho para tratar de aspirar más aire, pero el dolor se había robado todo el oxígeno del aeropuerto. Esas puertas eran expertas en ver despedidas, ver dolores, porque cuando uno se va, siempre algo de nosotros se queda. La madre no tenía el valor de ver el cuerpo de su hija, tímidamente le veía solo los zapatos, no soportaba verle sus piernitas largas y delgadas avanzar hacia lo desconocido, sola. No soportaba ver el backpack de un oso de peluche color rosa, lleno de ilusiones y de miedos, era la misma mochila desde que tenía seis años, era como su cobija para conciliar el sueño, sin esa mochila, Lorena no podía dar dos pasos. La abuela pretendía ser la más fuerte, en teoría por años de experiencia, o en realidad por la falta de interés en su nieta. Simulaba ser la abuela que todos esperaban en ese momento, la verdad es que ya se quería ir del aeropuerto, porque a las diez de la mañana tenía un desayuno con sus amigas de la costura, donde por cierto no cosían, ni tejían, ni nada, simplemente comían, bebían café y algunas ron, y criticaban a cuantos el tiempo les permitía. La abuela determinó que lo que le tocaba hacer, era levantar la mano y mandarle una bendición; y pues eso fue lo que hizo. Levantó la mano y la falta de costumbre le hizo dar la señal de la cruz en el sentido contrario, le dio pena que alguien viera su error y bajo su gordo y flácido brazo antes de terminar la famosa bendición.

Lorena lloraba con dolor. La madre le embarró una mirada de reclamo al padre, desde el día que decidieron mandar a Lorena al extranjero esa mirada de reclamo era el desayuno de todos los días para el señor Eduardo. Se parecía a la mirada con que le respondía su mujer cuando el quería tener sexo. Ella casi ya no le hablaba, ni a él, ni a nadie. Solo le repartía miradas; miradas débiles, vagas, ni siquiera con la fuerza del odio. La depresión hasta el odio le había desaparecido.

Dos años antes Lorena había llegado con las calificaciones y una nota de la directora de la secundaria: Era la mejor alumna en la historia de la escuela. No había cometido ningún error en ningún examen, en ninguna tarea. Todo lo que hiciera era perfecto. Además, en el examen nacional había sacado la mejor calificación del país; se confirmaba lo que presentían, Lorena era un genio. Unas juntas con la escuela, y algún comentario antiguo de la niña causaron que rápidamente los padres decidieran mandar a la niña a Estados Unidos, a una escuela para genios, una escuela que la mereciera. Y sin mucha planeación, la mandaron. Era lo mejor para ellos concluyeron los adultos. Y la niña solo obedeció.

La encargada de seguridad les avisó que tenían que dar dos pasos hacia atrás. El vidrio de la puerta se burlaba del dolor de los padres. Lorena tenía la nariz roja, como reno, de tanto llorar. Ya no podía tocarla del dolor que sentía. No entendía nada, y sin embargo, ahí iba de nuevo a ese viaje que dicen que ella algún día pidió, de esas cosas de niño que uno pide a lo pendejo.

Una última vez se cruzaron las miradas de la madre y la hija, mientras el pequeño cuerpo era descendido lentamente por la escalera eléctrica, el olor a aeropuerto de tercer mundo invadía la nariz grande de la abuela que estaba harta de tanto drama y el padre solo pensaba en salir del aeropuerto con la esperanza de que todo fuera un sueño. Tras unos segundos el cuerpo de Lorena desapareció de la vista, y quedaron solos en la oscuridad.

Kato Gutiérrez  © 2014
@mrkato

Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net