El creyente

He pensado en brincar. 

En el pasado que no se va y el futuro que nunca llegó. 

He soñado con el vacío que se sentirán los viejos de ochenta al amanecer solos. A lo mejor a esa edad no les importa morir sin nadie alrededor.

Nunca había llegado a la azotea de un edificio. El vacío chupa, como nunca pude hacerlo contigo. 

Sabía los lugares donde te tomabas fotos, el lado de tu cara que te gustaba más, tu pose, el orgullo por la forma de tu quijada. Tus quejas, sueños, miedos, sobre todo tu falta de valor que es igual a la mía, a la de todos, porque todos somos igual de jotos cuando se trata de valentía. Y a los valientes para morir les dicen cobardes por querer brincar. No entiendo una chingada. No sé que significa el éxito, o el valor del dinero, o la depreciación del amor, o un puñetas con boletos para la final del Mundial y guaruras afuera de un restaurante. 

Ese dilema que ataca entre el hambre y las ganas de coger. Entre el poder, o ser invisible para todos. Entre un ataque de pánico y un soplo de viento tibio para aguantar el madrazo diario del calendario consumiéndose frente a los ojos.

Un bombero me dice que me quiere ayudar, que mis problemas tienen solución, me avienta una cuerda y me acuerdo de un listón que usaba mi abuelo para medir lo gordas que estaban las enfermeras que lo cuidaban. 

Están jugando conmigo, soy un pendejo.
Tenía años de no emocionarme, como si trajera hienas riéndose dentro de mi pecho. 

Estoy al borde del precipicio, los rescatistas me gritan palabras que suenan bien, nunca me las habían dicho, suenan como viento del bosque al que de niños nos llevaba el abuelo, o como cascarones de huevos, o como mentiras. Me saca de onda que  un desconocido me quiera detener.

Están jugando conmigo. Están jugando conmigo.

En chingos de noches me llegan montañas de dudas. Pienso en un sembrador que por décadas siguió consejos que nunca nadie le escribió, pero en su mente resonaban: lluvia, luna, sol, aire, humedad, sembrar, esperar, cosechar. Y le funcionaban. Los días de cosecha llegaban, pero ahora no hay ecos, ni voces, ni escritos, ni reglas, ni pinches cosechas. 

Si fuera apostador ya me hubiera matado. Suerte hijadeputa. Se me olvidan las cartas, los patrones, las reglas, mirar a los ojos en el momento preciso. Están jugando conmigo y lo sé y no lo podía detener, hasta que llegaste con esos ojos color marihuana y solo tres décadas encima. Tocaste mi hombro y ahuyentaste mi ceguera, aparecieron atardeceres, y no lo supiste. Nunca sabemos lo que provocamos a los otros, nos importa una chingada. Hasta nos vale madre mentimos a nosotros mismos, a todos, chingadamadre a todos. 

Obvio nos íbamos a matar entre nosotros y así seguir reproduciendo los pechos vacíos. Y desaparecer las moléculas. Y crear anti materia. Y destruir bosques con nidos de pájaros carpinteros, hurracas y pisar hormigueros y aplastar gusanos y matar arañas en extinción. Y marcar a un teléfono de Ucrania al azar y que tampoco nadie me contestara. Hay semanas en que ese timbre no para de sonar en mi mente, como el latido de un bebé en la panza de su mamá o el sensor de un gringo pendejo buscando metales en una playa de Alabama, o como la sonda de la NASA que aventaron al espacio hace unos cincuenta años y por fin suena un puto bip, bip, bip, bip que despierta a trescientos ingenieros en Houston y les salva el trabajo, les arrima la fama, les asegura el cheque del gobierno, ese pitido pinche les cambió la vida. El mismo sonido que retumba cuando te llamo y que estaría con madre, que aunque fuera por error, contestaras pensando que sea el Ubereats que te llevaría una pizza, pero sería yo, y escuchara tu voz y te pudiera decir unas palabras que tardé seis semanas en escribir, que se me ocurrieron al ver un video de Tik Tok, lo cual asegura que no provocara nada, ni en ti, ni en mi, ni en mi psicosis, ni en mis estudios de sangre, ni en mis planes de trabajo en Canada. Ni en mis recuerdos de partidos de fútbol de campeonatos mundiales donde de verdad jugaban y los resultados no estaban arreglados por los casinos, ni por la FIFA. Y yo de pinche creyente. De la FIFA, de la NASA, de ti.

Kato Gutiérrez, © 2026

8 comentarios en “El creyente

  1. Kato, leí “El Creyente” y me dejó pensando.

    Creo que lo que más me pegó es justamente el título y la forma en que cobra sentido al final. Yo lo leí desde mis propias creencias, y quizá por eso encontré algo distinto detrás de toda esa desesperanza.

    Para mí, el personaje no ha dejado de creer. Está encabronado, confundido, decepcionado, siente que las reglas ya no funcionan y que todo puede estar arreglado: el éxito, el dinero, el fútbol, el amor, la vida misma. Pero aun así sigue buscando señales. Sigue llamando. Sigue esperando que alguien conteste.

    Y ahí conecté mucho con mi propia forma de ver la vida. Yo sí creo que hay algo más grande que nosotros.

    Creo en Dios y creo que nuestra vida tiene un sentido, incluso cuando no somos capaces de verlo. Muchas veces esperamos que las cosas funcionen como la lógica del sembrador que describes: sembrar, esperar y cosechar. Pensamos que si hacemos las cosas bien necesariamente llegará la cosecha. Y cuando no llega, sentimos que alguien está jugando con nosotros.

    Pero mi fe me lleva a pensar que no siempre entendemos la cosecha, ni cuándo llega, ni siquiera si aquello que nosotros queríamos cosechar era realmente lo que necesitábamos.

    Por eso me llamó muchísimo la atención el bombero. En tu historia el personaje está preguntándose si vale la pena seguir y aparece un desconocido que, sin deberle absolutamente nada, le avienta una cuerda y le dice que quiere ayudarlo.

    Desde mis creencias, eso no me parece menor.

    A veces esperamos que Dios conteste con una gran señal, cuando la respuesta puede ser simplemente una cuerda que alguien nos avienta, una mano en el hombro, unos ojos color marihuana, un desconocido que nos dice algo que necesitábamos escuchar o incluso un pinche bip perdido en medio del universo.

    Y hay una frase tuya que para mí es fundamental: “Nunca sabemos lo que provocamos a los otros”.

    Estoy totalmente de acuerdo.

    Quizá nunca sabemos cuándo somos nosotros la cuerda, la llamada, el hombro o el bip que otra persona necesitaba para aguantar un día más.

    Por eso el final me gustó mucho: “Y yo de pinche creyente. De la FIFA, de la NASA, de ti.” Yo probablemente agregaría una cosa más a esa lista. Yo sigo siendo creyente también. Pero creyente en Dios. Y precisamente por eso creo que, aun cuando no entiendo una chingada de lo que está pasando, no todo es azar, no todo está arreglado y no todo silencio significa que no haya nadie del otro lado.

    Muy buen texto, Kabrón. Me hiciste pensar.

  2. Carrusel mental. Ruleta rusa. Rueda de la fortuna.

    Todo en paquete. Muy bien Kato. Enorme.

  3. La post verdad sin retoques… lectura que te deja mucho en un relato corto…si fuera in experto en planeación estrategica diría que este es un ejemplo de lo que te espera después de planear.. ejecutar y esperar un resultado que nunca es como io esperabas…

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