El depa de los vasos sucios

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Me persiguen los vasos sucios. Es como una maldición. Por más que hago acciones para evitarlos, siguen apareciendo. Sus presentaciones, formas y colores son infinitas. He llegado a pensar que contienen mensajes ocultos, que algún ser poderoso me está mandando mensajes a través de ellos. Los he vaciado buscando algún pedazo de papel que contenga un mapa a algún tesoro perdido, o un mensaje de auxilio, o al menos una carta de amor. Pero no he encontrado ningún papel, ni nada escrito en ningún lado. He buscado en cada parte: en la base, en la parte interior, invertidos, nada. No entiendo que me quieren decir. No entiendo porque por todos lados se me aparecen vasos sucios.

Y el equipo de todos vuelve a perder, y el gozo del oro en el verano pasado fue efímero. De hecho, necesito que alguien me confirme que fue real el oro que nos colgaron al cuello el año pasado en Inglaterra. Ganaron oro, ganaron fama, perdieron piso. Rápido terminó el sueño. Miles, capaz que hasta millones depositan su estado de ánimo al resultado del supuesto equipo de todos. Yo no lo deposito tanto, pero me molesta darme cuenta que aun me moleste. Pensé que eso se perdía con los años. En cuanto el arbitro pitó anoche el final del partido, se me apareció un vaso de plástico grande, alto, ancho, moderno. Ahí estaba en la mesita de madera que tengo al lado de mi sillón de tela verde y vieja. El vaso era moderno, tenía impreso una fotografía de todo un equipo de fútbol, no te voy a decir que equipo era para no sesgarte, imagina que es del equipo al que tu apoyas. Al vaso le quedaba aún como un cuarto de agua mineral con whisky. ¿Quién me lo puso ahí? Ví cómo me veía. Alzó sus cejas, apretó un poco su boca en sentido de desaprobación y movió su cabeza levemente hacia los lados, yo le estaba causando lástima. Estiré mi mano, tomé de un jalón lo que quedaba del tibio jaiból, luego ya no expresó nada.

Me levanté enojado, caminé a la cocina y aventé el vaso moderno al fregadero donde rebotó sobre el sartén en el que había hecho un machacado con huevo ayer en la mañana. Me fui al baño a lavarme las dientes, y, ahí había otro vaso que intentaba contener su risa burlona, lo cual es obvio que no logró. Era un vaso de vidrio delgado, no muy alto, de seguro era un vaso barato.Tenía poca agua amarillenta en el fondo. Dentro del vaso había dos cepillos de dientes, uno de ellos era el mío. ¿Cómo se puede reír de mí, si dentro de él tiene dos cepillos de dientes? Se notaba que era olvidadizo, ¿cómo burlarte de alguien, si algo está dentro de ti? Me acordé de Malena, pero ella es otra historia que espero algún día pueda contarte. Ahorita con mis vasos tengo. Al tomar mi cepillo escuché una exhalación de alivio del pinche vasito burlón. Tallé con coraje mis dientes y unos segundos después clavé con odio mi cepillo de nuevo en el vaso. No lo aventé como todas las noches, anoche lo clavé con coraje, quería que lo sintiera, que se callara, que se dejara de burlar. Cuando entró el cepillo en el vaso, escuché un pequeño gemido, el que sonrió ahora fui yo. Apagué la luz del baño y de nuevo escuché su risa burlona, terco el cabrón. Me salí y me fui.

Caminé por el pasillo rumbo a la puerta de entrada de mi depa, el dolor de la derrota hacía que arrastrara mis pantuflas más de lo normal. Ojalá hubiera sido solo por el cansancio o por lo borracho, pero no, era por el coraje de perder en un miércoles, en lugar de ganar en un domingo.

Apagué el foco del pequeño recibidor, chequee que la puerta tuviera puesto el seguro y el pasador. Giré en la oscuridad y en la pequeña mesa de lo que es mi comedor, ante comedor y barra a la vez, había tres vasos cagados de la risa. ¿Qué pedo? Alcancé a ver cuando los tres giraron un poco tratando no ser escuchados, pero los escuché. Uno de ellos era de plástico transparente, desde su base hasta lo más alto tenía rayas horizontales continuas de diversos colores, verde, celeste, azul, rojo, naranja, rosa y la última verde claro. ¡Muy presumida! Estoy seguro que ha de ser hembra. No tiene que hablar para mostrar su orgullo de vestir a la moda, vestir lo mismo que cualquier vaso de Manhattan. Traía maquillaje abundante en colores claros y brillantes, su bolsa era una Coach color rojo sol. Otro de los vasos era el típico vaso de vidrio de cualquier mesa de clase media de este hermoso país taquero. Éste ya no era transparente, estaba rayado y su cristal estaba de color café claro de tantas veces que su cuerpo ha sido tocado por el jabón y el agua caliente. Desearía quebrarse en lugar de convivir con el vaso multicolor. Al lado del multicolor, este vaso parecía un pordiosero. Pero les valía madre, a la hora de burlarse de mí, los dos lo hacían al mismo tiempo. El tercer vaso era de plástico, alto, grueso, amarillo, con el nombre de un restaurante en él. Lo habían tatuado un nombre de un restaurante que vende comida mexicana, pero su nombre está en inglés. No mamen. Tenía rastros de Chocomilk en su borde y adentro tenía la mitad del vaso llena de leche con el famoso chocolate. Al menos llevaba ahí todo el día de ayer. Medio lleno, medio vació. Medio feliz, medio triste. Medio limpio, medio sucio. Su potencial usado a la mitad, su cerebro desperdiciado. Rastros de chocolate duro en sus orillas. Leche apestosa en su ser. Y aún así se reía, y se burlaba de mi. No tenía humor para defenderme, ni para recogerlos. Bajé mi mirada y aguanté la madreada. Ni modo que le fuera a Estados Unidos.

Caminé a mi cuarto deseando ya estar dormido. Me senté en mi cama. Suspiré cansado, triste y, y ¿qué seguía? Levanté mi mirada hacia el viejo buró de madera, desnivelado y despintado en su parte superior. Había ahí un libro, mi celular, una taza de café y otro pinche vaso. No sé si me persiguen o si se me aparecen. Dudé si leer algo en mi celular, o bien, leer cuatro páginas del libro de Carlos Velázquez, pero mientras decidía, la taza de café estornudó. Se veía despreocupada; tenía café chorreado en su cuerpo. Al menos ésta no se burló de mí. El vaso se orinó y despintó aun más el viejo buró. ¿Por qué se orinó? A lo mejor estaba cagado de la risa de ver mis andares. A lo mejor estaba borracho. Pretendí ignorarlos, me dio hueva leer, apagué la pequeña lámpara y a pesar de mis corajes y soledad, me dormí en menos de tres minutos.

El sol rompió la noche y mis pestañas se separaron de inmediato. Había más orina del vaso del buró, quién ahora cantaba como gallo, quería gritar más fuerte que la alarma de mi celular. Un día más de rutina me espera. No quiero leer nada más del juego de anoche. No quiero que los vasos me vuelvan a madrear, voy a tomar cada uno de ellos, los voy a voltear para leer en donde fueron hechos, han de ser panameños.

Kato Gutiérrez © 2013

Imagen cortesía de: FreeDigitalPhotos.net

Y ahí vas.

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Y ahí vas, en chinga, a lo pendejo. No paras para nada. No pasan más de cinco minutos sin que veas tu móvil. Así eres tú, ¿y qué? El que te quiera que te aguante. Y aquí te llega este mail, ¿pararás a leerlo? Es uno de cientos que te llegan. ¿Quién sabrá su utilidad? Pobre soñador su creador. ¿Y qué acaso no nos sostenemos de puros sueños? ¿Qué no nuestra vida está sustentada en ilusiones? ¿Qué tan real es lo que vives? Ojalá sea un poco más real de lo que eres.

Y ahí vas, con tu entusiasmo pendiendo de lo que digan de ti. Eres una veleta. Sueñas con ser aceptado. Sueñas por pertenecer, sueñas con tu momento de gloria, con tu comentario glorioso, con tu fama efímera, pero no haces nada al respecto. Sueñas y sueñas y nada, chingados.

Intentar te hace sentir bien, pero intentar no es suficiente. Intentar es de los perdedores. Lo ganadores, ganan y se chingó. Los ganadores toman todo. Los ganadores no se lamentan. Los ganadores se preparan, se esfuerzan y ganan. No hay oportunidades, sólo hay triunfos. ¿Y tú? Tú estás conforme con intentar. Chingue su madre, yo estoy intentando. ¡No, cabrón! Intentar no es suficiente.

Volteas al cielo, como pidiendo consejos, pero hace mucho que te dejaron de ver desde allá. ¿A poco crees que alguien estaría orgulloso de ti? Has olvidado lo que te hacía feliz. Has olvidado lo que te hacía sentir bien. Eres más gris que verde. Te estás apagando. El bullicio te ha hecho mudo. La actividad te ha hecho inválido. Las críticas te han hecho político. Desde hace mucho no te reconoces. Chingue su madre. Pierdes tiempo sólo buscando hoyos negros. Hace meses que no ves un atardecer. Y te convertiste en la versión mala de lo que fue tu padre. Te preocupas más por lo que digan de ti en internet que lo que tu hijo piensa de ti, o de su vida. Ya te acostumbraste a tus vacíos y crees que todos están igual de huecos que tú. Crees que el sexo llenará ese vacío, pero a pesar de ser delicioso, no es tan poderoso. Al menos el intento es divertido. Ves, sigues con los intentos. El Señor de los Intentos. La Doña Intentos.

Hay gente que no sabe sonreír. Aunque lo intente, no puede, nunca le enseñaron. Está acostumbrado a bloquear el sentimiento. ¿Y tú? En tus prisas no recuerdas cuándo fue la última vez que sonreíste, ni la última que abrazaste.

Ahí vas levantando elogios, levantando lástimas. Ambos te causan lo mismo. Tu espíritu es ambivalente. Lo que querías ayer, hoy lo detestas. Te preguntas por qué estás leyendo esto. Piensas en parar en este momento, pero luego no deseas darle el gusto al autor, y tras una leve mueca en tu boca, sigues leyendo, seguro de que no es de ti de quien se está escribiendo, no te arriesgues tanto. Lo que soñaste ayer, hoy lo ignoras, ojalá al menos lo despreciaras, pero no, simplemente lo ignoras. Y tu pareja te pregunta que lees, y pasa a tu lado dejando una invitación con su aroma, y la ignoras. ¿Cuánto de lo que soñaste, se ha hecho realidad? ¿Merece que sigas soñando? Na na na na na na na ¿qué vas hacer, cuándo seas grande? Uou o o uoou.

Kato Gutiérrez © 2013

Imagen cortesía de: FreeDigitalPhotos.net

La Pelirroja del Violín.

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¡Alto! ¡Alto! ¡Altochingadamadre! Llegó el insomnio. Jaime no le hizo caso a lo que su madre todo el tiempo le decía, y, por fin la diversión empezó. Se enamoró de la del violín. Hablar con extraños le hizo conocer a extraños, que luego se convertían en conocidos, o en compañeros casuales, de esos de solo horas, todas ellas compartidas en el colchón.

Tendido viendo el techo blanco de su pequeño cuarto, blanco del yeso que no alcanzaron a cubrir con pintura. El pequeño departamento hundido en el silencio, pero, en su mente no dejaban de sonar las alegres notas del violín Country. Se enamoró de la del violín. Jamás había escuchado ese tipo de música, de hecho, le decían que era de americanos. Pero, cuando ella tocaba el violín, no se necesitaban palabras.

Nunca debió entrar a ese lugar, su instinto se lo advirtió por dos segundos, luego, su instinto se aburrió de ser tan pinche precavido. Que hueva toda la vida estar previendo accidentes, pensó el instinto, y esa noche, ya no le dijo nada al pinche Jaime. Hay pinche Jaimito, nunca te debes de enamorar de una artista y mucho menos de una de Country, esas tienen un vaquero en cada ciudad, y hay veces, que hasta dos.

Quería pensar en nada, en el techo blanco que tenía sobre él, pero no, la mente es muy terca y cabrona. La mente siempre intentará matar tu felicidad, buscará el lado malo de todo, pinche mente.  A pesar de que tenía el techo blanco a menos de doscientos cincuenta centímetros, pensaba en lo que no tenía. No podía sacar de su mente a la violinista pelirroja. Aay pinches pelirrojas, ay pinches violinistas, ay pinches vaqueras.

La veía, como lo vieron. La pensaba como siempre la soñó. La tocaba como nunca se había animado antes. Bailaba Country como jamás había imaginado que lo pudiera hacer. El insomnio debería de traer una bocina pequeña para ambientar su aparición, para ese momento de soledad llenarlo de música. Una bocina sólo para los que han pagado el recibo de la luz a tiempo en los últimos ochenta y cuatro meses. Él no tenía bocina, él decía que no quería oír música, no la necesitaba, no la podía sacar de él.

Y cantó y lo callaron sus hermanos. Y cantó y lo calló su mamá, quien ya se olía que algo malo le había pasado. ¿Siempre lo malo para las madres, es lo bueno para los hijos? ¿De plano uno ya no puede tararear una pinche canción de un ritmo nuevo? Cuando se puso de moda el Reguetón el nefasto de su hermanó, en semanas, no dejó de bailarlo. ¿Qué no podía Jaimito llevar un ritmo nuevo, fresco, de los del norte? Uno que se baila en líneas, aunque no entendía porque lo nombraban Square Dancing, muy a huevo entendía esas dos palabras, no le pidas más.

Corre Jaime, arrastra la mañana. Huye de noche. Vé, búscala. Tócala. Háblale. Báilale. No todas las noches uno cruza miradas con bellezas como esa. No todas las noches uno baila con una artista. No todas las noches una pelirroja te corresponde. Corre, pendejo, encuéntrala ya, antes de que monte otro caballo, la noche para los vaqueros es corta, porque todos amanecen muy temprano.

Kato Gutiérrez © 2013

Imagen cortesía de: FreeDigitalPhotos.net