Protegido: Aprenderé a besar en Canada

Este contenido está protegido por contraseña. Para verlo introduce tu contraseña a continuación:

Anuncios

Baila conmigo.

  ID-100250644

 

Con ese vestido rojo, era obvio que ibas convulsionar el lugar. Las miradas de todos, hombres y mujeres, se peleaban por llegar a ti primero.

Fantaseé con miles de canciones de los ochenta en donde varios nombres de mujeres volvían locos a los cantantes de rock, que a pesar de su rebelde cabellera larga, se animaban a cantar un rock romántico ¿Como te llamarás? ¿Por qué alguien tan bella llega sola a un bar como este?

¿Amanda? Hace años un amigo me dijo que era de seres inteligentes desconfiar de la belleza, sobre todo cuando ésta llega sola. ¿Por qué estás sola? Rompes el ambiente con tu ritmo, los meseros dejan de servir con tal de verte. Se improvisa una pasarela para admirarte. Ya siento que te necesito, siento que te extraño a pesar de que jamás hemos cruzado palabras. Me encantaría tener una excusa para poder iniciar una conversación contigo ahorita. Me encantaría, que esta noche, con tan poco alcohol en mí, tuviera el valor de acercarme a hablarte.

Ya vi las miradas de los barman, esperando ser elegidos, dispuestos a regalarte la bebida que sea, con tal de tener el privilegio de ver tu escote de frente por unos segundos solo para ellos. Todo el bar está dispuesto a regalarte mínimo una bebida, yo estoy dispuesto a regalarte mi noche. El problema es que el valor se me perdió hace unos meses. Lo dejé perdido en alguna firma de una liquidación. Lo dejé perdido en la rutina, en la pinche costumbre de hacer lo que tocaba hacer, a pesar de intentar hacer cosas diferentes, como estar una noche de martes aquí en este bar, a pesar de esto, siento que el valor se me fue, siento que mi ex patrón me ve todo el tiempo, que me ve de forma burlona, como si festejara mis fracasos cada vez que me acerco a una mujer.

Desde entonces no he logrado, ni siquiera un número de teléfono. Y hasta escucho las carcajadas mudas de mi ex patrón. Eso me ha llevado a ya no hablar con mujeres tan hermosas como tú. Ahora las elijo un poco menos afortunadas, digamos que algunas tallas más, pero aún así, sigo fallando, fallo como nunca. Y, he perdido la confianza de manera rotunda, como futbolista mexicano tirando un penal en una copa del mundo.

Pero esta noche llegas tu, y me recuerdas lo hermosa que puede ser una mujer. Me recordaste cuando siempre intentaba conocer a las mas hermosas, todo o nada, pero, ahh como nos cambia la vida, como nos cambian los cuarenta. Mas kilos, menos cabello, y el conformismo tocándome la puerta cada mañana. No mames, yo quiero conocer a alguien como tú.

No sé porque me preocupa saber tu nombre. Quizá es porque en la universidad siempre tenía éxito con mujeres que su nombre empezara con alguna vocal. Llegaba invitándoles una bebida, nunca dos, nunca cuatro, siempre número non, para poder tener éxito y que la historia terminara en alguna cama. Tenía que ser bella y que su nombre iniciara con vocal. Me dan ganas de mandar al mesero a preguntarte tu nombre, pero no imagino alguna forma más nefasta de iniciar una interacción. Me afectó trabajar tantos años en la empresa de seguros donde me tocaba calcular la posibilidad de siniestro de cada póliza, ahora cada decisión que tomo en mi vida, inconscientemente hago el cálculo de porcentaje de efectividad. Y pensar que hace muchos años me decían Superman.

Ojalá el alcohol me dé el valor que esta noche necesito para acerarme a ti. Que se me ocurra una frase diferente a la que los otro veinte pretendientes que se te van a acercar esta noche, algún piropo que te quite el habla por cuatro segundos, algo que te provoque verme por un momento sin preocupación, que la sangre se te vaya a los pies al ver el candor de mis ojos, que en ellos encontraras esperanza, encontraras la honestidad que nadie te ha podido dar porque se quedan mareados en tu espectacular cuerpo. Yo no me quiero quedar atorado en ese monumento, tu eres un templo más grande. Hasta me dejo llevar por mi lado romántico y alucino que tu espíritu es más hermoso que tu cuerpo, así de perfecta te creo en este momento, estás a cinco metros de mí, y siento que ya te conozco desde siempre, siento que tu voz me es familiar, siento tu aroma. Me llevas a un paraíso que creí que no existía, ya he visto como rechazas a dos valientes, y yo que no sé porque no me animo a hablarte. ¿Y si esta noche cambiaría mi vida? ¿Si tu voz cambiara mi universo? ¿Si tu sonrisa alterara mis miedos? Y desapareciera mi rutina, ¿si al tocarte no nos soltáramos? Que el llanto nos uniera. Ya me has dejado sordo, no escucho la música ochentera que el grupo toca desde la esquina, ¿y, qué si nos tocamos? ¿Y, qué si nos rozamos los hombros? ¿Y si nos miramos hasta entendernos? Ya retírate de la barra, una mujer como tú no debe de estar ahí. O eres la dueña del lugar, o tanta belleza no corresponde aquí, mucho menos sola.

Todo el lugar espera que te muevas, para ver tus caderas ladearse rítmicamente. Hay una mesa sola, justo a mi lado. ¿Y si al destino le gusta el martes, y te pone a mi lado? ¿Y si desde aquí tengo vista de lujo a tus piernas? Que el destino se equivoque esta noche, por favor, al cabo es martes, que te ponga a mi lado, que me haga el reto más fácil, que ver tus piernas tan cerca me llenen de valor. Una parte de mi me grita que me va ir bien, la otra parte de mi está mareada en ti, está ardiendo. El deseo me retrasa una década, no te puedo dejar ir. Cinco gueyes han pasado, no duran ni un segundo contigo, y yo que quiero toda la vida juntos. Si tan solo nuestros ojos conectaran. Una cerveza más y voy. Nadie de mis amigos me cree. Creen que estoy loco. Una cerveza más. A una cerveza de tus piernas. ¿Y si tu olor me noquea y me deja mudo? El grupo toca Las curvas de esa chica, ¿y si me copio las líneas de la canción para iniciar la conversación? No quiero que empieces a bailar, creo que no lo soportaré. O bailas conmigo, o no bailes. Estoy huyendo de mi. Y te tengo a tan sólo unos pasos de mí. Que su nombre inicie con vocal, por favor. Doy el primer paso, el segundo, solo me quedan tres pasos, y uno de mis amigos me grita: Jotoo. Cuando giré a defenderme me tropecé con un sillón, trastabillé y caí semi recostado justo en el sillón a tu lado. Lo único que pude hacer fue sonreír, y decir hola. Nunca había apostado tanto a una sonrisa mía, que te guste, por favor. ¿Así son tus amigos? Y me rompiste las pupilas con tu sonrisa. Tu brillo me dejó ciego. No te podía ver, te olía, te sentía, te quería tocar, pero brillabas como ninguna, tu brillo me cegaba, me faltaba esperanza para preguntar tu nombre, ¿Amanda? Que se llame Amanda, que se llame Amanda, por favor. ¿Y si nos conocemos a silencios? ¿Y si dejamos que el corazón mande? No me importa las horas que han pasado desde que literalmente caí a tu lado, pero espero que este lugar cierre mínimo a las tres de la mañana. Dos canciones y ya no me importa tu nombre, mi mano esta en tu muslo, y así me puedo quedar hasta que el sol nos sorprenda. Otros cuatro han incrementado la lista de rechazados. Y ahora mi otro brazo sobre tus hombros. ¿Y si cierran el lugar y nos quedamos nosotros? ¿Y si nos vamos a la montaña a contar estrellas? Me es muy difícil pensar en algún lugar mejor para estar contigo, que justo ahorita aquí. No me pares. No tengo el valor de proponer nada que implique el cambio de posición de mis brazos. Si acaso, que pare el tiempo. No quiero parar, el deseo me marea, tu boca, ya no es mucho pedir, tu boca. Me falta tu boca. Conectemos todos los sentidos antes de que nos empecemos a extrañar. Eterniza este momento con un beso, transpongamos con un roce. Bailemos. Que verte bailando frente a mi, con la mirada de todos sobre mi espalda haga aun más increíble y memorable esta noche, anímate, no me digas nada, ni siquiera me repitas tu nombre, bailemos con las miradas de todos encima, bailemos con el reto del placer revoloteándonos en el cráneo, bailemos con la ligereza de la edad, del desatino y la desesperanza, bailemos gozándonos, que aunque la música nos marque otro ritmo, nosotros solo sintamos una orquesta tocando una serenata para nosotros. Bailemos como antes, con respeto, con ilusión, con deseo, como siempre lo hemos hecho tu y yo.

Kato Gutiérrez  © 2014
@mrkato

Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

Despertando a carcajadas

ID-100175189

Hoy me desperté riéndome. Es la primera vez que me sucede. No fue una simple sonrisa, no; fueron carcajadas, de hecho, por eso me desperté. Mi despertador fueron mis carcajadas. Muchas mañanas había despertado asustado por alguna pesadilla, o enojado por haber interrumpido algún sueño placentero, pero nunca a carcajadas. ¿Qué significará? ¿Será cierto que Dios habla en sueños?

Muchas noches tengo el mismo sueño: estoy en una guerra y no sé como accionar el arma. Las rodillas me duelen de tanto temblar, siento un viento helado dentro de mis vértebras. Tallo mis dientes con mucha fuerza y frecuencia. Mi boca apesta. Estoy escondido en una vieja casa en ruinas. Tengo mi cara manchada de tierra y aceite. A lo lejos se escuchan aviones, bombazos, camiones, gritos en lenguajes extraños y llantos, muchos llantos, ¿por qué en las películas de guerra no se escuchan lo llantos? Pero sobre todo resalta el continuo golpeteo de las aspas de un helicóptero molestando el perturbado aire de esta zona. A mí también me molestan, me recuerdan mis constantes pecados. Tengo un casco antiguo, creo que es la segunda guerra mundial, no sé a que país defiendo, lo único que me importa es defender mi vida. Tengo mi indice derecho muy lejos del gatillo. Mi indice está tieso, extendido, frío, creo que será imposible hacerlo accionar el gatillo. Tengo miedo, mucho miedo. Siento que el terror ha tomado todo el oxígeno, ya no quiero respirar, siento que entra a mí. Aterrado por la violencia no sé a quien defiendo, no sé quien es mi aliado y quien mi enemigo. A veces en mi vida me pasa igual. Sigo en una esquina, en cuclillas, hasta las uñas me tiemblan del miedo. El valor que se requiere para asomarme por la ventana se encuentra a kilómetros de aquí. Creo llegar a la conclusión de que es más cobardía que temor. Prefiero morir que a matar. Llegan dos soldados a la habitación donde estoy. Su bandera es diferente a la mía. Hablan algún idioma que no entiendo. Se ríen. Prenden un cigarro. Ponen su rifle en el piso recargándolo sobre sus muslos derechos. Me gustaría saber que marca son esos cigarros que están fumando. Huele delicioso. Me gustaría entender su idioma. Siguen riéndose. Dan dos tragos a sus cantimploras. No creo que sea sólo agua. Son güeros, de ojos verdes. ¿Por qué habrían de matarme? ¿Por qué habría de matarlos? Antes de que alguien accione algún gatillo, les pregunto el motivo de nuestra pelea. Sus insignias son diferentes a las de mi uniforme, pero han de representar lo mismo: orgullo, egocentrismo, presunción, dramas, lástimas, poder. Ellos tienen más que yo. En mi sucio uniforme solo tengo dos. ¿Cómo acciono el gatillo? Lentamente toman sus rifles, los dos me apuntan. Por motivos de orgullo y de honor, me levanto y los veo de frente. Me acuerdo de Pancho Villa. Me acuerdo de una hacienda en Chihuahua. Me acuerdo de una pared de adobe inundada de balas revolucionarias. Juro escuchar que alguien grita: ¡Viva México! En ese momento me gustaría despertarme, pero no, por más miedo que siento, no me despierto, a diferencia de cuando sueño que estoy por besar a Salma, ahí siempre me despierto antes del beso. No importa cuantas veces tenga el sueño de la guerra, sigo sintiendo el mismo miedo, sufro como si fuera la primera vez que lo sueño. La desesperación que siento por despertarme, me convierte en un soldado más valiente. Dejo de tomar el rifle como escoba. Con la mano izquierda lo sostengo, cacha a mi hombro derecho, ¿y el indice? El indice se calentó, se flexionó, tocó el gatillo y lo accionó. ¡Puum! ¡Y ni ahí me despierto! Pero si estuviera soñando con Salma, con solo acercarme a su cuerpo, siempre me despierto. No me despierto después del disparo, pero tampoco alcanzó a ver que sucede. Solo veo mi cara de terror, la ansiedad tronándome la espalda y el sabor a plomo en mi boca, pero nunca veo que pasa con la bala.

Tratando de despertar, leo las noticias del día. Buenos días mundo exótico. Políticos usando esperma de tiburón para evitar las arrugas, la industria porno detenida por un positivo, peleas familiares, armas químicas, coches bombas, jóvenes matando por aburrimiento, reos pidiendo tratamiento hormonal para cambio de sexo; entre todo esto me confundo. Dudo cual es el sueño y cual es la realidad. Dudo cual es la peor pesadilla. Elijo el miedo a la guerra.

No sé porque hoy me desperté a carcajadas. Quizá fue lo que cené, o lo que tomé. Quizá fue el Rivotril de postre o el té de azahares. Quizá fue el beso que robé anoche o la caricia que me arrebataron. Salma no me ha llamado, tampoco Gwyneth. Me pregunto por qué me desperté a carcajadas hoy, y no tengo una respuesta.

Kato Gutiérrez © 2013

Imagen cortesía de: FreeDigitalPhotos.net

El depa de los vasos sucios

ID-100162029

Me persiguen los vasos sucios. Es como una maldición. Por más que hago acciones para evitarlos, siguen apareciendo. Sus presentaciones, formas y colores son infinitas. He llegado a pensar que contienen mensajes ocultos, que algún ser poderoso me está mandando mensajes a través de ellos. Los he vaciado buscando algún pedazo de papel que contenga un mapa a algún tesoro perdido, o un mensaje de auxilio, o al menos una carta de amor. Pero no he encontrado ningún papel, ni nada escrito en ningún lado. He buscado en cada parte: en la base, en la parte interior, invertidos, nada. No entiendo que me quieren decir. No entiendo porque por todos lados se me aparecen vasos sucios.

Y el equipo de todos vuelve a perder, y el gozo del oro en el verano pasado fue efímero. De hecho, necesito que alguien me confirme que fue real el oro que nos colgaron al cuello el año pasado en Inglaterra. Ganaron oro, ganaron fama, perdieron piso. Rápido terminó el sueño. Miles, capaz que hasta millones depositan su estado de ánimo al resultado del supuesto equipo de todos. Yo no lo deposito tanto, pero me molesta darme cuenta que aun me moleste. Pensé que eso se perdía con los años. En cuanto el arbitro pitó anoche el final del partido, se me apareció un vaso de plástico grande, alto, ancho, moderno. Ahí estaba en la mesita de madera que tengo al lado de mi sillón de tela verde y vieja. El vaso era moderno, tenía impreso una fotografía de todo un equipo de fútbol, no te voy a decir que equipo era para no sesgarte, imagina que es del equipo al que tu apoyas. Al vaso le quedaba aún como un cuarto de agua mineral con whisky. ¿Quién me lo puso ahí? Ví cómo me veía. Alzó sus cejas, apretó un poco su boca en sentido de desaprobación y movió su cabeza levemente hacia los lados, yo le estaba causando lástima. Estiré mi mano, tomé de un jalón lo que quedaba del tibio jaiból, luego ya no expresó nada.

Me levanté enojado, caminé a la cocina y aventé el vaso moderno al fregadero donde rebotó sobre el sartén en el que había hecho un machacado con huevo ayer en la mañana. Me fui al baño a lavarme las dientes, y, ahí había otro vaso que intentaba contener su risa burlona, lo cual es obvio que no logró. Era un vaso de vidrio delgado, no muy alto, de seguro era un vaso barato.Tenía poca agua amarillenta en el fondo. Dentro del vaso había dos cepillos de dientes, uno de ellos era el mío. ¿Cómo se puede reír de mí, si dentro de él tiene dos cepillos de dientes? Se notaba que era olvidadizo, ¿cómo burlarte de alguien, si algo está dentro de ti? Me acordé de Malena, pero ella es otra historia que espero algún día pueda contarte. Ahorita con mis vasos tengo. Al tomar mi cepillo escuché una exhalación de alivio del pinche vasito burlón. Tallé con coraje mis dientes y unos segundos después clavé con odio mi cepillo de nuevo en el vaso. No lo aventé como todas las noches, anoche lo clavé con coraje, quería que lo sintiera, que se callara, que se dejara de burlar. Cuando entró el cepillo en el vaso, escuché un pequeño gemido, el que sonrió ahora fui yo. Apagué la luz del baño y de nuevo escuché su risa burlona, terco el cabrón. Me salí y me fui.

Caminé por el pasillo rumbo a la puerta de entrada de mi depa, el dolor de la derrota hacía que arrastrara mis pantuflas más de lo normal. Ojalá hubiera sido solo por el cansancio o por lo borracho, pero no, era por el coraje de perder en un miércoles, en lugar de ganar en un domingo.

Apagué el foco del pequeño recibidor, chequee que la puerta tuviera puesto el seguro y el pasador. Giré en la oscuridad y en la pequeña mesa de lo que es mi comedor, ante comedor y barra a la vez, había tres vasos cagados de la risa. ¿Qué pedo? Alcancé a ver cuando los tres giraron un poco tratando no ser escuchados, pero los escuché. Uno de ellos era de plástico transparente, desde su base hasta lo más alto tenía rayas horizontales continuas de diversos colores, verde, celeste, azul, rojo, naranja, rosa y la última verde claro. ¡Muy presumida! Estoy seguro que ha de ser hembra. No tiene que hablar para mostrar su orgullo de vestir a la moda, vestir lo mismo que cualquier vaso de Manhattan. Traía maquillaje abundante en colores claros y brillantes, su bolsa era una Coach color rojo sol. Otro de los vasos era el típico vaso de vidrio de cualquier mesa de clase media de este hermoso país taquero. Éste ya no era transparente, estaba rayado y su cristal estaba de color café claro de tantas veces que su cuerpo ha sido tocado por el jabón y el agua caliente. Desearía quebrarse en lugar de convivir con el vaso multicolor. Al lado del multicolor, este vaso parecía un pordiosero. Pero les valía madre, a la hora de burlarse de mí, los dos lo hacían al mismo tiempo. El tercer vaso era de plástico, alto, grueso, amarillo, con el nombre de un restaurante en él. Lo habían tatuado un nombre de un restaurante que vende comida mexicana, pero su nombre está en inglés. No mamen. Tenía rastros de Chocomilk en su borde y adentro tenía la mitad del vaso llena de leche con el famoso chocolate. Al menos llevaba ahí todo el día de ayer. Medio lleno, medio vació. Medio feliz, medio triste. Medio limpio, medio sucio. Su potencial usado a la mitad, su cerebro desperdiciado. Rastros de chocolate duro en sus orillas. Leche apestosa en su ser. Y aún así se reía, y se burlaba de mi. No tenía humor para defenderme, ni para recogerlos. Bajé mi mirada y aguanté la madreada. Ni modo que le fuera a Estados Unidos.

Caminé a mi cuarto deseando ya estar dormido. Me senté en mi cama. Suspiré cansado, triste y, y ¿qué seguía? Levanté mi mirada hacia el viejo buró de madera, desnivelado y despintado en su parte superior. Había ahí un libro, mi celular, una taza de café y otro pinche vaso. No sé si me persiguen o si se me aparecen. Dudé si leer algo en mi celular, o bien, leer cuatro páginas del libro de Carlos Velázquez, pero mientras decidía, la taza de café estornudó. Se veía despreocupada; tenía café chorreado en su cuerpo. Al menos ésta no se burló de mí. El vaso se orinó y despintó aun más el viejo buró. ¿Por qué se orinó? A lo mejor estaba cagado de la risa de ver mis andares. A lo mejor estaba borracho. Pretendí ignorarlos, me dio hueva leer, apagué la pequeña lámpara y a pesar de mis corajes y soledad, me dormí en menos de tres minutos.

El sol rompió la noche y mis pestañas se separaron de inmediato. Había más orina del vaso del buró, quién ahora cantaba como gallo, quería gritar más fuerte que la alarma de mi celular. Un día más de rutina me espera. No quiero leer nada más del juego de anoche. No quiero que los vasos me vuelvan a madrear, voy a tomar cada uno de ellos, los voy a voltear para leer en donde fueron hechos, han de ser panameños.

Kato Gutiérrez © 2013

Imagen cortesía de: FreeDigitalPhotos.net