Una mañana de fin de cursos.

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Y veo abuelos, y veo banderas, y veo ojos con esperanza. Escucho murmullos preocupados, escucho risas auténticas de niños que me recuerdan lo hermosos que eran los veranos de antes, lo hermosos que eran los viernes de antes; de cuando todo era mejor, de cuando todo era felicidad y alegría, de cuando el nivel de diversión era proporcional a la cantidad de sudor que tenías en tu camisa.

Se escucha Forever Young, de Rod Stewart, lo que provoca sonrisas en algunos padres, mientras pierden su mirada en el recuerdo. Huele a alegría, pero también a algo de miedo. Los adultos tememos el futuro. Los niños, si acaso, temen el presente; lo desconocido es abrumador. El pasado es asfixiante y el presente es inexplicable.

Cantan coros de niños, escucho sus tiernas y suaves voces que me recuerdan la inocencia y la ternura que poseía en alguna parte de mi primer década. Cantan su deseo de ser la esperanza del mañana, de ser los adultos del mañana. Pero, los adultos de hoy queremos volver a ser niños, nos enseñaron a olvidar. Ahorita a ellos, los hacen cantar sobre el futuro. A mí me dan ganas de ponerme de pronto de pie, gritar a todos que callen, que paren su hermosa canción. Me dan ganas de decirles que ahorita nos ayudan más así. Su aporte a la humanidad ahorita es más fuerte y más valioso. Se ocupan más sueños, más sonrisas, más esperanzas, más inocencia que adultos en este mundo. ¡No queremos que crezcan! Escucho a los maestros darles consejos acerca de su futuro inmediato. Espero que a mi nunca me pidan un consejo, no tengo el valor de dar ninguno.

Veo a niños con corbatas, con modas prestadas, soñando ser grandes cuando aún mastican sus alimentos con la boca abierta. Las maestras siguen en trances con llantos de tristeza, de emoción, de alegría por el verano que viene; o a lo mejor de arrepentimiento. Algunas madres lloran. Lloran por lo que fueron, o por lo que dejaron de ser. Veo a padres mirando el vidrio de sus celulares intentando ahogar en la pantalla su aburrimiento.

Veo banderas, huele a limpio, toco el aire lleno de excitación, dicen ser un día importante. Hablan de amor. Suena un himno. Suena una promesa. Veo banderas. Siento sueños. Huele a inocencia. Gritos estúpidos interrumpen el protocolo. Valoro el silencio previo.

Amor, orgullo, avisos sobre el dolor que causará la ausencia. Los adultos lloramos cuando la rutina desaparece. Y niños ríen. Y niños cantan. Y a las maestras se les pierde la voz. Familias, sonrisas, ilusiones. En viernes es más fácil vencer las tristezas y los miedos. Lo malo es que en tres días será lunes y me la cobrará; al menos tengo dos días para gozar, para vivir.

Gozos, abrazos, tan fácil y barato que es decir te amo a esa edad. Las maestras con facilidad expresan su amor llenas de llanto. Quizá en esa profesión se ame mucho, benditas ellas.  Veo niños y recuerdo el salón de actos de mi primaria, en donde recibí diplomas, bailé, actué, canté. Recuerdo el niño que fui, y dudo si lo que soy ahora es lo que soñé entonces. Sueños rotos por mucho tiempo, luego ausencia de ellos. Aún no entiendo qué es mejor: el dolor de un sueño no alcanzado, o no soñar nada. Me da miedo que, se me aparezca el niño que fui y me pregunte quien soy, que me reclame por qué le he fallado. Quiero ser fuerte y poderoso como la inocencia.

Suenan aplausos, suenan porras, suenan gritos fuera de lugar, hechos por padres trastornados. Pero los niños callan. Hoy no hay burlas. Hoy todos son más amigos. Hoy todos se ven tiernamente. Es el único día del año que una maestra y la encargada de la limpieza sonríen, aunque sea de manera falsa, hoy logran esbozar dos sonrisas. Hoy todo es más fácil. El silencio es más fácil. Cantar es más emocionante. Hoy todo es más fácil, es una mañana de graduación.

El piano de Bill Withers revienta el lugar con Lean on me , mientras proyectan un video lleno de chantajes en forma de fotografías. Yo prefería que en el estrado estuviera Dave Matthews Band cantando Funny the way it is. Que todos los niños se pusieran de pie, que bailaran como sólo a esa edad lo puedes hacer. Que sonrían como sólo a esa edad se puede hacer. Que yo pudiera correr frente a todos ellos y les viera sus sonrisas, les viera la esperanza. Que esa paz que tienen me llenara de energía, para bailar, para brincar como ellos, sin ver hacia atrás, solo viendo hacia mí. Que me contagiaran de su alegría para ver lo que tengo y no lo que me falta. Pero no, Dave Matthews Band, no está hoy aquí. Y yo sigo sentado y callado. Ahora, el video sigue con la canción de algún asiático, los mismos niños que imaginé que bailábamos juntos, ahora cantan emocionados esa nueva canción. Por algo la nombran inocencia. Extraño que se emocionen tanto con una canción. Intento recordar alguna canción que me hubiera causado ese sentimiento, pero un extraño dolor en mi corazón me distrae. Siento como si el corazón se encogiera, como si se quisiera detener para no sufrir, o como si quisiera gritar para estar en paz. No lo dejo hacer ninguna de las dos. Cierro los ojos y aprieto el abdomen. Ahora los niños cantan You gonna miss me when I’m gone de Anna Kendrick. Yo capto que no se tienen que ir para ser extrañados. Un silencio, y luego un ataque de aplausos inundan el lugar. Dicen que ahora los niños son otros, que iniciarán una etapa nueva en donde todo será diferente. Yo veo como el sol entra por la ventana del gimnasio, como todas las mañanas, es el mismo sol, son los mismos rayos. A fin de cuentas, no pasa nada, todo sigue igual.

Kato Gutiérrez © 2013

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Gwyneth, yo y la búsqueda de la paz.

Gwyneth Paltrow 20

     ¿Dónde está la paz, que dicen que sólo Dios puede dar? ¿Quién la vende? ¿Dónde la encuentro? La gran mayoría de mi vida me la he pasado buscándome, nunca me he sentido ni siquiera cerca de encontrarme, y, aun peor, últimamente no me reconozco. Me sorprendo de lo que pienso, de lo opuesto que actúo a mis lineamientos, me siento ciego, mareado, lejos de lo que alguna vez nombré realidad. Me cago a mi mismo. Me desespero.

     No encuentro la rutina que me ayude a ponerle a algo la etiqueta de realidad, de vida, mucho menos puedo pensar en sueños, en atardeceres o en pendejadas positivas. No puedo ni quiero pensar en el amor, me caga todo eso. No puedo conmigo mismo, como podría con alguien más. A veces siento que entre más escarbo, entre más intento, más vacío me siento. Quizá sea el cansancio, quizá sea el nunca encontrar nada, quizá sea el simple vacío de la soledad, de la tristeza, de la añoranza. No me importa lo que sea, lo que importa es el dolor que siento al intentar, y aunque a veces he disfrutado ese dolor, últimamente ya no. Últimamente me gusta solo flotar. Cualquier corriente de aire o de agua que me quiera llevar, aquí estoy. Estoy en oferta, la primera creencia religiosa que se tope conmigo, me tendrá, me llevará, seré de ellos. Soy un pinche papel en blanco, sucio, pero en blanco; viejo y arrugado, pero en blanco. Alguien véndame un dios, una idea nueva, diferente, algo que me haga entender este caos, este mundo de mierda, y me voy con ustedes.

     No quiero creer lo que todos creen, porque sino, me convertiría en lo que todos son y todos me cagan. Aja, me caga todo, incluyéndome. Pinches fallas que causan que no podamos recordar la niñez, quizá esos fueron mis únicos momentos de felicidad en mi vida, y no los recuerdo. Quizá ni felices fueron, pero no los recuerdo. Aunque por otro lado, esas mismas fallas me han hecho olvidar errores y la mierda que te llega en el camino.  Si yo no pude entender, entonces que se acabe todo. Un puto juego nuevo. Sé que apareceré en otro lugar; capaz que seré un vikingo. Sí, seré un vikingo. Un líder de los vikingos, con una docena de barcos a mi cargo. Con docenas de lo que sea a mi deseo. Con todas las mujeres de ese territorio esperando ser elegidas por mí. Con el deseo de que el sexo borre la mierda de mi mente. Nunca he sabido que hacen los vikingos además de ir en un barco bajo el sol y sobre grandes olas. No importa, al menos eso ya es más de lo que yo he hecho con mi vida. Siempre los vikingos se ven felices en los cuentos ¿no? Pero no recuerdo vikingos con el pelo negro. Me valen madre los vikingos. Me vale madre lo que seré, sólo quiero ser alguien más o quizá algo más. Quizá una ardilla, no, que hueva, son muy nerviosas. ¡Robin Hood! Sí, siempre y cuando la princesa sea Maria Elizabeth Mastrantonio. O mejor que se reseteé todo. Que todo vuelva a empezar y que sólo existamos Gwyneth Paltrow y yo en una isla desierta. Que tengamos todos los conocimientos que tenemos ahorita, pero que no podamos salir de esa isla. Ahí, solos ella y yo para siempre. Estoy pensando en como el fuego de una fogata le iluminaría su cara. Su sonrisa sería más sexual porque la luz de la luna se mezclaría con la del fuego. Y lo mejor es que no tendría que ir a ningún lado para tenerla; simplemente me dejaría ir sobre ella, nos revolcaríamos en la arena y ahí la haría mía. Su placer sería mi premio. Sus pujidos mi aliento. Su mirada mi energía. Pero me aburriría pronto de ella. Si no tendría con quien compararla mi deseo terminaría, acabaría por desesperarme, me hartaría su dependencia al sexo. No quisiera tener que cuidarla. Necesitaría alguien más para que mi mente estuviera en plena lucha, siempre decidiendo con quien debo coger y a quien quiero coger, para que en la confusión crezca el deseo, para que en el intento a ser recto me descubra malévolo, para que intentando hacer las cosas bien disfrute hacer lo contrario.

© 2013 Kato Gutiérrez