A las veinte horas Ante su luz Alrededor de su cintura A través de su piel A favor de la paz A pesar de la humanidad Cerca de su clavícula Bajo unas sábanas Con su aroma Contra su pelvis De su mirada Desde el asombro Dentro de su boca Después de la tormentas Durante un abrazo De frente al corazón Debajo de la mesa Delante de la felicidad Detrás del mar En esta vida Entre sus pómulos Enfrente del atardecer Encima de una nube En contra de la rutina Fuera de este mundo Hacia el asombro Hasta el orgasmo Junto a su sombra Lejos del ruido Mediante miradas Para poder respirar Por su espalda Según yo Sin miedos Sobre sus piernas Tras su estela Vía su manos
Y si en verdad estás ahí Y si el mar no existe Y si logro caminar sobre fuego Y si rompo la oscuridad Y si cuando tengas cien años me recuerdas Y si no sé besar Y si no sé caer Y si me enseñas Y si tu clavícula no fuera perfecta Y si el mundo termina al besarte Y si eres Dios Y si te quitas los lentes Y si sé el color real de tu cabello Y si olvidé tu teléfono Y si nos vemos sin preguntar Y si me das la mano Y si no existes Y si las cuatro paredes son falsas Y si nos están viendo Y si nos deshidratamos Y si sólo puedo dar un respiro más Y si soy un pendejo Y si el sueño es al despertar
Imagina que me recomiendas una película, la vi y no me gustó. Trata de un suicidio y no sé si me estás mandando un mensaje o sabes que yo lo he estado pensando.
Te escribo para vernos y nunca puedes venir. Me quedo ilusionado en esa banca del parque en la que durante un otoño se nos acomodó muy bien a nuestras caderas. Y no llegas. Me mandas screen shots de tu agenda llena, la cual antes ignorabas con tal de acabar con un orgasmo encima. Es la vida, dices. Es la muerte, contesto.
Imagina que bailamos en un bar del centro, hay luna llena. Suena rock en español que tú conoces mejor que yo, te puse un clavel rojo artificial en tu vestido, mi incredulidad de tener mis manos en tus caderas es más grande que la fama del cantante argentino que suena mientras bailamos como si fuéramos a morir esa noche. Yo, tú, no importa pero alguien metió la lengua a la boca del otro y fue como aprender a nadar: intenso, divertido, nuevo. Empiezas a cantar la de Knowing you Knowing me y viajamos al pasado.
Una vez dijimos que si necesitábamos ayuda, sólo mandáramos un mensaje, a lo mejor estábamos pedos. A lo mejor no sabíamos lo que es la vida a estas alturas: una lluvia de estrellas muriendo, momentos naciendo y muriendo en segundos, suerte y pendejadas así. Me gusta escucharte cuando hablas de tus gustos, tus libros. Me gustas.
Te me apareces en las nubes, recuerdo tus ojos, tú viéndome temblar cuando me tocas. Recuerdo tus miradas de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo. Jugamos a hablar idiomas que no conocemos. Inventamos bebidas, lugares, aventuras. Nos tirábamos al piso abajo de la mesa del comedor y hablábamos por horas, ahí un día me diste una mala noticia.
Imagina que te quedas con mi perro. Imagina que sólo tú crees en mí, pero no nos podemos ver, por una cosa, por otra, por la chingada. Imagina que pasa el tiempo y luego te arrepientes (todos nos arrepentimos) de algo, de lo dicho, lo callado, los actos, lo no hecho, y seguimos igual de jodidos de lunes a domingo.
Imagina que quiero llamar tu atención pero he fallado duro. No importa si abiertamente te digo que necesito verte o te mando el link de una canción o pongo un anuncio en avisos de ocasión, o pinto un mensaje enorme con gis en la calle que pasas todos los días rumbo a tu trabajo.
Imagina que estamos en España, acurrucados en la cama te cuento una historia de un náufrago mexicano, un humilde pescador que lo atrapó una tormenta en el Pacífico, que lo dieron por muerto, y después de más de cuatrocientos días llegó en unos pedazos de madera a las Islas Marshall, para acabarla de chingar nadie le creyó, regresó a su casa y se dio cuenta que su esposa ya se había casado con su mejor amigo. Y nadie le creyó nada.
Un café jugando a vernos en silencio, rozando nuestros pies. Caminamos por el centro viendo las fachadas de los edificios, apostando besos a quien acierte a la hora del atardecer. Saludamos a extraños, cedemos el paso. Nos besamos mientras los semáforos están en rojo. Miramos a las personas a los ojos, se asustan. Dos policías, nos detienen, no pueden formular ningún delito, nos piden los pasaportes, nos reímos. Nos aguantamos las ganas de decir que se los podemos meter por el culo, pero nos callamos porque ya nos imaginamos cogiendo de nuevo mientras dejamos de escuchar el discurso de los oficiales.
Jugamos escondidas en un Museo. Un concierto de Sabina y de sorpresa invitó al escenario a Fito. Dijiste que ese era el mejor momento de tu vida, yo me quedé callado recordando todos los orgasmos que hemos armado. Cantamos, gritamos y lloramos tomados de la mano, rezamos a todos los dioses que la noche no terminara.
Una obra de teatro al azar, temblamos. Una comida de seis horas. Cuatro botellas de vino tinto, las verdades salen más baratas. Recitas a poetas latinoamericanos y me gustas aún más. Un partido de Frontenis, en donde te convenzo a apostar cien Euros al menos favorito, a la pareja que trae las palas azules. Guardamos silencio mientras nuestras rodillas se tocan, cuando el público aplaude, nos besamos. No supimos quien ganó. Jamón Serrano. Cerveza. Vino. Ópera. Tú. Buscamos la casa de Benjamín Prado. Encontramos un torneo clandestino de ajedrez. Un partido de fútbol, el cual nos importa una madre y acabamos teniendo sexo en el baño de mujeres. Me gusta cuando bajas la mirada porque algo que dije te emocionó. Me gusta poder detectar, con solo verte, cuando estás ovulando.
Corremos a un lago, en nuestras mentes lo convertimos en un océano que silba poesía de Cortazar, nos metemos hasta mojar nuestras rodillas raspadas. Amanecemos en otro hotel. Hay café. Estás tú. Es la vida perfecta. Me cuentas de la noche que nos conocimos en un restaurante de lujo, tú dices que era Chicago, yo digo que era Nueva York, pero no importa porque recordamos lo que le pasó a nuestras pieles esa primera vez que se rozaron.
Dijiste que te hablara en una hora, me quede sin pila, no supe de mi en toda la noche. No supe de ti. Pasaron los años. Estuvimos al mismo tiempo en Sao Paulo pero lo descubrimos desde nuestros vuelos de regreso al ver nuestras redes sociales. No hicimos nada al respecto. Cómo si no nos importáramos. Cómo si el avión se fuera a caer. Como si fuéramos la película de Serendipity y tuviéramos la certeza que en diez años nos volveremos a ver. Cómo si fuéramos inmortales. Cómo si le fuéramos a ganar al tiempo, a las células muriendo, o a la indecisión, o a la comodidad de lo tibio, lo banal, lo gris.
No supe de mí. Hay décadas escondidas en días.
Imagina que me recomiendas una película, la vi y no me gustó. Imagina que te pido que veas otra para que sepas cómo me siento, pero no la has visto.
Soy real, pero a veces miento. Soy humano, pero sueño. Quiero ver menos el celular y más tus ojos, tus nalgas.
Una vez vi una madre llorar porque en un parque de diversiones de Florida se le había perdido su hijo de cinco años. Veo esa cara de dolor cada vez que me pongo un condón. No quiero tener hijos.
Es una puta locura lo que hoy llaman días tranquilos a los que trabajan diez horas, tienen un evento familiar y uno social. Vidas sostenidas con palillos que traen labrada la palabra falsedad.
Iba a esperar a que Nicole Kidman se divorciara para bloquearte y ya no contestarte, pero ya casi no mandas mensajes, y está bien. Solo subes fotos sonriendo de cachete a cachete. Pareciera que eres feliz. Pero yo sé que no, que esos dientes mienten, como todos lo hacemos.
Esa gente que todo el tiempo se queja, pero ahí sigue. Todo mierdas sigue. Siguen agarrando el mismo camión, poniéndose los viejos audífonos o manejando sobre las mismas calles anestesiados de soledad y desaliento del culero, de ese que arrulla.
Una vez vi un mimo que hablaba, y le dije que eso no estaba bien, se agachó, de una maleta sacó una botella de Bacardí y me puso un madrazo en la frente que me mandó al hospital por un mes. El hijo de puta gritaba. Los mimos no deben de hablar.
Esa gente que quiere reconocimiento. Que sonríe, sonríe y sonríe. Se carcajea, te mandan saludos y abrazos, pero son unos hijos de puta triplemente mierda. Se drogan con ego. Falsos, mentirosos y culeros.
Pasan semanas sin saber de ti y de pronto llega un mensaje: ¿cómo estás? No sé qué mierdas esperas que conteste. ¿Qué quieres? ¿Que conteste la verdad? ¿Que finja? ¿Qué te diga que con madre? ¿Que te diga que mal? ¿O que ando echándole ganas? ¿Qué esperas que responda? Estoy aquí. En veinticuatro horas he pasado por todas las putas emociones y sentimientos y de pronto: ¡Ting! Suena tu mensaje: “¿Cómo estás?” No mames….estoy.
Me gusta ganar cuando nadie lo esperaba. Coger con la más hermosa del estado. Me gusta que me digan pendejo, puñetas, puñetero, idiota, soñador, iluso, inocente y así, igual si me dijeran cualquier otra cosa me valdría madre. Es raro la cantidad de mierda que aventamos a los demás. Mierda sobre el amor. Mierda sobre la paz. Mierda sobre la esperanza.
Me gusta la nostalgia, porque me inyecta algo chido, como lumbre, ya sé que es traicionera, como todos. A veces la caga, a veces te ayuda, a veces se va, a veces te rompe el hocico de chingazo. Me gusta poder cerrar los ojos, en cualquier lugar y sentirla, como si entrara a un mundo diferente. Refugiarme en una pinche cerrada de ojos.
No me gusta que desperdicies nuestros segundos quejándote o viendo el celular. No debí haber dicho nuestros segundos, porque nunca estás conmigo cuando estás. O vas miradas atrás o latidos adelante.
Esa gente que manda hacer protectores de asadores a la medida. No lo entiendo. Protectores de plástico a la medida para su asador hecho a la medida, para los muebles de jardín traídos desde Houston o Oaxaca, para que el sol o la lluvia no los joda. A mí me gusta que el sol me queme. Que la lluvia me moje. No me gusta tener algo hecho a la medida. Me gusta tener miedos, para tener a quien vencer.
Esa gente que va al mar y le caga el sol. Que van a un bar y piden un trago sin alcohol. Esos que creen que la libertad se conquista en otras fronteras, con plomo. Esos que buscan felicidad en un parque de diversiones. Esos, ellos, todos. Esos que temen amar. Esos que callan. Que mienten.
Yo soy un pendejo, no tengo nada, lo único que puedo ofrecer es esto, este segundo.
Estábamos Pete y yo caminando en una banqueta de Brooklyn. No teníamos ningún plan. Solo teníamos dinero y eso nos molestaba. Se lo regalamos a un vato que estaba tirado en una esquina. Fue bien pinche raro porque pensó que lo íbamos a madrear, y yo me sentí sacado de onda porque nunca había hecho eso. Pensé dos segundos en eso, luego no supe que mierdas decir. Ni al vato, ni a Pete, de hecho mi mente se quedo en blanco, un blackout momentáneo.
Un aire frío con odio zumbó en mis uñas, y me acordé de los cobertores que usaba mi abuela, de cómo mi abuelo prendía leña todos los sábados sin saber quien iba a llegar. El fuego atrae a las personas, me dijo. Yo siento fuego en la lengua. Ni el aire me la enfría. Necesito meterla en la boca de una mujer hermosa, de una güera.
Sonó una sirena de una patrulla que pasó a mil millas por hora, Pete me dijo que iban por mí, por andar sin papeles, al chile me vale madre. Ya no sé donde quiero estar. Le contesté que iban por un dealer, él me dijo que de seguro el dealer era mexicano, yo con tono sarcástico le dije que era ruso y se quedó callado.
Con el mejor inglés que pude le decía a Pete que es una mamada que ahora cualquier cosa que publiques a alguien le va a cagar el palo. No encontré una traducción para la última frase, pero el cabrón me entendió, es de Montana, crecer entre el frío y la soledad de ahí lo hicieron fuerte, o pendejo…O a lo mejor de todo se ríe. Dice que nunca ha salido de Estados Unidos y eso me da un chingo de risa. Dice que no sé sabe los países de Europa y eso me recuerda a mi maestra Alma, de cuarto de primaria A (San Juan Bautista de la Salle, ruega por nosotros), que sobre la chingada, bueno, a base de manotazos, nos hizo aprendernos todos los países del mundo con sus capitales, ahora ese conocimiento sólo me sirve para saber que un chingo de esos países están en guerra. No mames, me interrumpe Pete, es la única frase que se sabe en español, pero la dice bien. Y a mí siempre me gusta contestarle ¿No mames, qué, pendejo? Y él ya está cagado de la risa para cuando termino la pregunta…A veces, si ando pedo, le digo mámame esta, aunque se tardó meses en entender esa respuesta.
Entramos a un bar pequeño con música en vivo, aluciné que esa banda sería famosa en unos años, traté de escuchar las rolas, fingir que me estaban llegando, pero no, y pensé que de eso se tratan las carreras de los músicos, ¿no? De ser una mierda en la que nadie cree, a de pronto, una rola después, ser los mas chingones del puto planeta entero, sólo por un acorde diferente, una pisada que dio por error el guitarrista, un tono no esperado del bajista, la línea nueva que escribió el vocalista porque su vieja lo acababa de cortar, o en la audiencia y por error, un ejecutivo con puesto clave en la industria de la música…Y así. Pero hoy estos vatos son una mierda, por más que quiera tratar de captar si es el nacimiento de los nuevos Counting Crows o o alguien como los de The Revivalists, no siento nada, no pasa nada, solo hay ruido.
Al terminar una rola, Pete me preguntó que si sabía jugar béisbol, obvio le dije que sí y que me la pelaba. Obvio que nuca he jugado. Me contó que hay una cuenta en Instagram donde están los videos de las primeras pichadas de celebridades, así lo traduje yo, nadie le atina al catcher. Yo le dije que había otra cuenta con fotos de personas bien pinches raras que iban a Walmart en la madrugada, no mames puro pinche freak. Obvio la abrimos en ese momento y nos cagamos de la risa. Al chile, nos estábamos riendo como pendejos.
No me acuerdo cómo conocí a Pete. No tengo dinero para pagar el whisky caro que me estoy tomando, yo quería una cerveza. Tengo un chingo de frío. No sé cómo regresarme a mi depa. Me da un huevo de curiosidad saber porque llegué a esta ciudad. Hace unas semanas vi un reel que decía que todo pasa por algo, y me cagué de la risa, espero que nadie crea en eso. Estar en Brooklyn hace feliz a Pete, dice que es la ciudad más grande en la que ha estado en su vida. Yo quería estar en una playa. Yo quería meter mi lengua en la traquea de una mujer hermosa. Yo sólo quería ver el sol.
Unos segundos después, o meses, estoy en un sótano de un templo de los Hare Krishna haciendo fila para que me regalen un plato de comida, me sirvieron unas cucharadas de un alimento aguado y por poco me vómito, olía a tela podrida; pensé que en un McDonalds por dos dólares puedo recibir más. Yo que en algún lugar del mundo tengo estacionado un Porsche. Alcanzaba a escuchar cánticos a su dios. Al monje, o no sé si era monje, tampoco si era mujer u hombre, no le entendí el nombre de su dios…me quedé pensando cuántos dioses habrá, cuántos dioses nos inventamos y ahí, ajá, justo en ese preciso pinche y ojete momento apareciste en mi mente.
No podía ubicar hace cuántos meses nos besamos en Brooklyn, pero sí estoy seguro que me gustaría verte y hacerte tantas cosas. Quizá provocar un silencio mientras sentimos el frío. Ver lo delgada que estás y esa cadera ancha.Y en ese silencio quedarme alucinado por cómo se filtran rayos de luz en rincones inesperados de tu cuerpo. Yo me encargo de la verdad, tú de mirarme. Revolvamos los años. Ojalá te viera, me gustaría decirte tantas palabras con mis manos.
No hay motivos para creer en algo. La esperanza se va extinguiendo con los recibos de la renta. El día dura cuatrocientos cuarenta y cuatro años. Mis ojos en blanco, tú belleza ciega. Mi memoria es mi futuro. Hay una canción de estrellas que no sale de mi cráneo. Recuerdo una playa y tu lengua chupándome la oreja.
Ninguno de los dos debía de estar ahí en ese momento, en ese lugar, en ese aeropuerto. El vuelo de él llevaba seis horas de retraso. Ella estaba en la terminal equivocada. A veces la vida es un enjambre.
Toda la ropa de ella de color negro, de seguro para que contrastara con lo blanco de su piel y las toneladas de zafiros que se le habían metido a sus ojos. Tacones altos con un traje sastre y un perfume que tenía saliva de ángeles. Ella camina con la prisa de quien sabe que el éxito está en la siguiente puerta. La mirada hacia el frente clavada en la nada, como si no existiera otro ser vivo en el planeta.
Él está parado en medio del pasillo, distraído, para variar diría su padre, frente a la terminal cincuenta viendo por quincuagésima vez con la boca abierta el anuncio en la pantalla que decía “Vuelo retrasado”.
Ella sale de la nada, como las diosas, como los regalos, como el sol. Él apenas y puede girar su cuello y colgar sus ojos en aquella frente blanca, la más hermosa del mundo. Él que es corto de palabras no comprende porque su boca está emitiendo unos sonidos y le dice:
– Mataría por ti.
Francés, de seguro me va a contestar en francés. ¿Por qué no hay palabras que signifiquen lo mismo en todos los idiomas? En ese momento, en las bocinas del pasillo que está infestado por seres humanos suena Claire de Lune de Claude Debussy. Con esas notas perfectas del piano y del violín empieza a caer lluvia color rosa, los ventanales de la terminal se llenan de humedad. T o d o s S e M u e v e n En C á m a r a L e n t a. Todos. Todo. Todo menos las células de él, de quien aún no sabemos su nombre. Contra todo pronóstico, debido a la belleza de ella, y los extraños juicios que hace la humanidad en la actualidad, ante todo lo improbable, ella se detiene y lo mira. Ajá, así de loco. Una mujer como ella, detiene su andar, gira su cabeza para voltear a ver a alguien como él:
– No me gusta la violencia.
En silencio, digamos en esos diálogos mentales que tenemos, él no para de decirse que ha sido un pendejo enorme. Pendejo. Pendejo. Pendejo. Sin embargo, tiene una sonrisa escondida atrás de su mandíbula porque desconoce de donde mierdas obtuvo coraje para hablarle a alguien como ella, a quien que parecía no caminar, sino, flotar. La diosa de los miles de zafiros en los ojos. Hablarle a alguien que era tan improbable que apareciera en su vida, alguien tan imposiblemente hermosa, quizá es algo de la poca magia que sucede en los aeropuertos. Ella que deja estela de seres humanos devastados admirándola.
– Moriría por ti.
– ¿Qué tienes tú con la muerte? ¿Esa esa tu mejor línea para llamar mi atención?
Ella da otro paso, se aleja un poco más y la oscuridad va llenando el espacio.
– No sé ¿En serio? Que necio entonces.
Ella sonríe mientras gira sus manos apuntando sus palmas al cielo, atrayendo relámpagos azules. Y es ahí mismo cuando él, por más pendejo que está, por más solitaria que sea su vida, ahí es cuando capta que tiene un mínima posibilidad de extender la conversación. Porque por más tímido que es, sabe que cuando una mujer sonríe, miles de estrellas explotan. Tan ínfima la posibilidad como encontrar un grano de arena azul en el desierto más mierda que te puedas imaginar. Una sílaba más que le saque de esa boca recta, precisa. Una mirada que le robe. Algo, maldita sea, algo que salga de ese cuerpo inmaculado. Aunque sea unas gotas de saliva.
En un congestionamiento de dudas e incertidumbre da un paso corto, o quizá ella se detiene sorprendida. Se acercan, él se enamora al instante, ahí mismo, claro que sí, sí hay amores así.
– ¿Entonces no sabes qué decir? Tienes un segundo para decir algo
El estático. Mudo. Hecho un puñetas enorme. Suena Hey now de Romare, vaya que hay buena música en esa terminal.
Ella tiene que tomar un vuelo largo a Estocolmo porque va a recibir el Premio Nobel de Química por la construcción de un complejo modelo molecular que ayudará a la industria farmacéutica a encontrar diversas maneras de prevenir enfermedades relacionadas con la perdida de la memoria.
Él va a tomar dos vuelos más, el último lo dejará un pueblo ojete del sur del país donde su viejo esta muriendo y a quien tiene años de no ver, porque a veces el rencor provoca demencia.
Ella viene del hotel más lujoso del centro de la ciudad donde pasó los últimos cinco días dando ruedas de prensa en el piso tres, y luego subiendo en elevador hasta el penthouse del piso cuarenta y cuatro en donde pasaba las horas sola repasando su tesis, como si aún no hubiera ganado el premio, como si la humanidad dependiera de su descubrimiento. En esa suite presidencial no podía dormir, hay proyectos que roban el sueño para siempre, sentía lumbre en sus venas, pero estaba sola. Solo charlaba con los empleados de limpieza, que resulta que dos eran hispanos, mexicanos para ser más precisos, y una mujer joven de Zambia, que llegaban a la suite por la mañana y por la noche, y por el mesero, del cual nunca supimos de donde era porque nunca emitió ningún sonido, solo le llevaba al medio día una ensalada caprese, con la vinagreta a un lado, y por las noches una ensalada de betabel con espinacas, naranja y miel orgánica.
Él viene del suburbio sur de la metrópoli, donde caminar siempre es peligroso, donde no llegan los taxis. Donde el sol pega más inclinado, con más rencor. Ahí tiene un trabajo que no recuerda el día en que lo aceptó, a veces la vida se ensaña. Viene de ese lugar en el que los días le pasan sobre el lomo y ni si quiera se entera. No cuenta los pocos billetes que le llegan a sus manos porque rápido desaparecen. Digamos que viene de donde le había tocado estar. Ahí donde la vida se lo comió todo. Ya trae cuatro décadas en sus piernas y no tiene idea que hace en este mundo.
Ella sigue alejándose con pasos lentos, está cansada de este tipo de interacciones necias y groseras, aunque hoy este hombre no ha dicho mucho. Repentinamente se detiene, lo mira a los ojos y encuentra algo diferente en la mirada triste de él, quizá por eso sigue ahí cerca…aunque sea por unos segundos.
Suena un anuncio grabado sobre la seguridad del aeropuerto que interrumpe la música de pianos, violines y saxofones que sepa la chingada porque sonaban en una terminal como esa. El ruido molesto de una campana electrónica, o más bien como un despertador le recuerda al hombre los pocos segundos que le quedan de la vida de ella.
Sabiendo que todo sería como siempre, o sea de la mierda, o sea volver a su pequeño cuarto a la soledad de esa puta ciudad, volver a las deudas, al piso con polvo eterno, a las sopas instantáneas, se dejó llevar.
– ¿Qué harás cuando te mueras?
– ¿Estás obsesionado con la muerte?
– ¿Tú con esta vida?
– ¿Qué harás cuando te mueras?
– No sé.
– Ves, ahora tú eres la que no sabes.
Ella ríe con desdén y hace un gesto con sus manos expresando menosprecio.
– Yo te cuidaré.
– No necesito que nadie me cuide.
Ella pierde interés, se aleja un paso más.
– No hay nadie que nunca haya amado
Pum. Explosiones de silencio. Ella ancla sus tacones y abre más sus ojos. Chista con la boca con algo de sorpresa, ladea un poco su cabeza hacia la derecha y lo mira de la punta de los cabellos hasta los zapatos, suspira un poco sin darse cuenta, pero él si lo notó porque la soledad te hace experto en detectar cosas nuevas.
– ¿Crees en los milagros?
– No, soy científica
– ¿Y qué llevemos hablando más de diez segundos entonces qué es?
Otra sonrisa robada. Ella recuerda cuando su abuelo le enseñó a prender fuego tallando dos pequeñas ramas. Ahora resulta que este desconocido sonríe como su abuelo. Sacude un poco la cabeza para no sentir nada y tratar de ordenar las ideas.
– Traes los zapatos sucios
– Tienes la frente más hermosa del mundo
– ¿Qué dices?
Otra sonrisa robada, ahora acompañada de una expresión de sorpresa que deja descubierta su lengua color rosa claro, y se alcanzan a ver unos dientes que lanzan rayos de luz. Ella trae un perfume que va destruyendo moléculas de oxígeno. El tiene más de quince años de no usar ninguna loción.
Un silencio incómodo. Dos silencios incómodos. Tres silenc…pero no dejan de sonreír y mirarse directo a lo ojos. Él no sabe que hacer. Duda en si pedirle su número de teléfono, su perfil de Instagram o su nombre.
Ella por primera vez en décadas no está pensando en nada, se perdió en los desiertos de los ojos color miel de él, por milésimas de segundos, pero está perdida, estática. Él también está perdido, pero sí sabe porque.
– ¿A todas les dices lo mismo?
– ¿A todos lo miras así?
Otro silencio incómodo. Segundos callados. Otra sonrisa que se roban. Él no puede creer que le esté sucediendo esto, pero a fin de cuentas nunca pasa nada hasta que pasa. Cientos de personas con prisa y sin vida caminan al lado de ellos. Algunos observan de reojo lo raro que está pasando ahí: Una mujer como ella hablando con alguien como él.
Los dos dicen algo al mismo tiempo, las palabras se empalman, y no entienden nada. Él ríe con nervios, el caos de la realidad se le apareció como tren bala. Traga saliva. Se le sube el corazón a la lengua. Dicen algo otra vez ambos al miso tiempo, no sé entienden nada, de plano ella mejor sonríe y se aleja, menea su mano diciendo adiós pero no lo deja de mirar, él apenas puede respirar…Quizá fue toda la tristeza del universo que ella vio que se le estaba metiendo al pobre hombre, pero para sorpresa de todos, ella gira y se regresa. El hombre sabe que es su última oportunidad y agarrando valor de hasta de abajo de sus uñas apenas murmura:
– Si me miras bien no somos desconocidos
Ella sonríe con los ojos, le dice algo al oído, se da la media vuelta y se va.
No hay nada más ingenuo, ¿no? ¿O es un movimiento astuto?
Los astros y el tiempo alineados a la perfección. Hay señales que de pronto si tenemos el valor de captar, están en mero frente de nosotros, y ese día así fue. Intenté improvisar un verso en momento que los astros dictaban, pero la voz me tembló.
El momento preciso, el ángulo perfecto. Por primera vez los ojos de frente, el sol postrado en su rostro, y entonces empieza la tormenta de arcoíris y yo indefenso ante ese espectáculo de la naturaleza que el destino, los astros, el horario, los signos, las vueltas del planeta, la inocencia, el valor, la terquedad, el vacío, la soledad y/o la suerte provocó. ¿Quien chingados soy yo para cuestionar tanto sentir? Escucho una voz en mi interior que me dice “cállate y mírala” y de manera extraña obedezco. Extasiado. Mudo, para variar. Pendejo, para variar. Pero me encanta como habla, parece que está declamando, de pronto se le mojan los ojos, y mis manos quieren esas lágrimas. Mantiene la mirada como si fuéramos estatuas.
No existen los amores de toda la vida, esas son ideas impuestas. Existen las partículas, las moléculas, la química, las chispas, el sol, las retinas sublimes, los ojos que cambian de color dependiendo si en ese instante el sol es digno de invadirlos.
Y la suerte me sigue acariciando, de pronto surge un momento mágico en que no hay que decir nada. Nada. Solo estar callados ganchados de los ojos, y apenas lograr respirar. Nada es eterno. No hay respuestas para todo. Disfruta la magia repentina. Confía, como un rayo valiente que le gana a una tarde nublada, la perfora y toca algunas almas.
Unos aretes perfectos, un vestido sublime. Un aroma robado de una pradera sueca. Mi mano queriendo arrancarse de mí para acercarse a ella. Millones de voltios en las articulaciones. Ella con sus piernas cruzadas, hombros descubiertos, dueña de todo y yo totalmente vulnerable. Vulnerable. Vulnerable. Valiendo madres. Valiendo madres chingón.
Vuelven los ojos húmedos. Coincidimos acordes. Resumimos décadas. Confesiones. ¿Por qué es tan hermosa? ¿Por qué nos contamos lo que nos contamos? ¿Por qué simplemente se siente tan bien estar cerca de ella?
No sé nada. Siento un chingo.
Sólo ven, cree, dame la mano, para que lo compruebes, y empieza a quererme un chingo.
Hoy hay un pendejo en Inglaterra con insomnio. Desde hace cuatro años sufre gastritis, jaqueca, urticaria y dolor de espalda baja.
Es un puñetas. Hace nueve años Dua Lipa moría por él. Un día se cruzaron en el pasillo de esa preparatoria de Londres, ella le dijo lo que sentía, pero el estúpido le contestó que estaba muy flaca y muy fea. Eres abajo del promedio, le dijo con acento inglés más mamón de lo normal. Para acabarla de chingar, para que pareciera película, luego le dijo que no había nada, absolutamente nada interesante en ella.
Esto ahorita me provoca muchas dudas. Hace que me cuestione muchas cosas: ¿Por qué no sufre más enfermedades este pendejo? ¿Cómo puede existir alguien tan imbécil? ¿Cómo ha podido sobrevivir desde aquel día? Me imagino como le da reflujo cada vez que ve una fotografía de ella en la que, para variar, desparrama erotismo en cada milímetro de su cuerpo, hasta en las cejas.
Pienso cómo ha de poder dormir este hombre. Me pregunto cuántas veces se ha dicho a si mismo lo puñetas que fue. También he pensado en otro idiota de esas épocas, aquel que le inventó el apodo “Duali Lali” y que luego se reía como asno ahogándose mientras recibía aplausos de sus catorce súbditos panzones y de cachetes rojos.
¿Y qué me dices del maestro de canto de esa preparatoria en las afueras de Londres? Ese mismo señor que le dijo que no sabía bailar y que no tenía voz. ¿Eh? ¿Qué podemos pensar de ese ser que hoy que ha de estar envejeciendo en charcos de orina, con su cabeza sin cabello y su panza enorme llena de pelos blancos? Dime. ¿Qué más podemos pensar de él?
¿Y qué me dices del maestro de baile de esa preparatoria? Ese anormal que la corrió de su clase diciéndole que no tenía gracia para mover su cuerpo. Oh, Dios mío. ¿Cuántos pendejos había en esa preparatoria?
La verdad, pienso que el más puñetas de todos es el que la bateó. No me gustas, le dijo. Merezco alguien más guapa, y ella, en aquel pasillo de la preparatoria de Londres giró y se fue avergonzada por haberle dicho que lo quería. Ay, Dios mío, ten misericordia de ese hombre. No se sabe lo enormemente pendejo que puede llegar a ser uno a los quince años.
También se me anda atravesado por mi mente el dude con el que anda ahorita. De seguro es un puñetas, todos lo sabemos, los dichos perduran por algo. ¿Cómo se conoce a la gente famosa? Supongo que si no eres famoso, tienes que conocerla antes de que la fama le llegue, ¿no? ¿Y si el piloto de su jet privado no puede dejar de pensar en ella? ¿Y si el cartero inventa cartas para ir a diario a su casa y ver su silueta en una ventana? ¿Y si su entrenador personal está enamorado de ella? ¿O los entrenadores personales no se enamoran? ¿Y si su cheff se masturba pensando en ella? ¿Y si al quitarse ese leotardo verde fosforescente ella mira su cuerpo y se acuerda de aquel pendejo? ¿Y si al final de cada noche, después de cada concierto masivo, llega a un cuarto vacío? ¿Y si al acostarse en la cama sola, piensa en lo mismo que yo, teme lo mismo que yo? Como hoy aquí en Miami después de su concierto. Ven Dua, yo veo cosas que nadie ve en ti. Ven Dua, vení aquí. La soledad no nos hace bien. Hagámonos bien. Ven, quiero un date contigo. No me sé todas tus canciones, pero me sé todas tus líneas.
Aquí estoy parado para que me partas los sueños, estoy a expensas de tus siguientes palabras. Por lo pronto seguimos perdidos. Suenan rolas de rock en inglés pero no le entiendo toda la letra, entonces murmuro, como cuando quería improvisarte un verso mientras te chupaba la oreja pero me ganaba la risa. Prendo una vela, me quemo la mano izquierda y me acuerdo cuando cocinaba para ti o cuando hacías café meneando tu cadera sin misericordia por toda tu cocina a la que le entraba el sol por todos lados. Me acuerdo de tus sonrisas cuando extendías los brazos para entregarme la taza de café, también la manera en que clavabas tus codos en mis hombros mientras metías tu lengua a mi boca. Recuerdo muchas cosas que hoy me duelen. Según tú, en diciembre la cama no se debía de usar para tener sexo, eso era algo de las cosas raras que decías, pero me gustaban. Me gustaban tus cosas raras. Tus tics. Tu aroma indescriptible. La manera en que movías los palillos chinos cuando comías arroz.
No lo sabes, pero en la noches mi manos desparecen, quizá ya no te interesa saberlo. Quizá dirías que esta línea no tiene sentido, a lo mejor es cierto. Luego pienso que después de tanto tiempo es imposible que recordemos lo mismo. Me acuerdo cuando un día te dije que te acercaras, que te estabas peleando con mis ojos, diste unos pasos y sonreíste mientras me preguntabas si iba a escribir esa frase. Y ahora aquí estoy solo, escribiéndola mientras recuerdo el olor de tu cabello y le doy un trago a un vaso de agua de jamaica que lleva tres días en mi escritorio.
Hagamos la acrobacia mortal, improbable e imposible que embarre nuestras bocas. Choquemos nuestros dientes, que se quiebren. Tallemos nuestras rodillas. Lo que digas, pero regrésame algo de oxígeno. Ya perdí la cuenta de todo. Estoy destruyendo el calendario. Déjame borrar diciembre o marzo. Quiero desaparecer esa mañana en que te fuiste, en donde parecía que tenías la razón, pero nunca la hemos tenido cuando pensamos. Trato de convencerme que esa mañana no sucedió, pero estoy indefenso ante los recuerdos que son cuchillos directos al cuello, luego volteo a todos lados y no estás y me ahogo con mi saliva. No estás en ningún pinche lado. Déjame salir de esta mierda. Déjame unos gramos de esperanza. Te regalo todas mis playlist, sólo regresa.
Fue en un bar de Madrid. Dijiste que eras de Costa Rica. Dos cervezas en la barra. Tu cabello me encandilaba. Lo imaginé empapado. Me quede callado y pensé una larga historia en la que con los ojos nos entendíamos. Mojé mi boca con cerveza, fantaseé que era tu sudor. Sentía conocer esa sonrisa. Me dio miedo que fuera un sueño. Dijiste que eras modelo mientras sonaba una canción de Andrés Suárez. Vi como acordes en tus ojos. Quise acercarme, pero sólo pude moverme unos centímetros. Olías como a una canción.
Estaba en Madrid, en un bar con una modelo de Costa Rica. Dijiste algo arrastrando lento y suave las erres y mis rodillas suspiraron, además, no entendí nada. Estaba distraído calculando cuanto tendríamos que caminar para llegar a mi hotel. Contaba las sílabas que tenía que juntar para invitarte. Pero no lograba salir del hechizo de tu boca amplia y de esos dientes tan blancos, tan improbables. Me escaseaba la audacia.
Se me ocurrió pintarme mi cuerpo por ti. Claro que me rayaría tu nombre en mi antebrazo. Era Madrid. Eras tú. En la segunda cerveza dijiste que preferías la música de Ismael Serrano. Yo intenté acordarme del nombre de algún trovador mexicano, sobre todo el que en una canción dice algo de unos brazos de sol, pero tu jeans rojo y tu simple tshirt blanca eran imponentes. Pensé decir que te inventaría una vocal. Consideré ponerme de rodillas y murmurar algo como si fueras una virgen, pero nunca he sido bueno para la poesía.
Supuse que alguien te extrañaba, pero decías tener un clóset grande, blanco, con pisos de madera, lleno de focos y espejos. Cientos de zapatos, eras modelo. Pensé en los miles de hombres que han muerto por ti.
Preguntaste por mi hotel y lloré. Miré a las esquinas del techo buscando cámaras. Alguien cómo tú y alguien como yo. Aseguraste que ya me habías visto en otra vida. Entonces dudé más. Decías que te gustaba mi olor. La cerveza hacía brillar más tus labios rosas y delgados. Cuando hablabas yo escuchaba canciones. Y movías la cabeza para echar tus largos cabellos atrás de tus hombros. Y yo queriendo ser tu espalda. Y yo con la quijada dura y los cachetes calientes.
Tenía sed. Ha de ser la suerte que deshidrata. Pensé que era más probable que entraran Sabina y Milanés a que tú estuvieras ahí conmigo. Tan alta. Tan bella. Tan flaca. Pensé en decirte perfecta después de la quinta cerveza, pero me dio medio equivocarme, tartamudear y acabar diciéndote pendeja. He perdido tanto por hablar, entonces busqué los silencios. Escuché cantos de delfines mientras imaginé chuparte tu oreja.
Pediste la cuenta cuando ponías tu mano tibia sobre la mía. El barman tampoco lo creía. Me mató con sus ojos españoles. Nadie podía creerlo. Dudé cómo sonaría si te decía nena, mientras te regresaban tu American Express. Dijiste que te encantaba mi plática y yo no sabía lo que estaba sucediendo.
Tus cabellos amarillos sobre las sábanas blancas parecían una obra de arte. En mi mente había música. Vi botellas de Champaña, y unos cigarros light. Trataba de salir de mí para vernos de lejos, mirar esa imagen tan irreal y grabarla en mi memoria. Alguien cómo tú en mi cama. Era tan injusto que tuvieras pecas en tu pecho. Y unas pestañas tan curvas y tan grandes. Y una sonrisa tan ingenua. Y tú tan exacta. Tan precisa. Tan perfecta. Creo que vi un tatuaje minúsculo. Y por algún motivo decías, entre risas, que yo hacía todo bien. Yo no recordaba mis palabras, ni el color de tus ojos. Sólo tenía tanta fe. Trataba de seguir haciendo lo mismo, sin saber lo que era. Esa cuenca arriba de tu boca. Tu pelvis simétrica. Ese tímido lunar en una de tus mejillas.Tus piernas tan largas. Decías que eras modelo. Intentaste contar cuantas fotos te habían tomado mientras reíamos como jóvenes. Levantamos las piernas al techo. Nos embarramos los cuerpos. Jugamos a ser otros. Tiramos las sábanas al piso. Sentí que eras un bosque cuando salió el sol y estabas sobre mí.
Dijiste que eras de Costa Rica. Dijiste que eras modelo.
Ey, hablemos, pero pedos. Por si la cagamos que no valga.
Aprovéchate, venga, ya sabes que tu clavícula me jode. Dale. Exponla. Descubre tu hombro mientras avientas excusas, historias y reclamos. Venga, soy todo oídos, pedo.
Toquémonos, pero borrachos. Así no habrá nada que explicar. Ni planes. Ni recuerdos. Sólo este desgraciado escurridizo presente de mierda. Anda, anímate, pon tu mano en mis labios y chúpame las pestañas.
Metámonos placer. Dicen que para eso es la vida. Dicen, digo, dijeron. Es que yo pensé. Es que tú dijiste. Es que si hubieras. Y entonces aquí aparece el silencio de los borrachos…Shhh…Shhh… Ese que puede durar lo que sea, lo que quiera, depende del amorío del alcohol y mis venas. Ahí mero soy feliz. En un mundo color ambar que se mueve despacio. Con el control del volumen en mi mano derecha. Con un botón de mute enorme.
Pensémonos, venga, pero ebrios. Por si decimos algo que mañana queramos olvidar no tengamos que hacer nada. Pronunciemos lo que nos quema los dientes. Dejémonos de pendejadas y saquemos nuestras lenguas. Lo de más que se quede en duda.
Anda, toma tu cerveza favorita, una, dos, tres, cuatro, y piensa en mí en cada trago, despacio mientras sientes el ardor de la malta en tu paladar. Piénsame como quieras y di algo, porque el silencio se te está escapando por los ojos. Además sería justo, sería como nivelar. Mis paredes se agrietan extrañando tu voz. La regadera recita tu apodo. El agua del fregadero canta tu nombre. El aire sabe a ti. Las sábanas huyen hacia tu lado de la cama. Piénsame mucho, para estar iguales.
Escribámonos, pero pedos. Súper pedos. Para no tener que saludarnos, ni explicar nada. Para decir cualquier vulgaridad. Para ir directo a la poesía, o a la cumbre de tus pómulos. O al silencio que llega después de sexo. Hagamos algo que tanto tiempo mudos es un desperdicio de hormonas y de rimas. Es una estupidez que las caderas tan frías no entienden. Escribamos aunque sea una letra, una que empiece todo.
Siempre se improvisa. Siempre se acaba el tiempo y el silencio regresa antes de lo planeado.
Quedan recuerdos de miradas gritonas. No se pide nada. Ni se elige el menú, ni la música que uno de los dos se anime a bailar durante el primer trago. Todo es random. Todo es shuffle. Aceptas lo que hay, te dejas llevar.
Improvisas. Le cambias los ritmos y nombres a los días. Hay muertes instantáneas en las despedidas. El único salvavidas es el recuerdo de esa mirada lasciva que sólo existe antes del primer beso de cada sesión. La casa se convierte en un museo de porcelana coreana. Ella busca sombras que se hayan quedado pegadas en las paredes. Olfatea las sábanas para recrear momentos. Él huele sus manos, se talla la cara mientras cuenta los pasos entre cada arbotante de luz. Exhala desesperado al ver que el cielo volvió a mentir esa noche. No hay estrellas, sólo bruma. Lo único que les queda es la esperanza escondida en el calendario.
Esperan, esperan y esperan. Los días parecen océanos sin olas. El alcohol ya no arrima el alma a la piel. Están desalmados. Se encuentran más vacíos que horas antes. Más locos.
Alejados sólo se escuchan algunas chicharras. Todo es sábanas blancas, secas y planchadas. Todo huele a limpio y a silencio. Todo pasa lento. Hasta la sopa en el microondas tarda horas en calentarse.
Cuando no están juntos viven de recuerdos. Del eco de ese pujido nuevo que se provocaron. Preparan diálogos, planes, posiciones, pero al verse, las manos se descontrolan. El brillo de sus ojos quema. No hay nada que decir, no les queda nada más que abalanzarse sobre el otro y chuparse la piel, lamberse los músculos del cuello, acariciarse las cejas. Respiran con prisa porque saben que hay un final, porque hay peligro. Y entonces siempre hay soles. Eructan luces de bengala. Salen plantas del techo. Hay valor para poner los cuerpos en posiciones que jamás habían imaginado. Se tragan vocales al pujar. Sólo les queda embarrarse de sudor, de libertad. No les queda más que darse esos cuerpos hasta quedar ciegos.
No es cuestión de libertad, es cosa de adicción. Es cosa de no preguntar ni reclamar, ellos no están para eso.
Hay hollín en mi rostro, en el piso de la cochera, pero no me mortifica. Porque así somos. Porque estoy acostumbrado a que no me importe nada. Me cansé de donar botellas de agua que acaban en playas de Quintana Roo chocando con piernas europeas.
Porque somos, son, serán, eran, de la generación en la que no nos va a pasar nada: ni bombas nucleares, ni el sida, ni guerras mundiales, ni el calentamiento global, ni el día cero, ni pandemias.
Retumban helicópteros en el cielo, pero apenas y me llaman la atención. Porque sí. Porque así soy. Porque así somos. Porque me recordó algún viaje ácido. Porque no es posible que vayamos a morir por esto hoy, ni por ningún otro motivo. Huele a quemado, a bosque, a cuerpos. Pero no me importa.
Cada vez es más difícil matar moscas. Muchas abejas llegan en mi casa. Y se murió un amigo de un amigo. Y se murió un conocido que una vez me sonrió. Y una amiga lucha por su vida. Y yo peleo por encontrar la mía.
Ya no tengo ganas de decir lo siento. Tengo ganas de decir nada.
Las lunas llenas siguen pasando inadvertidas. Los días pasan lentos rápidos. Los atardeceres últimamente me han quedado a deber. Los amaneceres no los alcanzo. Me ha dejado de importar la capa de ozono. Al parecer el mar nos ahogará. Marte es el pasado, nosotros lo destruimos. Mi dealer murió.
No quiero recordar, ni crecer más. Arránquenme la memoria. Llévense la esperanza. Estoy atorado en doce meses esperando que Christopher Nolan apague las cámaras. Se me confunden las metáforas de la Biblia y las de Disney. Unas hablaban de unas ovejas negras, otras de anillos púrpuras y de matar a los corderos más grandes.
Arden bosques alrededor de mi ciudad. Resuenan los helicópteros por la mañana, me siento en medio de una guerra. No sé si aventarán agua al fuego o mierda para todos.
Los besos dados ya no valen.
Hay hollín en mi cara y no creo, nadie cree que el fuego está a unos suspiros de nosotros. No creemos que nos vaya a tocar.
No creemos, porque cogemos sin condón y metemos la lengua en la boca de extraños para afanar la rutina a los miércoles.
Los ufanos reclaman la poesía escrita en bardas. Y luego ahí mismo cuelgan mantas de políticos. Suenan aviones y helicópteros. No me importa nada. Mil hectáreas quemadas en una semana. El chat en silencio.
Mi cuerpo es una sola contractura, ya no hay preocupación de paro cardíaco. Mi futuro es el atardecer de hoy.
El amor no existe. Hemos sido engañados. No puede haber un elemento tan poderoso. Sería imposible aceptar que una mirada lance avalanchas de luz. Irreal que se te meta a los pulmones y te robe alientos. Absurdo que pueda causar placer y dolor a la vez. No es real volar. No es real sentirse omnipotente. No es real pensar tanto en un roce, ni recordar un aroma por años. Utópico tener incrustado en el tímpano los timbres de una voz por décadas. Impensable escuchar poesía en los cantos de cientos de cuervos viejos.
Ni que existieran labios que te inyecten anfetaminas. Ni cejas que hipnoticen. No, te digo que el amor no existe. Hemos sido embrujados. Ni que causara amnesia selectiva. Ni que achicara los kilómetros. Ni que apareciera rostros en las nubes.
Sería inexplicable que provocara calambres en el coxis y que te metiera delfines a las venas. Tan irreal como pensar que hay caderas que al moverse componen música con chelos y violines y pianos desenfrenados. No es que provoque súplicas a dioses para no olvidar una pelvis arremetiendo duro. No, no es posible que cosas tan simples como una palabra desaparezca la oscuridad y derrumbe un poco el cielo. Ni que hubiera gemidos que recuerde todas las noches. Ni que me hiciera ver soles en medio de las tormentas. Ni que pudiera causar adicción. Ni que estuviera loco. No, el amor no existe.
No le quiero decir la lista de celebridades que se parecen a ella, se me hace injusto y riesgoso, además, cientos de imbéciles ya han de haber usado esa línea para intentar iniciar una conversación.
Tampoco he pensado comentarle que su tono de voz es igual al de una actriz famosa. No, jamás le diré eso. Menos le diría que en las noches en que más la extraño, en las que me provoca insomnios bravos como olas australianas, busco películas en las que sale esa actriz que se parece a ella y las veo con la atención y determinación de un huerco de quince años buscando porno.
Impensable decirle exactamente a quien me recuerda o quien fantaseo que es, ni que fuera un idiota. Sería una enorme pendejada decirle que he recreado una escena en la que sale ella, digo, la actriz a la que se parece y que he practicado tanto como bailan que ya me sé todos los pasos, como la tocan y como la besan.
No quiero comentarle que cuando la beso pienso que es esa actriz que está idéntica a ella. No quiero. Ni siquiera me animaría a preguntarle si acaso tiene una gemela. Se me hace deshonesto no pensar en ella cuando estoy tocándole las caderas, o chupándole los músculos del cuello, pero no lo puedo evitar. No puedo compartirle que pienso muy seguido que estoy dentro de una escena de esa película donde bailan en un restaurante en el que al centro hay una pista de baile, y las mesas simulan ser autos de los setenta, y que yo soy el actor y la actriz es la actriz, no ella. Y que yo me sé todos los pasos del actor y de la actriz.
No, no le puedo hablar de amor en estos tiempos. De hecho, últimamente, son muy pocos los temas de los que podemos charlar sin que se harte, o de los que acaben en alguna discusión donde se le levanta una vena en la sien. Muchas veces he querido quedarme callado, pero la maldita costumbre de desayunar por años viendo los noticieros me ha insertado mañas imposibles de quitar: o empiezo hablando del clima o de alguna tragedia que acaba o está por suceder en algún rincón del mundo.
No le puedo escribir poesía, nunca supe hacerlo. En preparatoria copiaba diálogos de películas mexicanas. También memorizaba los cumplidos que mi abuelo le decía a mi abuela al terminar las comidas de los sábados en aquella mesa larga al lado de la noria y el tanque de agua. Empezaba el atardecer y dos o tres luciérnagas aparecían extasiadas por el canto de unas chicharras acostumbradas al calor norteño, ahí era cuando mi abuelo, bajo el efecto de cuatro tequilas, con las manos un poco temblorosas, y el olor a leña quemada llenando el lugar, cada sábado le decía un piropo nuevo a mi abuela. Hasta que murió, y murieron casi todos, y yo olvidé los piropos. Las cosas que uno olvida por no apuntar.
Tampoco quiero crearle una imagen falsa de mí. No, no pienso fingir que soy feliz, ni mentir sobre el porcentaje de esperanza que me queda de lograr mis sueños. Soy un pendejo, pero aún no lo sabe.
Ni de pedo le voy a decir que no me gusta lo que publica en sus redes sociales, ni que me molesta ese hábito de leer los periódicos. Ni que me aturde que sea seguidora de Coelho. Menos me animaría a decirle que sus playlist son de muy mala calidad.
No puede saber que sus cejas pobladas me recuerdan a una chava que conocí en prepa y a quien nunca tuve el valor de decirle que me gustaba, solo una vez le lleve unas rosas y me quedé mudo al entregárselas en la cochera de su casa. Era imposible no enamorarse en los ochentas, las hormonas y la maldita música tan buena. Y ahora la palabra amor nos espanta, nos cae como montaña en la espalda. El sexo es más fácil y barato.
Tengo miedo emborracharme con ella, porque de seguro la nombraré como se llama la actriz y ahí sí entonces, estaría en un gran pedo. Por más bella que sea la referencia, sé que habrá problemas. Ya he tenido situaciones así con otras mujeres, la verdad no entiendo porque se molestan tanto cuando las comparo. Cuando a mí me han dicho que me parezco a Johnny Deep no me molesto, tampoco es que lo tome como un cumplido, porque acepto que no nos parecemos, y además sé que nos separan muchos ceros en los saldos de nuestras chequeras, y que hay diferencias enormes en los metros cuadrados de nuestras propiedades, pero no me importa, sólo sonrío un poco por algunos segundos y luego se me olvida.
A lo mejor, el peor error sería decirle que me recuerda a mi primera novia. Todavía la idea de la actriz la pudiera salvar, pero compararla con un ser humano real de mi vida pasada sería una locura, sería como meterme a la boca del lobo. La verdad es que estar con ella me lleva al pasado, a aquella novia de los ochentas, pero también me lleva al futuro a aquella actriz que voy a conocer algún día, no sé cómo, sólo sé que nuestros caminos ya están cruzados, algo de eso leí en un libro hace años. Pero ahorita sólo tengo a ella que se parece a la del pasado y a la del futuro, es casi perfecta pero no es aquella, ni la otra. Y eso la hace irreal y complicado porque al aferrarme a sus caderas huesudas siento calambres en el cuello. Quizá todo está en mi mente. Quizá me sucede como aquella película en que la protagonista era gorda, pero el enamorado la veía flaca. Quizá soy el único que la ve así. Quizá todos vemos cosas de manera diferente. Quizá ella no es ella. Quizá yo no soy yo. Por seguro no soy quien ella cree, porque siempre nos creamos a las personas como queremos que sean, las piezas que les faltan nosotros se las ponemos, como si fueran humanos construidos con legos, quizá yo le puse las cejas pobladas y los ojos cafés, porque desde pinche huerco se me hace algo muy caliente.
No, no le voy a decir nada, mientras me la siga cogiendo todo está bien. Lego o no lego. Me voy a quedar callado, y que pase lo que tenga que pasar.