El ruido de los jazmines

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Quería huir del invierno, pero no podía, lo perseguía todo el tiempo. Bruma terca le distorsionaba las sonrisas. Quería perderse en un acelerador de partículas, pero no sabía dónde buscarlo. Deseaba un fetiche que lo distrajera, pero no lo encontraba. Ya no quería participar en el juego de lástimas, quería salir de ese infierno, pero no encontraba la puerta. No quería ser habitante del limbo de las vidas no vividas, pero no recordaba como llegó ahí. Olvidaba que pasara lo que pasara al siguiente día, había tenido el presente. No sabía si vivir el momento o soñar. Sentía que a las calles le faltaba amor, a él también. No quería que le ganara el odio, pero no encontraba más opciones. A donde iba rasgaba el aire con su hedor amargo. Quería que su vida fuera tan bella y simple como un comercial de Apple, pero no podía, no sabía que hacer. Sentía que su cuerpo era de aire. Tenía solo dos ilusiones perezosas. Pasaba recogiendo los restos de su silencio. Siseaba a cuanta idea le llegara. Ya ni punzadas de odio sentía. Años atrás buscó que en parques arbolados el cliché se materializara y encontrara ahí la felicidad, aunque fuera sólo durante cuatro segundos. La indiferencia le ahogaba las pupilas. Alaridos de desencanto le chillaban en sus oídos. Y sonó el despertador.

Un certero manotazo rogando por diez minutos más. Casi siempre las máquinas obedecen. Modorro se cuestionaba cuanto le iban a durar sus males. Quería inventar viajes extraordinarios para encontrar respuestas imposibles. Le daba miedo ver la ventana y sentir los agresivos rayos del sol penetrar su habitación. Todas las mañanas se preguntaba porque las cosas cambiaron. Alguna vez el ansia le invadió, ahora ya ni le inquietaban las causas de su nuevo mundo. Si tan solo hubiera una alma que lo entendiera, una alma que lo sacará de la ruina de su rutina gris. Una alma nueva, brillante, joven. El olor a tocino se le metió hasta los pulmones. Algunos murmullos infantiles que ya se le confundían con ladridos de perros, o maullidos, o lo que fuera. Esa mañana había olor a jazmines, era ese día, ese día del año en que su mujer festejaba su unión, y para él era el día en que más se cuestionaba sus razones, se punzaba el cerebro intentando contestar qué es lo que pensó para que dieciséis años antes le regalara esa palabra de dos letras, le regalara su unión, le regalara todo a su mujer.

Había perdido la cuenta de cuántos de esos años había pasado hundido en el desgano y la indiferencia. No le interesaba saber cuando la apatía le surcó la cara. Tenía una mirada ajena, se la tomó prestada a algún recuerdo gris. Tomó aire para doblar las piernas y con el impulso levantarse de la cama. Hojas pegadas en las paredes con palabras en crayola le recordaban el día que era, mentiras multicolores. Clichés rojos, frases estereotipadas, nada nuevo. Su mujer cantaba en el piso de abajo un rock en español de los ochenta, desearía que mejor cantara el viento. Tenía la tímida esperanza de que el agua helada y las burbujas de champú le revelarán el paraíso perdido. Una mentira que el aroma de la crema para afeitar le regalara. Algo, lo que fuera, que la loción lo confundiera, y lo confusión le ahogara de olvido su realidad.

Bajando la escalera, ya no había murmullos, solo quedaban los jazmines. Sólo se sentía mejor. Nada para él en la estufa. Cuatro platos sucios. Un pan tostado con dos mordidas pequeñas y algo de mermelada de durazno. Buscaba algo que amar, algo que amara tanto que pudiera dejarse matar por eso. Pero nunca había tenido un sentimiento tan poderoso.

Una nota en la barra, esa no era multicolor. Esa tenía tinta negra y caligrafía. Rogelio solo quería un refugio. La nota, a dos pasos. Dudaba si avanzar a leerla. Locomotoras a lo lejos. Contaminación y drenaje colándose por la ventana. Un paso menos. Una nota negro con blanco. Sólo palabras. Dos cajas en la esquina. Por fin, la curiosidad le dio un pinchazo en la nuca y Rogelio caminó el paso que le faltaba. Lentamente tomó la hoja y leyó. No supo que sentir, siempre había sido malo para eso. En el mismo segundo sonrió y se le salió una lagrima:

Feliz dieciséis aniversario, Rogelio. Te dejo. Me fui.

Y el ruido de los jazmines tomó fuerza, era lo único que quedó ahí.

Kato Gutiérrez © Mayo del 2014
@mrkato
Imagen cortesía de: http://www.freedigitalphotos.net

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8 comentarios en “El ruido de los jazmines

  1. Que deleite leerte. Con tus palabras puedo SENTIR a tus personajes. Me contagias de sus emociones, me arrastras a ver el momento a través de sus ojos.
    Nunca se a donde me llevaran tus personajes, casi siempre a lugares inesperados.

  2. Sonrisa y lágrima al mismo tiempo… al menos se sintió mejor? Eso era lo que quería?… Seguramente ni él lo sabía…
    Como siempre, me encantó!

  3. Kato, me encantó la narración tan sensible, que te va llevando sin querer parar de leer. La historia tiene final triste pero esperado, lo mejor el ruido de los jazmines….. Que tengas muchas nuevas visitas de las musas que te inspiran. Besos.

  4. Al parecer los dos sentían igual, triste pero real, muy buena descripción, saludos!

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