La mesera

ID-100188170

No pasaban cinco minutos sin que se arrepintiera y eso que ya habían pasado años. Cada vez que la recordaba le sonreían los ojos, hasta que llegó el día en que la vio de nuevo. Era la mañana de un miércoles cualquiera, luchaba por despertar antes de que los trozos de plátano en su cereal se desintegraran. Por la ventana vieja de su departamento entraba el ruido, el olor a humo y drenaje típico de la gran ciudad. Estaba muy cansado para recordar que ropa había elegido. En la pequeña televisión blanco y negro desde lo alto del antiguo refrigerador brotaban noticias rojas, como todas. Llevaba una cuchara con cereales aguados hacia su boca, cuando la monótona voz masculina anunció que seguirían la sección de espectáculos. Su ánimo no cambió a pesar de lo chillante de la voz de la mujer que se encargaba de esa sección. El tono agudo de la mujer le ayudó a despertar más que lo que el café instantáneo había logrado. Su esposa llevaba minutos hablándole, pero él había desarrollado una habilidad para no escucharla. La esposa contaba, pedía, reclamaba, y él, solo gemía un poco. El olor a huevo quemado invadió su pequeña cocina, que a la vez era el comedor. Ese olor iba siempre acompañado por el grito de coraje de su mujer. Ni un pinche huevo revuelto podía cocinar. Iba a hacer de nuevo el reclamo sobre el pinche huevo quemado, cuando en la televisión apareció una hermosa mujer. La conductora de la sección de espectáculos hablaba de la nueva película mexicana, después inició la proyección del corto. La cara de Saúl se le cayó al ver a la artista de esa película. Tragó de forma extraña los cereales, que entre tosidos expulsó a través de su nariz. La mirada de la mujer de la película desapareció el olor a drenaje, y de pasada le paró el latido a Saúl. Intentó levantarse de su silla tubular, y apoyó su mano en el plato, voló leche, cereales y plátanos negros. Manoteó por instinto y tumbó su taza de porcelana con el café ya tibio. Fue como si hubiera visto un fantasma. Las miradas no se desconectaban, él se atragantaba con una hojuela húmeda que se le quedo pegada a la mitad de su garganta. Su esposa apenas volteó a verlo, raspaba cáscaras del huevo quemado en el pequeño sartén descarapelado, algo reclamaba como siempre. Saúl tosía sin dejar de ver a la actriz de la película cuando en ese momento ella habló, Saúl sintió su latido en la yugular, quería gritar pero no encontraba su voz. Las palabras fluían desde la televisión, esa voz tenía un timbre único, impregnaba de tensión el lugar, la voz de la actriz inquietaba, alteraba a cualquiera, más a él.

Había sido siete años antes, en un café de clase media en el centro de Veracruz. Ahí, Saúl llegaba a desayunar cuando una hermosa mesera le iluminó el lugar, al verla sintió el cielo más cerca. Era la más bella que hubiera visto, su mirada tenía un poder único, como si hubiera cientos de rayos en sus ojos negros. Cuando ella le habló, Saul no supo que contestar, estaba perdido viéndole sus grandes pechos. Piel arena, cabello negro como el pecado. Tenía que tener esa sonrisa para que ella fuera memorable. Entre huevos estrellados al punto, servilletas, sal, y salsas de diversos colores transcurrió el desayuno. Cada arribo era un regalo diferente, una sonrisa, un guiño, un roce; algo le dejaba y él quería que nunca terminara el desayuno. Un vaso de agua fue la última excusa de Saul para hacerla volver a su mesa. El vaso cayó en la mesa, y el agua corrió hasta su pantalón. Saúl gimió al sentir el agua helada en su miembro, intentó levantarse pero topó con la mesa. La mesera sonreía mientras tomaba una servilleta de tela y le secaba el pantalón, ambos vieron sorprendidos una erección monumental y veloz, como puberto. El tono de su sonrisa cambió, obtuvo un tono algo malévolo, no dejaba de secarle el pantalón. Saúl volteaba a todos lados, se sentía visto por todos. La verdad es que nadie los veía, el ruido de trastes y cubiertos anestesiaba el lugar. Dos toques más de lo necesario y una sonrisa como lanza mandaron la invitación. El corazón de Saúl le salía por la boca, un frío ardiente le recorría todo su cuerpo. Endorfinas revoloteaban por doquier. Las miradas no se soltaban, pero él no podía hablar. La mesera se flexionó un poco hacía el tembloroso cuerpo de Saúl, le regaló un mejor panorama de su escote, pudo ver el brasiere de encaje negro bajo el apretado vestido amarillo claro y viejo de una sola pieza. La lengua le rozaba su oído cuando le pedía esperarla a las seis en la esquina de enfrente. Ella tomó la nota y dijo que la casa pagaba como disculpa por el incidente del agua. Giró su cuerpo y su estela regó la mesa con olor a cereza y madera desapareciendo el tufo a aceite quemado del lugar. Lo vio de lado, sobre su moreno hombro, le levantó dos veces las cejas y con una sonrisa dominadora se fue caminado lentamente, contoneaba su cadera con un ritmo hipnotizante, no le podía dejar de ver el trasero. Su belleza desencajaba con el lugar, y más aún con Saúl. Vio su erección y recordó su triste y solitaria pubertad, como la de todos. Buscó con la mirada algún amigo o conocido, alguien que le corroborara que el evento había sido real. Alguna señora cincuentona, con el pelo corto y gris con negro, le regaló una mirada momentánea y desinteresada, el resto de los presentes parecía que no se habían percatado. Había pasado mucho tiempo en que no tenía que ocultar una erección, eso era de años atrás, ese día no recordaba como hacerlo, no se podía parar así. Ella ya no estaba pero su olor permanecía, sentía su olor en el oído. Lentamente tocó su oído esperando sentir algún rastro de saliva en su dedo, tuvo suerte y sus dedo índice y medio se mojaron el tocar el oído. Tembloroso se llevó los dedos a la nariz, y la olió. Sintió olerla a ella entera cuando dos calambres pateaban su nuca. Como reflejo levantó su pierna y con la rodilla derecha golpeó la parte de abajo de la mesa, un salero viejo se cayó y el vaso de plástico rodó un poco más. Exhaló un aliento frío de forma entre cortada, todo le temblaba, menos el miembro firme. Miró hacia el exterior buscando distracción en el tedio del tráfico y los transeúntes, pero estaba poseído por su olor y su recuerdo. La imagen de la mesera llenaba el ventanal, la banqueta, la calle. Si cerraba los ojos, en la oscuridad de sus párpados se formaba la silueta de ella. Dio un trago a la poca agua que quedó en el vaso, sintió un chorro de hielo entrando por su cuerpo. Se levantó, con la arrugada sección de avisos de ocasión del periódico cubrió su erección, y empezó a caminar como pudo. Necesitaba aire fresco para pensar. Trastabilló un poco, venció el mareo y llegó a la banqueta.

El olor a tercer mundo lo ubicó. Unas tristes y desentonadas guitarras tocaban música veracruzana, la marimba repiqueteaba escupiendo segundos de alegría y esperanza, pero era como si Saúl estuviera a kilómetros de su cuerpo, no estaba en sí. Chocó con tres personas quien de pendejo no lo bajaron, pero él no sentía nada. Con su mano protegió su oído, no quería que se le desapareciera el olor. Nadie le había chupado así ninguna parte de su cuerpo. Nunca había tenido unos pechos así tan cerca, nunca una mujer así de hermosa había hablado con él, mucho menos tocado su miembro. Le surgió un dolor en los testículos, la erección ya no era tan firme, pero aún seguía. Caminó sin saber cuantas cuadras, hasta que se topó con el mar. Recargado en un poste de madera podrida en un muelle, vio el mar y sintió que el corazón le regresó al pecho. Por fin sonrío. La salada humedad se le metió por la nariz, y la perspectiva cambió. La imaginaba desnuda, esperándolo en la cama de un pequeño cuarto de motel en donde reinaba el olor a viejo y las camas estaban impregnadas de decadencia. Tormenta cerebral de posiciones, placeres, gemidos, y sus cuerpos estremecidos. El ansia le invadía su ser como enredadera de ponzoña quemándole bajo su piel. El olor a mar había ganado, de ella solo quedaba el recuerdo, suficiente por el momento. El sol se escondía y el no podía dejar de desearla, a mujeres como ella jamás había tenido acceso. Perdía el control, se mareaba, olvidaba sus principios, no le importaba nada. Le dolía poder sentir tan cerca algo que normalmente no le pertenecía, sus mujeres de siempre eran chaparras, quemadas por el sol, agotadas por los quehaceres, con cuerpo extraño y sobre todo, sus mujeres no sonreían. Unas les habían sido impuestas en el rancho, otras la vida los había emparejado, ya no recordaba a cada una de ellas, solo recordaba que eran feas. Ni siquiera en sueños se había atrevido a desear a alguien como la mesera. Reinaba el caos en él. Veía su pantalón y recordaba la mano de ella tocándolo y su cara endiablada sonriéndole, pinche vieja.

Vio el reloj y emprendió el camino de regreso, venció fantasmas, bateó miedos. Una cuadra antes de llegar al café, vio el cielo, y sintió que una estrella lo miraba. Con el dinero que traía alcanzaba el motel y quizá una cena barata. Desde media cuadra ella brillaba. Como si lo hubiera olido ella giró dando rienda suelta a su cabellera que en cámara lenta rompía el vacío dejando una guirnalda de brillos en el ambiente. Mezclilla ajustada a la cadera, algodón blanco cubriendo el torso, cabellera negra ordenadamente libre. Quedó estático, duro, al sentir sus ojos en él. El mayor problema no iba a ser invitarla al motel, sino hablarle. Saúl estaba hipnotizado por ella, si la veía no podía hablarle. En la pobreza hay muy poco que perder y Saul agarró valor. Dio los pasos que le faltaban y ella lo recibió con sus dos manos al cuello, un beso en la boca y una ristra de sonrisas. De nuevo quedó mudo. Aceptó que es mejor un silencio vano que preguntas estúpidas. Otra vez la maldita felicidad coqueteándole. Lo tomó de la mano e iniciaron a caminar. Otro muelle, un salón lleno de calor, de humedad, de alegría. Una fiesta, desconocidos, comida gratis, alcohol en exceso, música, todo irreal para la forma de vida de Saúl. Había dejado de tomar, quería potenciar su valor. Necesitaba hablarle, se sintió mal que ella no le preguntara nada, solo lo besaba, lo tocaba, como amantes nuevos. Parecía que a ella solo le importara el fuerte y tostado cuerpo de Saúl resultado de cientos de meses en la labor.

Él no estaba acostumbrado a eso, ni a mujeres como ella, ni a fiestas como esas, ni a ser manoseado y ella ni siquiera le había dirigido la palabra en todo el día. A besos y caricias lo controlaba. Creyó que eso sería divertido, pero tras unas horas así, el extrañaba el poder de controlar la relación, se juró poner un alto y hablarle cuando la lengua de ella le penetraba su boca, sentía esos dos labios carnosos embarrados a su delgada boca, la mano de ella, una vez más al miembro aún erecto, esa vez los actos iban acompañados de una orden. Vámonos a coger, cabrón, fue lo que le dijo. El obedeció sin hablarle, tenía la imagen de las uñas largas y rojas sobre su pantalón, pegaba su lengua al paladar para sentir su sabor. Ella sabía a hojas secas. Al verla caminar frente a él, de nuevo la tormenta de deseos, su mano empezó a sudar y ella lo sintió y le regaló otra mirada de rayo.

Varias cuadras, camiones, gente, ruido, calles faltas de amor y a él que le faltaba aire, a él que le faltaba paz. El deseo lo consumía, la deseaba tanto que sentía escalofríos. Ella era tan bella que en algún momento pensó que todo sería una broma. Él se sentía tan desigual que juraba que todos los miraban desconcertados, pero no, nadie los veía, nadie ve a nadie. Un neón rojo con verde anunciaba el destino, ella tarareaba una canción, movía su cabeza como si bailara, exhalaba alegría y plenitud. Él temblaba de deseo. Jamás lo soltó de la mano, hasta que tenían la puerta del cuarto en frente, 404. Entró la llave al primer intento, ella adelante empujó la puerta, y entró con firmeza al cuarto. No era tan viejo ni tan sucio como lo había imaginado. Ella ahí se veía aún mas buena, su trasero se veía descomunal en esos pantalones de mezclilla. Si en todo el día Saúl no había podido emitir palabra, en ese momento menos lo haría. Ante los apuros de ella, intentó entrar, pero no pudo. Como si hubiera un grueso cristal en el umbral de la puerta. De cabrón maricón no lo bajaba, aún así sus piernas no respondían. Veía directo a sus pies, pero éstos estaban clavados al piso. Ella recostada en la cama, tenía cara de incredulidad. Volteó a verla para recordar lo que tenía en frente, pero no controlaba nada de su cuerpo. La repasó con su mirada, lentamente le vio desde el cabello hasta los pies, quería estar seguro de que no era una mujer más como las del rancho, fea, agotada, triste. La mesera era un tipo de mujer que jamás ni siquiera lo habían volteado a ver antes y en ese momento la tenía tendida en la cama esperándolo. Sintió sus latidos como patadas de caballo en el pecho, la mirada se le nubló. Le preguntó si se la iba a meter o no, y el pinche Saul ni hablaba ni se movía. Aay pinche Saúl. En las paredes del cuarto se deslizaban labios lujuriosos emitiendo gemidos de placer, se escuchaban arpas, violonchelos, tambores y guitarras eléctricas creando un ritmo exótico, como si ella necesitara ambientación. Él prefería el silencio para escuchar las arremetidas y sus gemidos en respuesta, pero todo estaba sucediendo diferente a como lo había pensado todo ese día. Intentó de nuevo, fijó su mirada en los pechos preciosos, pero ni así pudo convencerse de dar un paso, no podía cruzar el umbral de la puerta. Una cucaracha salió debajo de la cama y avanzó de forma errante hasta esconderse debajo del mueble de la televisión. ¡Cabrón! Le gritaba sorprendida, y él tenía la mirada fija en donde la cucaracha había desaparecido. Se escuchó como un mazo se estrellaba contra un platillo gong, las vibraciones del disco de bronce le trajeron la voz de regreso a Saúl: No puedo, tengo novia. La mesera se enderezó con sus pobladas cejas arqueadas. Me vale madre, cabrón. Quiero que me valga madre a mi también, pero no puedo. No mames, ¿eres joto? No. ¿Entonces? Tengo novia. Yo tengo novio, eso no importa. Quiero que no me importe. Sólo ven. No me puedo mover. Ella se levantó de la cama y se le acercó, pero de inmediato él dio un paso hacia atrás. Quedó en medio del pasillo. Medio metro atrás estaba el barandal de forja blanco y oxidado, los protegía de cuatro pisos de caída. ¿Qué te pasa, cabrón? Tengo novia. Lo tomó del cuello y le plantó un beso, de esos que son más lengua que labios, no se deberían de llamar besos. La lengua dentro de él no causó la misma excitación que las ocasiones previas. De hecho, no estaba ni erecto, ni húmedo. No entendía la ausencia de excitación. Pensaba en su novia, en su fea cara, en su cuerpo extraño, su piel tostada por la pobreza. En sus dientes amarillos y las manchas blancas en su mejilla. Frente a él, una belleza escultural, y Saúl no podía hacer más que pensar en su novia fea. Intentó irse, pero ella lo tomó con fuerza de los hombros, lo empujó hasta que sintió el pasamanos arriba de su cadera. Con sus manos se detuvo, pero ella ya estaba hincada desabrochándole el pantalón. Saul dio un paso a un lado, y sin saber lo que hacía, se fue caminado. Ella se quedó sentada, sorprendida. Le caló hondo el desaire. A él le dolía estar tan desorientado. No sabía si todo ese tiempo había sido una guerra de engaños. Esa noche volvió con su novia fea, como lo había hecho los últimos años, así lo hizo por otros tantos más, la rutina es muy cómoda. La vida convirtió a la novia en esposa simplemente porque era lo que tocaba.

Saúl tosió las últimas hojuelas aguadas del cereal, puso su dedo del lado derecho de la nariz y sopló fuerte, por la nariz salieron otros pedazos de cereal. Toscamente se acercó a la televisión y gritó desde el fondo de su ser ¡Es la mesera! ¡No me chingues! ¡Es la mesera! La esposa al instante dejó de raspar el sartén y con desgano preguntó, ¿cuál mesera? Saúl tomó la pequeña televisión, la bajó del refrigerador y la acercó a su cara lo más que pudo. Contrajo sus mejillas, las cuales le empezaron a vibrar, su boca se arqueó hacia abajo, parpadeó tres veces y sintió como sus labios le temblaban, como si recordarán a la mesera, como si le reclamaran no haberla comido a besos. Las piernas también le temblaban. Un calambre se ensañaba con su columna vertebral. Su mano derecha le temblaba con ahínco. Era aún más bella de como la recordaba, los años la habían mejorado, era espectacular, era preciosa. ¿Cuál mesera?, preguntó la esposa. Saúl, lentamente quitó su cara de enfrente de la televisión, le escurrían dos lágrimas y su esposa le dijo: Ella no es una mesera, es Salma, la actriz.

Kato Gutiérrez © 2013

Imagen cortesía de: FreeDigitalPhotos.net

Anuncios

9 comentarios en “La mesera

  1. Genial !!!!!!!!!!!!!! Vas que vuelas pa Almodovar… yo si filmo contigo de Director. Ya te extrañaba guey.

    pd… A que tipo tan pendejo,se la hubiera co,,mido !!!!!! ja ja ja….
    pd 2.. si tenía algo de joto me cae, uno normalito con novia y fea, se echa el brinco
    GG La Peli………

  2. No vi venir el final. Excelente narrativa. Me trasportaste a la historia.

  3. Muy buena, eres muy realista pues hay mucha gente así, amarrada a su vida rutinaria, que triste pero que real, muy buena tu narrativa, saludos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s